En la línea de sus teorías sobre la ostentación de la soberanía, A. M. Hocart ("Vuelos aéreos" en "Antigüedades de la India, 1923) consideraba la ideología del "vuelo mágico" solidaria, y en última instancia tributaria, de la institución de los reyes - dioses. Si los reyes del Asia suroriental y los de Oceanía eran llevados sobre las espaldas es porque, asimilados a los dioses, no debían tocar la tierra; como los dioses "volaban por los aires". De donde es evidente que la tradición se refiere a un vuelo material, real en el sentido físico. Los sinólogos insisten en que tanto el "emperador amarillo" Hoang-ti como el emperador Chou aprendieron el "arte del vuelo" con magos cuya denominación era "sabios emplumados" (recordemos a los shamanes de tantos pueblos indígenas consustanciándose con animales, entre ellos, pájaros). "Ascender al Cielo volando" se dice en chino como: "por medio de plumas de pájaro, ha sido transformado y ha ascendido como un inmortal". El camino era el Tao y la Alquimia. La Alquimia, porque sus obras otorgaban la condición de transustanciación. Pero si "ascender al Cielo" era transustanciarse (recuerden a Jesús ordenándole a su discípulo: "¡No me toques!", como si el proceso de transmutación física pudiese ser abortado involuntariamente) me pregunto tanto como si de lo que estamos hablando es de desarrollar las técnicas de "vibrar en otras frecuencias" para desplazarnos en un nuevo cuerpo, o, el mismo cuerpo en otro orden de realidad, así como de las repetidas advertencias de tantos esoteristas y canalizadores en el sentido que cuando nuestro sistema solar atraviesa el famoso "anillo manásico" habrá un cambio evolutivo significativo de nuestra naturaleza, perceptible en forma de transmutaciones atómicas impensadas hasta ahora. Por lo menos, de eso es de lo que se habla.
Por lo pronto, el hecho de sobrepasar la condición humana con estas transformaciones no implica necesariamente la "divinización". Los alquimistas chinos e hindúes, los yoguis, los sabios, los místicos tanto como los shamanes, aunque capaces de volar "en otros planos" no pretenden ser por ello dioses. Solamente, dicen compartir momentáneamente de condiciones propias de los "espíritus". O adquirir la capacidad de penetrar en otros planos.
Que esas capacidades de "vuelo" implican necesariamente un crecimiento espiritual, una evolución, lo refiere las numerosísimas asociaciones entre el acto de volar y el de comprender. El Rig Veda, libro VI, capítulo 9, dice: "La inteligencia (manas) es el más rápido de los pájaros", y el Pañcavimsa Brahamana, libro IV, capítulo 1, dice: "Aquél que comprende tiene alas".
En cuanto al miedo y al dolor... sigamos a Mircea Eliade (op.cit) cuando escribe: "... esto se revela mejor todavía en una descripción que un misionero belga, Léo Bittremieux, nos ha dado de la sociedad secreta de los bakhimbas, en el Mayombé. Las pruebas iniciáticas duran de dos a cinco años, y la más importante consiste en una ceremonia de muerte y resurrección. El neófito debe ser "matado". La escena tiene lugar durante la noche y los ancianos iniciados cantan, sobre el ritmo del tambor de danza, el lamento de la madre y de los parientes sobre los que van a "morir". El candidato es flagelado y bebe por primera vez una bebida narcótica llamada "bebida de la muerte", pero también come semillas de calabaza que simbolizan la inteligencia, detalle éste significativo, por cuanto indicaría que a través de la muerte se accede a la sabiduría. Después de haber bebido la "bebida de la muerte", el candidato es tomado de la mano y uno de los ancianos lo hace dar vueltas sobre sí mismo hasta que cae al suelo. Entonces todos gritan: "¡Oh, alguien ha muerto!". Un informante indígena dos da este detalle más preciso: que se hace rodar al muerto en tierra, en tanto que el coro entona un canto fúnebre: "¡Está bien muerto, él. Al khimba, ya no volveré a verlo jamás!".
"Y de este modo, también en el pueblo lo lloran su madre, su hermano y demás deudos. De inmediato, los "muertos" son llevados en hombros por sus parientes ya iniciados y transportados a un recinto consagrado que se denomina el "patio de la resurrección". Allí se depositan, totalmente desnudos, en un foso en forma de cruz, donde permanecen hasta el alba del día de la "conmutación" o de la "resurrección" que es el primer día de la semana indígena, que no cuenta sino con cuatro. A los neófitos se les rapa luego la cabeza, se los apalea, se los arroja al suelo y finalmente se los resucita dejándoles caer en los ojos y en las narices algunas gotas de un líquido muy picante. Pero antes de la "resurrección" deben prestar juramento de guardar el secreto más absoluto: "todo cuanto viere aquí no lo diré a nadie, ni a una mujer, ni a un hombre, ni a un profano, ni a un blanco; y si así lo hiciere, hazme hinchar, mátame". Todo cuanto viere aquí, entonces, el neófito no ha visto todavía el verdadero misterio. Su iniciación -es decir, su muerte y resurrección rituales.- no es sino la condición sine qua non para poder asistir a las ceremonias secretas sobre las cuales estamos muy mal informados."
"Nos resulta imposible hablar de otras sociedades secretas masculinas -las de Oceanía-. Por ejemplo, la del "dukhuk" particularmente, cuyos misterios y el terror que ejercían sobre los no iniciados han impresionado a los observadores; o las cofradías masculinas de la América del norte, célebres por sus torturas iniciáticas. Sabemos por ejemplo que entre los mandan -donde el rito iniciático tribal era a la vez el rito de entrada en la confraternidad secreta- la tortura sobrepasaba todo cuanto podíamos imaginar: dos hombres hundían cuchillos en los músculos del pecho y la espalda, hundían sus dedos en las heridas, pasaban una correa bajo los músculos, fijaban de inmediato las correas e izaban luego al neófito en el aire. Pero antes de izarlo, le metían clavijas en los músculos de los brazos y de las piernas, a las que eran atadas pesadas piedras y cabeza de búfalos. La manera como esos muchachos soportaban esa tremenda tortura llegaba a lo fabuloso: ningún rasgo de su semblante se contraía mientras los verdugos despedazaban sus carnes. Una vez suspendido en el aire, un hombre comenzaba a hacerlo dar vueltas rápidamente como un trompo, hasta que el desdichado perdiese el conocimiento y su cuerpo pendiese como dislocado".
O, acoto yo, la costumbre entre los swahili del centro de África, de cortar el prepucio en la pubertad pero no con la técnica judía sino de una manera más sangrienta y dolorosa, pues consistía en arrastrar hasta la base del pene aquél, desprendiendo con una cuchilla de sílex las membranas que lo fijaban al tronco. Uno de los efectos buscados, según han sostenido los shamanes, era que esta carnicería combatía los "temores a superarse" del hombre: nuestros psicólogos traducirían por "inhibiciones", "represiones" y "torturas". Por ejemplo-vuelvo a los shamanes- el no saber que puede correrse tan rápido como un gamo (en una sociedad donde hay que perseguir al almuerzo todos los días). Y lo cierto es que, experimentalmente hablando, la velocidad de un corredor swahili supera con creces no sólo la de nuestros mejor entrenados atletas sino también casi hasta lo fisiológicamente posible para el ser humano. Y el miedo al dolor, que en nuestra cómoda y burguesa sociedad se ha transformado en el dolor del miedo, es seguramente el freno inconsciente a permitirnos liberar nuestra verdadera naturaleza superior.
En consecuencia, comparo con tantos testimonios de abducidos (Strieber, entre los más populares): recuerdo las descripciones del "instrumental médico" empleado por los hipotéticos extraterrestres: cuchillas de formas retorcidas, agudas puntas candentes que parecen penetrar en los ojos, tubos flexibles penetrando el ano, dolor y miedo. ¿Acaso no sería más esperable que una civilización tan adelantada tecnológicamente como para atravesar el universo sin grandes y elefantiásicos derroches de combustible y maquinaria pesada pudiese disponer de un instrumental absolutamente indoloro, sutil y casi invisible?. Comparen la evolución del instrumental médico de nuestro propio planeta en apenas un par de siglos. ¿No es evidente su "sutilización" -disculpen si abuso del término?. ¿Porqué deberían estos seres continuar usando herramientas casi decimonónicas sino no fuera que precisamente no es la consecuencia de sus intervenciones la búsqueda de un resultado fisiológico -como no lo es la del shamán que corta prepucios- sino generar un estado alterado de miedo y dolor que despierte a un nuevo orden de realidad?. Hasta el "secreto" que se le impone al iniciado es, en la moderna categoría de los abducidos, reemplazado por un secreto más seguro y convincente: el que estas entidades programan en la mentes de los protagonistas, evidenciándose en los episodios de "tiempo perdido".
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