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Capýtulo 8:

 Globalización. Equilibrio antropológico

7. El equilibrio antropológico

A continuación, trataré de señalar cuáles son las transformaciones de lo político que están teniendo lugar en esta nueva sociedad global. Las agruparé en dos ejes perpendiculares: un eje horizontal, que se refiere a las relaciones entre los distintos campos de la vida humana, y un eje vertical, que se refiere a las relaciones entre las distintas escalas geográficas y demográficas de interacción social. Comenzaré por las transformaciones que afectan a las relaciones horizontales entre los distintos campos de la vida humana. Estas transformaciones –y las correspondientes propuestas normativas de los «nuevos movimientos sociales», a las que acabo de referirme– conciernen a las relaciones ecológicas entre los humanos y el mundo, pero también a la articulación entre los cuatro órdenes básicos de la experiencia humana: el parental, el económico, el político –en su sentido restringido– y el simbólico.

Las mutaciones sociales que hoy estamos viviendo ponen al descubierto los límites de la filosofía política moderna, que hasta ahora había proporcionado una base normativa a la articulación entre las cuatro instituciones básicas de la sociedad capitalista: la familia patriarcal, el mercado competitivo, el Estado- nación soberano y los saberes tecnocientíficos. El liberalismo, que ha sido la corriente dominante de la filosofía política moderna –y que ha adoptado formulaciones muy diversas: las teorías políticas del contrato social, las teorías económicas del libre mercado y de la elección racional, las teorías sociológicas de la evolución social y la diferenciación funcional y sistémica, etcétera–, estableció desde el primer momento una neta separación «funcional» entre estas cuatro grandes instituciones –la familia, el mercado, el Estado y la ciencia–, con el fin de restringir el campo de lo político al gobierno del Estado. En cambio, los «nuevos movimientos sociales» están poniendo en juego una nueva filosofía política: no sólo están promoviendo nuevas formas de experiencia en los dominios respectivos del parentesco, la economía, la política –en su sentido restringido– y la cultura, sino que también están promoviendo una nueva forma de articulación entre todos ellos.

Esta nueva articulación de la experiencia se rige por la idea reguladora del «equilibrio antropológico», que podemos enunciar así: una vida humana digna de tal nombre necesita simultáneamente del parentesco, la economía, la política –en su sentido restringido– y la cultura, por lo que hemos de reordenar el conjunto de las relaciones sociales de tal modo que todos los seres humanos podamos cultivar, de forma libre e igualitaria, estas cuatro actividades a un tiempo, evitando así las diversas formas de (des)articulación patológica de la experiencia, que nos fuerzan a la mayor parte de nosotros a una especialización «funcional» o «unidimensional», sea por razones de sexo, de clase social, de nación o de cualquier otra índole.

Esta exigencia de «equilibrio antropológico» conlleva una repolitización de todos aquellos campos de la experiencia que fueron activamente despolitizados por el liberalismo –y, en general, por la tradición de la filosofía política occidental. Así pues, un primer rasgo de la sociedad global es esta generalización de lo político a los diversos campos de la experiencia humana.

Ahora bien, generalización no significa homogeneización: por más que los diversos campos de la experiencia se vean igualmente politizados, esto es, sometidos a la dialéctica del conflicto y el acuerdo, y por más que esta politización generalizada conlleve una reorganización de los límites y los vínculos entre unos campos y otros, eso no significa que dejen de ser diferentes e irreductibles entre sí. La generalización de lo político no exige sólo la ampliación cuantitativa del «nosotros», para incluir en él a todos los individuos o los grupos sociales excluidos; exige también, inseparablemente, una diversificación cualitativa de ese «nosotros» en espacios sociales diferenciados y a la vez interconectados, esto es, una pluralización de la comunidad política en distintos tipos de «nosotros» que, sin embargo, se encuentran solapados y articulados entre sí.

Esta diversificación o pluralización del «nosotros» afecta también a la identidad del «yo»: puesto que éste forma parte de distintos «nosotros» a un tiempo, su identidad adquiere una estructura «modular» (Ernest Gellner), esto es, se va componiendo y recomponiendo mediante la articulación flexible entre un conjunto de «módulos» heterogéneos entre sí. Esta nueva estructuración de la identidad personal –y, con ella, el proceso de «individualización» de la experiencia, el «hágaselo usted mismo»– tiene consecuencias políticas ambivalentes: puede proporcionar a los individuos la libertad necesaria para «construir reflexivamente su propia biografía» (Anthony Giddens), pero también puede condenarles a buscar «soluciones biográficas para contradicciones sistémicas» (Ulrich Beck). Por eso, la nueva condición de ciudadanía en la sociedad global exige que todos los «yoes» puedan participar activamente, en condiciones de libertad e igualdad, no sólo en el espacio político en sentido restringido –el gobierno del Estado-nación–, sino también en todos los otros espacios sociales en donde se desenvuelve su vida cotidiana y en donde se construye «modularmente» su identidad personal: la familia, la escuela, la empresa, la iglesia, el centro de investigación, los medios de comunicación, etcétera.

La generalización de lo político a los diversos campos de la experiencia y la consiguiente diversificación del «nosotros» y del «yo» en una red de espacios sociales diferenciados e interconectados deberían llevarnos a recuperar y reformular los principios del republicanismo democrático, en la dirección apuntada por Chantal Mouffe. Por un lado, frente al viejo liberalismo, hay que extender y radicalizar la democracia más allá de las instituciones representativas del Estado-nación moderno, esto es, hay que repolitizar y democratizar todos los espacios de interacción social. Por otro lado, hay que renunciar a la vieja concepción organicista y armónica de la comunidad política, sea en su versión nacionalista o en su versión comunista, puesto que tanto el «nosotros» como el «yo» están constituidos por una diversidad de espacios sociales que es irreductible y potencialmente conflictiva.Tanto Hannah Arendt como Chantal Mouffe nos han recordado que la democracia es constitutivamente «agonística»: no puede fundarse sobre el exterminio del adversario, pero tampoco puede aspirar a una comunión final que trascienda todas las diferencias y resuelva todos los conflictos, puesto que la convivencia democrática consiste más bien en el reconocimiento de esas diferencias y en la regulación pacífica de esos conflictos.

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