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Capítulo 3:

 La esclavitud en el sur (2/2)

      Un geólogo inglés, sir Charles Lyell, juzga más bien bondadosa la esclavitud sureña:

      Quinientos negros viven en el dominio de Hopeton, pero entre ellos se cuentan muchos niños y algunos viejos que no pueden trabajar. En Inglaterra, estos últimos habrían sido internados en un hospicio, pero aquí ellos gozan, hasta su último día, de la compañía de sus vecinos y de su familia. Los niños no realizan un trabajo regular antes de la edad de diez o doce años. En este tiempo algunos de ellos recogen la hojarasca en las alamedas, mientras vigilan a los más pequeños. Cuando las madres están en el campo, una anciana negra, llamada Mom Diama, cuida a los más pequeños.

      Las esclavas que trabajan en los campos viven en edificios separados, e incluso la servidumbre, menos las niñeras de los niños blancos, habita fuera de la casa principal. Esta disposición es, por otra parte, con frecuencia un inconveniente para los amos, pues, pasadas ciertas horas ya no hay nadie para responder a las campanillas. En relación con las condiciones de vida de los criados en Europa, estos esclavos gozan, en general, de mayores ventajas. Primeramente, pueden casarse y se consideraría como tiranía que una patrona prohibiese a una de sus sirvientas negras tener pretendientes; en tanto que en los diarios ingleses se encuentran corrientemente los anuncios de criadas para todo servicio que dicen: No followers allowed (No se permiten pretendientes).

      Los que van a los campos comienzan el trabajo a las 6. Tienen una hora de descanso a las 9 para el breakfast, y muchos han terminado la tarea asignada hacia las 2 de la tarde, y todos los demás a las 3. En verano, el trabajo se organiza de manera diferente. Duermen la siesta a mediodía; luego, cuando la tarea termina, pasan gran parte de la noche charlando, divirtiéndose, predicando y cantando salmos.

      En Navidad reclaman una semana de descanso durante la cual tiene lugar una especie de saturnal, y el propietario no puede obtener entonces el menor trabajo. Aunque beben bien poco, el patrón se siente aliviado cuando esas festividades terminan sin demasiados incidentes.

      Las chozas de los negros están casi tan limpias como las casas de campo escocesas (lo que no es halagador, debo decirlo). Todas poseen una puerta trasera y un hall, como ellos dicen, en el cual hay un arca, una mesa y dos o tres sillas, así como algunos anaqueles para la vajilla. La puerta que lleva a las piezas donde duermen está cerrada con candado para proteger sus pequeños tesoros de las incursiones de los vecinos, cuando están en los campos. En general, tienen un pequeño espacio cercado en el cual crían algunos pollos y donde guardan un perro que no cesa de ladrar.

      El invierno, la mejor estación para los blancos, es la más dura para los negros. Por el contrario, ellos enferman raramente en los arrozales, en verano. El negro teme tan poco al calor que se lo ve dormir a pleno sol, en lugar de extenderse a la sombra de un árbol vecino.

      Hemos visitado la enfermería de Copetón, que comprende tres salas separadas: una para hombres, otra para mujeres y la tercera para las parturientas. Estas últimas pueden reposar un mes después del parto, ventaja que pocas campesinas inglesas pueden ofrecerse. Aunque estén mejor atendidas y más tranquilas en la enfermería, las mujeres negras prefieren quedarse en su choza donde pueden charlar con sus vecinas; y en general se arreglan para dar a luz, por sorpresa, en sus viviendas.

      Las madres negras son frecuentemente tan ignorantes e indolentes que no se les puede tener confianza para administrar, por la noche, los medicamentos a sus propios hijos. Por lo tanto el ama debe cuidar del niño. Dos razones impulsan a los blancos a obrar así: un sentimiento de piedad y también el temor de perder un esclavo; pero ese sacrificio vincula fuertemente al esclavo con su propietario. En general, no aceptan los remedios sino cuando se los entrega su amo o su ama.

      Los trabajadores de los campos reciben harina de maíz, arroz y leche, y, en algunas ocasiones, carne de cerdo y sopa. Como su ración supera el apetito, ceden una parte de ella al capataz, que les entrega en cambio una indemnización en dinero al final de la semana; o bien la conservan para alimentar a las aves de corral. La venta de ellas y de los huevos les permite comprar melaza, tabaco y otros objetos de lujo.

      Cuando quieren tomarse la molestia, pueden realizar su tarea diaria en cinco horas y luego divertirse pescando para vender el pescado. Otros pasan su tiempo libre fabricando canoas con los troncos de inmensos cipreses. El propietario les permite de buena gana cortar esos árboles, pues eso le ayuda a desbrozar los pantanos. Los esclavos venden esas canoas hasta por cuatro dólares y guardan el dinero.

      Un día en que paseaba solo, me encontré con un grupo de negros que cavaban una zanja. Los vigilaba un capataz negro, látigo en mano. Algunos esclavos cavaban con azadas, mientras otros arrancaban las raíces y los troncos de los árboles. Trabajaban sin apresurarse, y las ocho horas de trabajo exigidas habrían podido reducirse a cinco, de haberse empeñado... Las palabras mismas de cuadrilla y capataz son odiosas, y la vista del látigo se me hacía penosa como la marca de un envilecimiento, recordándome que los esclavos trabajaban solamente bajo amenaza y que la manera como se los trata depende del carácter del capataz o del propietario. No dudo de que en las haciendas bien dirigidas, el látigo se emplea raras veces y de que sirve especialmente para atemorizar. Además, no es el instrumento terrible que se ve expuesto en ciertos museos, o el usado antiguamente en las Antillas. Es una simple correa. El mayoral no tiene derecho a dar más de seis latigazos por una falta, el mayoral en jefe doce y el capataz, veinticuatro. Cuando una hacienda está bien administrada, este sistema es muy eficaz en la prevención de los delitos. El castigo más severo que se hubo dado durante estos últimos cuarenta años entre toda la población negra de Hopeton, fue por el robo que cometió un negro en perjuicio de otro ... La raza negra es naturalmente apacible y tranquila y mucho menos aficionada a la bebida que los blancos o los indios. Se han contado más pendencias graves y cráneos hundidos entre los irlandeses, durante los pocos años que estuvieron cavando el canal de Brunswick, que en todas las plantaciones vecinas durante medio siglo. El mayor delito que se recuerda en esta parte de Georgia desde hace mucho tiempo es el cometido por una negra, quien mató a su marido porque la maltrataba.

      Después del capataz blanco, las principales responsabilidades incumben al viejo Tom, el jefe de los mayorales, hombre de una inteligencia superior y de una fisonomía más noble que las de los otros negros. Era hijo de un príncipe de la tribu de los foulas y lo capturaron a la edad de catorce años, cerca de Tombuctú ... Sigue siendo un verdadero mahometano, pero su numerosa prole, hijos y nietos, han cambiado el Corán por la Biblia.

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