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Capýtulo 2:

 La esclavitud en el sur (1/2)

 La esclavitud -que los blancos del Sur no llaman jamás por su nombre: la institución particular (peculiar institution) dicen ellos- escandaliza al Norte y hace vivir al Sur. El Norte, comerciante e industrial, es cada día más rico, más poblado y más poderoso. Los sureños, convertidos en elementos de horror para sus vecinos desde la publicación de la novela de la señora Beecher Stowe, La Cabaña del Tio Tom (el libro más vendido después de la Biblia), se dan cuenta de que ya no serán por mucho tiempo más los amos de sus esclavos. Una sola solución: separarse del Norte. La guerra civil no es todavía una realidad, pero está en todos los ánimos.

      Entre tanto se podría decir del Viejo Sur, lo que Talleyrand decía de Francia en vísperas de la Revolución: ¡Quién no la conoció, no ha conocido la dulzura de vivir!.

      Un candidato al Congreso agasaja a sus electores: El día del picnic de ostras, había llegado.

      Desde el alba las carretas que transportaban las provisiones provenientes de los cuatro extremos de la plantación rodaban hacia la gran pradera cubierta de césped situada delante de la mansión. Esta se alzaba en el extremo de la avenida de encinas verdes que la unía con la carretera, a una milla de distancia.

      Después de haber llevado todo lo necesario, los negros pusiéronse a cavar zanjas sobre dos líneas paralelas para instalar los hornos en ellas. Mientras tanto, las sirvientas negras dirigidas por el mayordomo armaban las mesas: largos tablones de ciprés colocados sobre caballetes. Tendieron los manteles, luego dispusieron la porcelana china y la platería, parte de ellas traída de Inglaterra por Hugh Hext, en 1684.

      Un cielo claro dominaba todos esos preparativos de fiesta. Las mesas estaban a la sombra del musgo español que pendía en anchos festones de las encinas centenarias. Los invitados comenzaron a llegar un poco antes del mediodía, en cabrioles, a caballo, algunos en barca. Los Horry, que venían de la parroquia de Saint-Philippe, situada dos ríos más lejos, habían tenido que ponerse en camino al alba. (...)

      A mediodía, el señor Rutledge ofreció el brazo a su madre y los dos descendieron hacia las mesas para asegurarse de que estaban bien puestas. Se declararon satisfechos, con gran contento del mayordomo. Este hizo arreglar la mantelería fina, la vajilla, la platería y la cristalería en grandes cestas de mimbre puestas a un lado. En seguida las sirvientas colocaron los manteles individuales, las escudillas de madera, los cuchillos para ostras y un vaso para cada invitado.

      También, a mediodía, comenzóse a encender las fogatas. Pronto el carbón de leña enrojeció en los hornos dispuestos en dos hileras y una débil humareda se enroscó en los altos follajes de las encinas. Poco después del mediodía llegaron numerosos invitados. Sabían que la exactitud es muy importante para obtener las ostras asadas a punto y todos estuvieron presentes antes de la una.

      La parroquia de Christ Church contaba cerca de ciento cincuenta votantes. Más de la mitad de éstos habían venido con su mujer y sus hijos mayores. Los carpinteros esperaban, en las proximidades, para agregar mesas en caso necesario, lo que pronto ocurrió. Las mesas se extendían sobre un largo de un cuarto de milla en la avenida, pero los invitados estaban a gusto y podían mover cómodamente los codos.

      A una hora precisa, el señor Rutledge, tocó la trompa en lo alto de las escaleras de la Great House. Era la señal para verter las ostras de los barriles llenos a los carbones ardientes. Al mismo tiempo, los invitados tomaron sus lugares y el mayordomo apareció, rodeado de sus camareros llevando picheles de bebidas calientes: ponche o whisky para los hombres, yema mejida con una pizca de moscada y de ron antillano para las damas. Los vasos se llenaron, pero nadie bebió antes que el señor Rutledge se levantara vaso en mano, en la cabecera de la primera mesa, y brindara: “Doy la bienvenida a nuestros amigos vecinos e invitados de la parroquia de Christ Church y de otras partes”. Entonces, todo el mundo bebió.

      En eso, un batallón de negritos acudió llevando fuentes con ostras humeantes, recién salidas del carbón incandescente. No se oyó más que el ruido de los cuchillos combatiendo con las ostras. Se había previsto un negrito para cada dos convidados. Ellos debían vigilar el apetito de cada invitado y servirles las ostras ardientes. El problema era transportar del fuego hasta el gaznate las ostras asadas a punto, con todo su jugo.

      Esta tarea duró cerca de una hora. Luego, un invitado dio la señal de descanso (el anfitrión no podía honestamente sugerirla él mismo). Los hombres se retiraron cruzando por sobre los bancos fijos al suelo. Luego las mujeres se levantaron a su vez. Pero, salir de allí sin confusión, sobre todo para las jóvenes que llevaban grandes miriñaques, no era tan fácil como para el elemento masculino. Se sentían terriblemente incómodas si, en su movimiento, dejaban ver sus tobillos. Cortésmente, los hombres evitaban toda posibilidad de entrever una media sedosa sobre un botín. Las matronas salían del paso solas y luego ayudaban a las muchachas.

      Los invitados fueron a pasear a lo largo del río o vagaron hasta las chozas de los negros para ver danzar a los negritos, o bien descansaron durante una hora. Los ayudantes del mayordomo aprovecharon para hacer desaparecer los restos de la matanza de ostras y poner la mesa de gala.

      Hacia las tres, los convidados volvieron y se sentaron de nuevo a las largas mesas que ofrecían ahora un espectáculo distinto, con el centelleo de la mantelería, de los cristales, de la porcelana y de la platería, y salpicadas con pimpollos de rosas de Navidad.

      Se pudo comprobar cuán ridículo era llamar parrillada de ostras a ese festín. Sirvieron fiambre de langosta, ensalada de langostinos y berro, pescado cocido con vino de Burdeos, tortuga marina, guisada, paté de carne de venado y un budín de palmitos y ñame. Vino de Madeira para las mujeres y, aguardiente para los hombres, o Burdeos, según los gustos.

      La comida duró cerca de dos horas. Gracias al canto de los cardenales, al sol invernal que se filtraba a través de las ramas, a los vinos de Madeira y de Burdeos, uno se sentía fuera del tiempo y del espacio.

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