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Fundamentos de filosofía mística

Autor: Pedro Fulleda Bandera
Curso:
4,50/10 (2 opiniones) |97 alumnos|Fecha publicación: 11/05/2011
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Capítulo 7:

 Sustancia y campo

Nada se asemeja más al panorama cósmico que el minúsculo universo del átomo. Aquí, al igual que allá, los cuerpos giran en torno a centros gravitacionales, se desplazan a través de vastas extensiones aparentemente vacías, y protagonizan los importantísimos procesos de emisión de energía. Pero la semejanza más constante entre ambos extremos de la existencia material es ciertamente la extraordinaria diferencia entre el espacio ocupado por sus elementos y las distancias entre ellos. Veamos las siguientes comparaciones…

Sea el Sol representado por una bola de billar de 7 cm de diámetro. Mercurio, el planeta más cercano a él, estaría en esa escala a 280 cm de distancia, nuestra Tierra a 760 cm, Júpiter a 40 metros, y el planeta más lejano estaría a unos 300 metros de separación del Sol. Más allá de los límites del Sistema Solar, la distancia a la estrella Próxima, en la constelación Centauro, sería de 2 mil km. Por último, a esa escala las dimensiones de la Vía Láctea serían de 60 millones de km, valor muy cercano a la distancia real entre el Sol y la Tierra.

Mirando al micromundo podremos comprender la abismal diferencia entre el espacio ocupado por sus elementos y el existente entre ellos. Usando como referencia la escala anteriormente empleada, a la órbita terrestre (de 760 cm de radio respecto a la bola de billar-Sol) corresponderá la primera órbita interior del átomo de hidrógeno en el modelo clásico de N. Bohr. Esto nos dirá mucho más si comprendemos las dimensiones de las partículas atómicas: a lo largo del corte transversal de un alfiler se podrían colocar 10 millones de átomos, y un solo grano de sustancia contiene más átomos que los granos de trigo cosechados durante toda la historia de la humanidad.

Para dar una idea más sobre la proporción en que el espacio entre las partículas es infinitamente mayor al ocupado por estas, basta con conocer el comportamiento de los neutrinos, partículas elementales que interaccionan raramente con la materia. Si un haz de neutrinos tuviera que pasar a través de una lámina de plomo de 300 años luz de anchura, solamente la mitad de ellos quedaría atrapada por el plomo, mientras que la otra mitad emergería. Constantemente nuestros cuerpos son sometidos al intenso bombardeo de haces de neutrinos provenientes del Sol, sin que se produzca en nosotros ningún efecto, pues ellos nos atraviesan libremente, moviéndose por los vastos espacios que intermedian entre los elementos esenciales –electrones, protones, neutrones, átomos…- que nos conforman.

Entonces… ¿qué es lo predominante en la naturaleza: el espacio ocupado por los elementos materiales, o el aparente vacío existente entre ellos? Pero la materia sigue dividiéndose y ya se conocen los quarks, las partículas más pequeñas descubiertas, hasta el presente, consideradas los “ladrillos del Universo”. Así ocurre que en la vastedad inconmensurable del micromundo y el macrocosmos los ilimitados planos existenciales de la materia en sus infinitas manifestaciones se interpenetran, sin llegar a alterarse los elementos que conforman la sustancia, que quedan así atrapados en sus respectivas dimensiones espacio-temporales. No ocurre lo mismo con los campos, que llenan por completo el espacio aparentemente vacío y son, por consiguiente, el verdadero factor de cohesión y uniformidad en la naturaleza.

Toda la materia universal se manifiesta en dos grandes categorías físicas: como sustancia y como campo. La sustancia es una variedad cualitativa de la materia que tiene a la masa como medida cuantitativa de sus propiedades físicas. Está representada por las llamadas partículas elementales, cuya asociación determina la conformación de átomos, moléculas y cuerpos materiales. El estado más común de la sustancia en el Universo es el plasma, una estructura formada por partículas libres con carga eléctrica, o iones cuyo origen está relacionado con la actividad estelar. Los científicos presuponen la existencia de otro estado de la sustancia: el epiplasma o supraplasma, conformada por una estrecha mezcla de partículas y antipartículas, debida a temperaturas elevadísimas y a colosales fuerzas de gravedad. A pesar de toda su diversidad no es la sustancia la forma existencial de la materia que colma los infinitos espacios cósmicos…

Esto último corresponde al campo. Consiste en una formación material que vincula entre sí a los cuerpos, transmitiendo la acción (energía) de uno a otro. Ya en el siglo XIX eran conocidos el campo gravitacional y el campo electromagnético (una de cuyas manifestaciones es la luz). Los elementos particulares del campo electromagnético son los fotones, que se diferencian de la sustancia por no poseer masa en reposo y moverse en el vacío a una velocidad constante (la de la luz: 300 mil km por segundo). Los elementos particulares del campo gravitacional son los gravitones, cuya existencia aún es supuesta como los incrementos oscilatorios de la fuerza gravitacional. Además de los campos gravitacional y electromagnético se conocen los campos núcleares,   electropositrónicos,   mezónicos,   a  cada  uno de  los cuales corresponde determinado elemento particular. Pero además, la Astronomía moderna está aceptando ya la existencia de lo que se denomina  materia y energía oscuras, que representan la mayor parte de todo lo existente en las vastedades cósmicas, aunque por su naturaleza no es posible detectarlas por los métodos habituales para la observación de las estrellas y demás objetos cósmicos.

Las fronteras entre la sustancia y el campo existen de forma precisa solamente en el macrocosmos. En el micromundo estas fronteras son muy relativas. Así, algunas partículas de sustancia (por ejemplo: los mezones) son a la vez partículas cuánticas con su campo correspondiente. La sustancia y el campo están indisolublemente vinculados, interactúan y en condiciones determinadas son susceptibles de transformarse una en otro. Por ejemplo: el electrón y el positrón pueden transformarse en fotones, las partículas del campo electromagnético.

Una diferencia fundamental entre sustancia y campo es cómo se manifiesta en ellos la energía. Definámosla como la capacidad de la materia para ejercer trabajo, lo cual dependerá particularmente de dos cualidades esenciales: masa y movimiento. En la sustancia la masa está vinculada con una correspondiente cantidad de energía (potencial), que se incrementa con el aumento de la velocidad a magnitudes próximas a la de la luz, lo cual queda expresado en la fórmula einsteniana E=M.c ² (energía es igual a masa por el cuadrado de la velocidad de la luz). En el campo la energía (cinética) es consecuencia del movimiento (onda vibratoria) a velocidades iguales o superiores a la de la luz. La aceleración de la sustancia a tales velocidades la convierte en campo e incrementa su energía. La masa es la medida de la sustancia, mientras que la energía lo es del movimiento ondulatorio, y por tanto del campo.

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