Ante el fracaso, suele surgir la necesidad de pedir disculpas, de justificar y junto con ello, la necesidad de encontrar cuanto antes maneras efectivas para salir de él
No caben dudas de que la experiencia de fracaso es desmoralizante, incómoda y algo que nadie quiere tener. Pero tampoco caben dudas de que en cierta forma y visto desde una determinada manera, trae dolores valiosos y beneficios indiscutibles. Ante experiencias de fracaso, por lo general surge una pausa, uno se inclina a la reflexión porque se hace necesario revisar lo que de ninguna manera conviene repetir. El fracaso bien aprovechado conduce a hacer ajustes con vistas a mejorar. Cuando surge esa idea orientada a la mejora, nos encontramos nuevamente energizados y esperanzados. Pero lamentablemente esto no siempre ocurre.
Muchas personas se quedan con la parte negativa de la experiencia de fracaso cuando deberían quedarse con la enseñanza que todo fracaso trae. El problema con el fracaso es etiquetarlo de un modo negativo cuando en realidad está trayendo importantes observaciones, lecciones que vale la pena aprender. En este sentido puede afirmarse que el "fracasado" es alguien que se ha mostrado reticente o perezoso a la hora de aprender. Se ha comportado como un niño consentido y obcecado que pretende que las cosas de este mundo funcionen como él quiere y que sean como él quiere. Pero la verdad es que las cosas de este mundo funcionan como funcionan, y son como son.
El fracaso es un maestro duro, severo, riguroso. De esto no quedan dudas. Pero me gustaría contagiar la idea de que el fracaso es un maestro hecho y derecho. Un maestro inflexible, puntilloso que se propone enseñarnos cosas valiosas para nuestro bien. Nos impone desafíos y pruebas a veces durísimas que pasar para las que no siempre estamos preparados. Pero si algo descubrimos con él es nuestra increíble velocidad para aprender. Y aprendemos mucho, muy rápido aunque a veces debemos presentarnos a rendir el mismo examen una y otra vez. Es que hay lecciones que nos cuesta aprender. Hay cosas que no queremos ver y entonces cuando hacemos trampa, cuando hacemos la vista gorda o sin nos convertimos en sabelotodos, la vida no nos permite engañarnos. Rápidamente nos envía al fracaso para que aprendamos de una buena vez y lo mejor que nos puede pasar en estos casos es humildemente aceptar la consigna de revisar, estudiar para aprobar y continuar.
Ante estas duras observaciones de la vida, ante estos aplazos rotundos, muchas personas tienden a quedarse con la desmoralización, con la negatividad de la experiencias y continúan cuesta abajo por lo general cometiendo los mismos errores o abandonando la carrera. En lugar de aceptar humildemente la indicación de estudiar, adoptan una actitud ácida y se vencen, equivocando sus pasos y demorando o aplazando sus objetivos.
También ocurre que se toma distancia del perpetrador: se evitan esos estudios, esos emprendimientos, personas, lugares que activen el recuerdo doloroso del fracaso. Esta actitud desde luego impide recomponer, eliminar, rediseñar lo que sea necesario rediseñar para salirse del error y para obtener percepciones más acertadas que conduzcan a acciones más acertadas.
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