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La familia cristiana

Autor: Agustín Fabra
Curso:
10/10 (1 opiniýn) |901 alumnos|Fecha publicaciýn: 22/07/2010
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Capýtulo 4:

 La preparación a la vida matrimonial

La vida matrimonial es un compromiso difícil. No se improvisa un buen esposo o una buena madre, ni todos los padres están capacitados para educar a sus hijos, ni todos los cónyuges para aguantarse durante muchos años.
Algunas de las premisas esenciales para un buen matrimonio son:

La madurez personal
La persona madurará progresivamente en la vida familiar mediante la formación de su carácter, la educación del sentimiento y de la voluntad, el logro del dominio de sí mismo y el descubrimiento y la vivencia de los valores humanos, morales y religiosos.
La información clara y concisa
La pareja debe tener una clara y concisa información y conocimiento acerca del matrimonio y la sexualidad, así como de sus exigencias fundamentales sobre sus tareas, funciones y obligaciones.
Un noviazgo vivido seria y responsablemente
El noviazgo es una situación de tránsito en la relación hombre-mujer. Es el paso intermedio entre su condición de soltería y la vinculación de casados. Es la preparación y el conocimiento mutuo indispensables e inmediatos a la unión indisoluble del matrimonio. De él depende mucho el éxito del futuro matrimonio.
Un buen noviazgo no debe ser prematuro ni demasiado largo, pero sí debe ser serio y responsable. El fin del noviazgo es el conocimiento recíproco, la armonización, la maduración personal y como pareja y el descubrimiento del verdadero amor. Debe ser una relación de castidad, aceptada por ambas partes, y que comporta el compromiso de la mutua fidelidad.


LAS EXIGENCIAS DEL AMOR CONYUGAL
"El matrimonio es una comunidad íntima de vida entre un hombre y una mujer, fundamentada en el amor responsable y en la mutua entrega, en vista del bien personal de los cónyuges y de la generación y educación de su descendencia" (GS 48).
En el matrimonio el amor recíproco es esencial y tiene unas características muy definidas, que lo distinguen de todas las demás formas de amor. Son las siguientes:

Es un amor plenamente humano
No es un impulso instintivo, una atracción sexual ni un amor platónico. Ante todo es un acto sensible y espiritual de la voluntad, que acepta y aprecia a la persona del cónyuge como valor en sí misma, y se entrega a ella con amor de benevolencia y sensibilidad porque se manifiesta en sentimientos y gestos de ternura.
La dimensión espiritual y sensible son inseparables. La sexualidad sin amor es degradante ya que el amor es esencial en la relación sexual. Carece de sentido una sexualidad egoísta y encerrada, que niega la comunicación del yo con el tú y que niega su oblatividad profunda. Una relación sexual biológicamente perfecta pero sin amor, es como un cuerpo sin alma; una vivencia inmoral del sexo y la prostitución de dos personas, aunque sean marido y mujer.
Es un amor total y dinámico
Los esposos deben compartirlo todo generosamente, sin reservas de ningún tipo, tanto los bienes materiales y espirituales como el cuerpo y el espíritu: "No dispone la mujer de su cuerpo, sino el marido. Igualmente, el marido no dispone de su cuerpo, sino la mujer" (1 Corintios 7:4). Es la única forma de amor, que comporta la entrega física y sexual.
Al pasar el tiempo, en lugar de atenuarse, este amor se hace más perfecto y crece mediante la entrega generosa, aún cuando la inclinación sentimental o la atracción sensible puedan disminuir.
Es un amor monogámico
Es decir, de un solo hombre a una sola mujer, y viceversa. Eso implica una amistad íntima y una comunicación tan profunda que no puede ser compartido con personas extrañas a la pareja: "Tenga cada hombre su mujer y cada mujer su marido" (1 Corintios 7:2).
Es un amor irrevocable e indisoluble
Todo amor auténtico es indisoluble: "Así, la mujer casada está obligada por la ley a su marido mientras éste vive; mas, una vez muerto el marido, se ve libre de la ley del marido" (Romanos 7:2). Por eso, el matrimonio válido no se puede romper, sino con la muerte. El Evangelio rechaza claramente el divorcio como contrario al plan de Dios sobre el matrimonio; solamente la muerte de uno de los cónyuges puede permitir un nuevo matrimonio.
Prescindiendo de la enseñanza del evangelio, no se puede negar el valor humano y social de la indisolubilidad. Además, el divorcio hace imposible la educación de los hijos, que piden la presencia de ambos padres. Además, el divorcio es un muy mal ejemplo cristiano para los hijos.
Por eso la Iglesia Católica, fiel al evangelio, no puede aceptar el divorcio y admitir a la Eucaristía a los divorciados que han sido nuevamente casados fuera de la Iglesia Católica. Solamente en el caso de que el primer matrimonio haya sido anulado (celebrado sin las condiciones necesarias), se puede celebrar un nuevo matrimonio religioso.
Es un amor fiel
Desde el antiguo Israel, el adulterio ha sido siempre duramente castigado: "Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, serán castigados con la muerte: el adúltero y la adúltera" (Levítico 20:10). Los profetas lo denuncian como una de las causas del destierro, e incluso de la pena de muerte, junto con el pecado de homicidio, idolatría y violación del sábado.
El Nuevo Testamento es aún más exigente; aunque no insiste en la pena temporal mosaica, subraya la gravedad del adulterio y promete como castigo la pena eterna: "¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios?. ¡No os engañéis!. Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el reino de Dios" (1 Corintios 6:9-10).
Y se puede cometer adulterio no sólo con los actos, sino también con los malos deseos: "Pues yo te digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón" (Mateo 5:28). El matrimonio cristiano, en cuanto participación de la alianza fiel de Cristo con su Iglesia, es pues totalmente fiel.
Es un amor fecundo
Todo amor verdadero siempre es fuente de perfección y de vida. El amor conyugal no se agota, sino que está destinado a prolongarse, suscitando nuevas vidas. Una misión tan importante debe realizarse "con humana y cristiana responsabilidad" (GS 50).
Solamente los esposos pueden decidir ante Dios el número de los hijos que quieren engendrar: "La decisión sobre el número de hijos depende del recto juicio de los padres y de ningún modo puede someterse al criterio de la autoridad pública" (GS 87).
El problema de la paternidad responsable no se puede siempre solucionar fácilmente. "Muchos esposos encuentran dificultades no solamente para su realización concreta, sino también para la misma comprensión de las normas inherentes a la norma moral. Ellos no deben desanimarse o alejarse de Dios o de la comunidad eclesial. La Iglesia les invita a perseverar en la búsqueda del bien, aceptando humildemente eventuales defectos, confiando en la bondad y misericordia divina, y viviendo generosamente su compromiso cristiano" (FC 33-35).

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