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La familia cristiana

Autor: Agustín Fabra
Curso:
10/10 (1 opiniýn) |901 alumnos|Fecha publicaciýn: 22/07/2010
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Capýtulo 3:

 El matrimonio en el plan de Dios

"De la costilla que Yahvé había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada varona (mujer), porque del varón ha sido tomada" (Génesis 2:22-23).

El matrimonio es obra de Dios
El matrimonio no es una institución puramente humana. La unión entre el hombre y la mujer es querida por Dios desde el principio al crear a ambos sexualmente diferenciados, pero como seres de mutua ayuda que se complementan el uno al otro. La diferenciación sexual está en función del cumplimiento recíproco en el amor y en la procreación.
La unión matrimonial es más profunda aún que los lazos de sangre y de parentesco porque "por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos se harán una sola carne" (Efesios 5:31), es decir, se harán una sola persona, un solo ser.
La unión matrimonial comporta la unidad y la indisolubilidad. En el plan de Dios el matrimonio es la unión profunda de un solo hombre con una sola mujer. Es monogámico y excluye la poligamia y la poliandria. Es, además indisoluble: el matrimonio dura toda la vida y excluye absolutamente el divorcio, ya que el hombre y la mujer forman un solo cuerpo.
Es precisamente en el contexto de esa unión profunda de amor estable, o sea, dentro del ámbito monogámico e indisoluble, que es lícita y conforme al plan de Dios la relación sexual. Está totalmente excluida toda actuación sexual antes y fuera del santo matrimonio.
El oscurecimiento de la idea original del matrimonio
A lo largo de la historia el proyecto de Dios acerca del matrimonio se ha ido oscureciendo a causa del pecado del hombre. El pecado deteriora la relación interpersonal hombre-mujer y corrompe la naturaleza del matrimonio. Entonces la mujer ya no es la ayuda adecuada, sino que es la que invita al hombre a la desobediencia. A su vez el hombre acusa a su esposa ante Dios, como hizo Adán: "La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí" (Génesis 3:12). Desde ese momento la división ha entrado en la pareja.
Antes del pecado, hombre y mujer estaban desnudos y no se avergonzaban; es decir, vivían en un estado de inocencia, armonía y respeto recíproco: "Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban el uno del otro" (Génesis 2:25). Pero después de pecar ante Dios se dieron cuenta de su desnudez y se avergonzaron de ella: "Entonces se les abrieron a ambos los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y, cosiendo hojas de higuera, se hicieron unos ceñidores" (Génesis 3:7). La vergüenza significa que las relaciones personales no son ya serenas y respetuosas. Ellos sienten la necesidad de cubrirse, de defenderse el uno del otro, de protegerse ante la concupiscencia naciente. En realidad ellos percibieron una experiencia turbadora. En la conciencia de su desnudez había ya una manifestación del desajuste introducido por el pecado en la armonía y el orden de la creación.
Además la culpa comporta el castigo. Así Dios dijo a la mujer: "Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará" (Génesis 3:16). Este dominio es la negación misma del amor conyugal y los esposos son recíprocamente objeto de dominio egoísta, de instinto y de lujuria.
El oscurecimiento del plan originario de Dios se manifiesta también en la difusión de varias tendencias y desviaciones como son la prostitución, la poligamia, el concubinato y el divorcio, lo cual afecta también al pueblo de Israel.
La restauración del designio originario de Dios
Cuando llegó la plenitud de los tiempos Dios envió a su Hijo como camino, verdad y vida para el mundo. Jesús ha restaurado la idea originaria de Dios sobre el matrimonio y ha sanado el amor humano de las heridas del pecado, elevando el matrimonio a la dignidad de sacramento.
En primer lugar vemos en el Evangelio de Juan (2:1-11) que Jesús participa en las bodas de Caná, lo cual confirma que el matrimonio es una realidad positiva con todas sus legítimas manifestaciones, en cuanto obra de Dios Creador. Además con su presencia y su primer milagro consagra y santifica la unión matrimonial.
Luego Jesús restaura el matrimonio como en el principio: "De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre" (Mateo 19:6). Las deformaciones del matrimonio son fruto de la dureza de corazón, del pecado, de la indocilidad a la voluntad divina: "Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así" (Mateo 19:8).
Jesús confirmó que el matrimonio era obra de Dios desde el principio, y lo hizo monogámico e indisoluble y comporta también la plena fidelidad, tanto en actos como en el pensamiento: "Habéis oído que se dijo: no cometerás adulterio. Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió con ella adulterio en su corazón" (Mateo 5:27-28).
La sacramentalidad del matrimonio
Jesús elevó el matrimonio a la dignidad de sacramento, tal como no explica San Pablo en su Carta a los Efesios: "Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo: las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, el salvador del cuerpo. Como la Iglesia está sumida a Cristo, así también las mujeres deben estarlos a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para santificarla, purificándola mediante el baño de agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo" (Efesios 5:21-28).
En el matrimonio el hombre debe amar a su mujer, como Cristo ama a su Iglesia. Y la mujer amar a su esposo, como la Iglesia ama a Cristo. Esto significa que el matrimonio es una representación del misterio de amor que une a Cristo con la Iglesia. Es una imagen y participación de la alianza de amor que existe entre Cristo y la Iglesia.
Conclusión
Resulta incomprensible que una pareja cristiana, consciente de su fe y de la riqueza del sacramento, rehúse consagrar su amor en el Señor mediante el don sacramental que Cristo otorga. Y es tan decisivo que si no contrae matrimonio válido ante la Iglesia, no puede comulgar (FC 82): "El don del sacramento es, al mismo tiempo, vocación y mandamiento para los esposos cristianos" (FC 20).

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