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Capítulo 7:

 El mercado de esclavos

      Pero este buen humor no impide la triste realidad: el mercado de esclavos. Helo aquí, descrito por un negro. Ciudadano de Nueva York, Salomón Northup ha sido raptado y vendido:

      Ese día, el muy bueno y muy piadoso señor Teófilo Freeman, socio de James H. Burch y propietario del mercado de esclavos de Nueva Orléans, se encontraba desde temprano entre su hato. Con algunos puntapiés a los más viejos y secos chasquidos de látigo en las orejas de los más jóvenes, todos estuvieron pronto de pie, y completamente despiertos. El señor Freeman se ocupaba activamente de preparar su mercancía para venderla en subasta pública, y tenia, sin duda alguna, la intención de realizar buenos negocios.

      Ante todo fue necesario lavarnos cuidadosamente y los que lo necesitaban debieron afeitarse. Inmediatamente, nos distribuyeron trajes nuevos, baratos, pero decentes. Los hombres tuvieron derecho a un sombrero, una chaqueta, una camisa, un pantalón y zapatos, las mujeres a vestidos de calicó y un pañuelo para sujetar el cabello. Luego nos condujeron a una amplia habitación de la parte delantera del edificio del cual dependía el campamento, a fin de estar bien preparados antes de la llegada de los compradores. Hicieron alinear a los hombres de un lado y las mujeres del otro, por orden de estatura. Emily se encontró en el extremo de la fila de las mujeres. Freeman nos recomendó que recordáramos nuestros sitios respectivos y nos exhortó a que nos mostráramos llenos de entusiasmo. Durante todo el día trató de enseñarnos el arte de parecer avispados, así como volver a ocupar nuestros lugares sin error.

      Después de la comida, por la tarde, nos hicieron repetir esos ejercicios, y también bailar. Bob, un niño de color que pertenecía a Freeman desde hacía algún tiempo, tocaba el violín. Como estaba colocado a su lado, osé preguntarle si sabría tocar una contradanza. Me respondió que no y me preguntó si yo podía hacerlo. Le dije que sí y me tendió el violín; me puse a tocar una melodía que interpreté hasta el final. Freeman me ordenó que continuara y pareció muy contento; le dijo a Bob que yo tocaba mejor que él, observación que pareció entristecer mucho a mi compañero.

      Al día siguiente llegaron unos clientes para examinar el nuevo lote de Freeman. Este último se mostró muy puntilloso, mientras hacía resaltar con muchos detalles nuestras cualidades y valores. Nos hacía levantar la cabeza, caminar rápidamente hacia adelante y atrás, mientras los compradores nos preguntaban qué sabíamos hacer, palpaban nuestros brazos, nuestras manos, nuestros músculos, nos hacían girar, abrir la boca para examinar nuestros dientes, exactamente como un chalán que examina un caballo antes de comprarlo. A veces llevaban a un hombre o a una mujer a una piecita, donde lo desnudaban para inspeccionarlo de cerca. En efecto las cicatrices en la espalda indicaban un espíritu rebelde e indisciplinado que perjudicaba la venta.

      Yo parecía agradar a un señor anciano que buscaba un cochero. Por su conversación con Freeman, me enteré de que vivía en la ciudad misma. Yo habría querido que me comprase, pues esperaba que sería fácil escapar de Nueva Orleáns en un barco del Norte. Freeman le pidió 1.500 dólares. El anciano señor hizo notar que era mucho para esos tiempos difíciles. Freeman replicó que yo era fuerte, de buena salud e inteligente. Destacó mis dotes musicales. El otro respondió que no lo encontraba nada extraordinario para un negro, y finalmente, con gran pesar mío, dijo que volvería. Ese día se vendieron muchos esclavos. Un plantador de Natchez compró a David y Carolina. Nos dejaron con amplia sonrisa, muy felices al no verse separados. Lethe fue vendida a un plantador de Baton Rouge. Cuando la llevaron, sus ojos brillaban de cólera. El mismo hombre compró a Randall. Lo hicieron saltar, correr y ejecutar miles de pruebas de destreza para mostrar su agilidad y su buena forma. Mientras se discutía el negocio, Eliza lloraba sin parar y se restregaba las manos. Suplicaba al hombre que no lo comprara sin ella y Emily. Si él aceptaba, le prometía ser la más fiel de las esclavas. El hombre respondió que no podía comprar a los tres, y Eliza dió rienda suelta a su dolor llorando y gimiendo; Freeman se volvió entonces hacia ella, salvajemente, el látigo en alto, y le ordenó callar, pues si no sería azotada. Él no admitía ese género de demostraciones, y si ella no dejaba inmediatamente de gritar la arrastraría al patio para administrarle cien latigazos. ¡Sí, que le condenaran si no ponía inmediatamente término a todas aquellas locuras!. Eliza retrocedió y trató de secar sus lágrimas, pero en vano. Decía que quería pasar con sus hijos el poco tiempo que le quedaba de vida. Pero las amenazas y las órdenes de Freeman no pudieron imponer silencio a esa madre desesperada. Continuaba rogando y suplicando que no los separaran. Repetía que amaba a su hijo y renovó sus primeras promesas: sería una esclava fiel y obediente, trabajaría hasta exhalar el último hálito, si el señor quería comprarlos juntos. Pero no le sirvió de nada: el hombre no contaba con los medios necesarios. El negocio quedó concluido: Randall partiría solo. Entonces Eliza se lanzó hacia él, lo estrechó apasionadamente en sus brazos, lo besó varias veces, y le recomendó que no la olvidara, mientras mojaba con sus lágrimas el rostro del niño.

      Freeman se puso a injuriarla violentamente, tratándola de vieja llorona y le ordenó que volviera a su puesto y se calmara. Juró no soportar por más tiempo escenas de esa clase y que, si continuaba, le daría motivo para llorar.

      El plantador de Baton Rouge se disponía a partir con su nueva adquisición: No llores, mamá, no te olvidaré. No llores, dijo Randall dándose vuelta en el umbral de la puerta. Sólo Dios sabe qué ha sido del muchacho.

 Entre tanto el Norte venera a John Brown como a un mártir y todos saben de memoria el discurso que dirigió a sus jueces:

      Supongo que el tribunal reconoce las leyes de Dios, pues veo que aquí se jura sobre un libro que imagino es la Biblia, o al menos el Nuevo Testamento. Este libro enseña: No hagas al prójimo lo que no desearías que te hicieran a ti; además agrega: Piensa en aquellos que están encadenados ... Por mi parte, he tratado solamente de seguir esa enseñanza. No creo que Dios haga distinción entre los hombres. Sostengo que obrar como lo he hecho en favor de los humildes, y siempre he reconocido libremente haberlo hecho, es hacer el bien y no el mal.

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