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El euro

Autor: Adriana Guevara
Curso:
10/10 (1 opiniýn) |6304 alumnos|Fecha publicaciýn: 27/12/2004
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Capýtulo 7:

 El final de la Segunda Guerra Mundial

"Todos los vicios amontonados, de todas las edades y de cualquier lugar, no igualarán jamás a los males que produce una sola campaña militar". Estas palabras de Voltaire siguen siendo acertadas aunque se trate de campañas o guerras mundiales, en cualquier caso el arte de liquidarla es siempre el más difícil. Al terminar la lucha, nada parece haberse solucionado; cada cual se apresura a reconstruir su propio país, percatándose entonces de que los propios vecinos no tienen los mismos conceptos acerca del orden y de la justicia. 

Estudios de la Comisión Europea calculan que al terminar la guerra Alemania había desviado a Suiza por lo menos 500 Millones de dólares. En 1.946 y 1.952 los bancos  suizos reintegraron a los países aliados el equivalente a una décima parte de esa suma. Las nueve décimas partes restantes hoy avaluadas entre 4 mil y 7  mil  millones de dólares permanecen en las cajas de caudales suizos. La llamada guerra europea permitió  a las tropas de Hitler invadir buena parte del continente; con el atropello militar se produjo otro: Los nazis se apoderaron de los lingotes de oro de los países atacados, buena parte del botín llegó a Suiza para comprar materiales o convertirlos en divisas, el excedente se depósito en el REICHSBANK.[1]

 Mientras tanto en cuentas reservadas quedaban los haberes de los ciudadanos que los sacaban atemorizados de Polonia, Italia, Francia..... Las naciones que habían sufrido el saqueo del oro monetario apretaron a Suiza para que lo devolviera. Bélgica exigía 233 Millones de dólares, Holanda 193, Hungría 24; en total 11 países reclamaban su dinero. Terminada la guerra, se supo que la suma que había filtrado Alemania en Suiza era cercana a los 500 Millones de dólares; así quedaba Europa al final de la Segunda guerra mundial: devastada, en ruinas y sin dinero para su reconstrucción.[2]

En medio de la crisis económica reinante en Europa, surge la Doctrina Truman y el Plan Marshall.  La decisión de Truman del 12 de marzo de 1946 ( que el Congreso instrumentó del modo más diligente) tenía un objetivo político directo:  mostrar la firme actitud de Washington a Moscú en el mismo momento en que en la capital soviética estaba reunida  la Conferencia de ministros de Asuntos Exteriores de todos los países aliados en la segunda guerra mundial.  Iniciada 2 días antes, el 10 de marzo, la Conferencia de Moscú no finalizaría hasta el 24 de abril y a lo largo de ella fue poniéndose de relieve que entre los intereses de la URSS no figuraba como prioritario el de promover una rápida reconstrucción de Europa Occidental; y mucho menos de Alemania.  Frente a esta actitud, Marshall empezó a considerar la posibilidad de extender la Doctrina Truman a toda Europa Occidental.  En efecto, la larga duración de la conferencia le permitió numerosos contactos con sus colegas.  Y a  su vuelta a Washington, a fines de abril, destacó significativamente que uno de los temas más frecuentes en sus conservaciones en la capital soviética había sido la escasez de alimentos, la penuria del combustible, y la falta de materias primas para reanimar la producción de Europa Occidental.  En definitiva, Marshall volvió convencido de Moscú de que si los Estados Unidos no ayudaba, ineludiblemente  toda Europa quedaría dentro de la esfera de interés de la URSS.[3]

Cuando aún estaban en discusión los términos de la Doctrina Truman para Grecia y Turquía.  El subsecretario Dean Acherson había tomado la iniciativa, el 11 de marzo de 1947, de constituir un Comité Tripartito (de los Departamentos de Estado, de Guerra y de la Marina) para que en el periodo de tres semanas  se preparase un informe preliminar sobre que países en Europa necesitarían con urgencia la ayuda de los Estados Unidos, en términos económicos, financieros, de asistencia técnica y de envío de equipo militar.  Los resultados de esos estudios, sirvieron de fundamentación para la preparación del Plan Marshall.  La conclusión era sencilla.  Europa necesitaba una transfusión norteamericana de no menos de 5.000 millones de dólares anuales durante varios años consecutivos.[4]

Al fin, la propuesta del Plan Marshall se produjo el domingo 5 de junio de 1947, en la Universidad de Harvard.  El secretario de Estado norteamericano George Marshall, especialmente invitado como Doctor  honoris causa, pronunció allí un memorable discurso.  En él defendió la necesidad de ayudar a Europa, todavía trágicamente traumatizada por los efectos de la guerra, con su tejido económico destrozado, sin recursos materiales y sin medios financieros.  Y lo que era aún más grave, dijo: "sin confianza entre sus gentes respecto al futuro".[5]  

Marshall se refirió al deterioro  de las relaciones campo-ciudad en Europa, destacando las dificultades que de ello se derivaban para el abastecimiento.  Así mismo subrayó la carencia de lo más elemental para la industria, y aseguró que en estas condiciones la recuperación europea sería larga y llena de riesgos.  Había, pues, que ayudar.  Y si bien manifestó que o habría ningún condicionamiento ideológico para ello, entre líneas atacó duramente las pretensiones de poderío de la URSS. 

 El proyecto del Plan Marshall generó la máxima virulencia en las relaciones Este-Oeste.  Sin embargo, ya se apreciaban graves dificultades en el trato entre los antiguos aliados de guerra.   Y más que Grecia y Turquía, el foco de la tensión radicaba en que Estados Unidos y el Reino Unido asignaban gran importancia a que Alemania se mantuviera en el área capitalista, sin ninguna posibilidad de que la URSS pudiera convertirla en un inmenso taller para sus designios de poderío mundial.  En el  fondo, Stalin seguía en la misma idea de Lenin de que sólo una adhesión (o una incorporación forzosa) de Alemania a la causa del socialismo permitiría la revolución mundial.

 Pero los proyectos anglosajones eran muy distintos.  El rechazo de Roosevelt del Plan Morgenthau (que pretendía convertir Alemania en un país rural) y la recomendación de Churchill a los generales británicos (desvelada sólo a la opinión pública en 1954) de que conservarán los stocks de armamento alemán en previsión de una posible confrontación con la URSS, fueron 2 muestras de que la guerra fría estaba latente desde antes del Plan Marshall; incluso desde antes de terminar la guerra.

 Esos primeros indicios no tardaron en confirmarse en el muy distinto giro que tomaron los acontecimientos en las dos Alemanias.  En la Occidental, los desmantelamientos industriales se frenaron bien pronto; y rápidamente se convocaron a elecciones para dar a los Lander y a los municipios instituciones representativas.  También con notable celeridad se crearon las condiciones para la unión económica de las zonas americana y británica (la Bizona), y poco después de la francesa (originándose de este modo la Trizona).  En esa línea de actuación, no es extraño que el Secretario de Estado norteamericano (predecesor de Marshall) James Byrnes, anunciará el 6 de septiembre de 1946 la aspiración  norteamericana de consolidar la unión económica de toda Alemania.

 Al año siguiente en 1947, en la Conferencia de Moscú se confirmó la divergencia de puntos de vista sobre las dos Alemanias.  En esas circunstancias, nadie se sorprendió de que poco después los soviéticos vieran  en el Plan Marshall un instrumento de penetración del capitalismo norteamericano.  Y desde un principio, no vacilaron en rechazarlo abiertamente cerrando filas en toda Europa Oriental y entre todos los partidos comunistas del mundo.

 Los soviéticos, para contar con un dispositivo económico que abarcase a su área  de influencia y que por lo menos en  apariencia permitiera una similitud de la OECE ( que ya funcionaba en París para la Cooperación de Estados Unidos-Europa Occidental), se dedicara a promover el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), más conocido con el nombre de COMECON, que desde 1949 hasta 1989 garantizó el predominio del Kremlin frente a cualquier veleidad pro occidental en el Este.[6]

 En 1945, el más rígido bilateralismo imperaba en las relaciones económicas entre los países del viejo continente que, depauperados y endeudados  por la guerra, se debatían entre la escasez de recursos y las inmensas necesidades originadas por la reconstrucción.  1946 y 1947 fueron años de transición entre el cese de las hostilidades  y el comienzo  de un vasto movimiento de cooperación internacional.  Fueron años difíciles para la economía europea. 

Entre 1945 y 1947 se firmaron más de 200 acuerdos bilaterales de pagos o clearing en Europa.  Los  cuales llegaron a cubrir una parte muy importante del comercio intraeuropeo y mundial.

En las circunstancias señaladas, Europa Occidental solo podía encontrar 2 salidas: o la ayuda de Estados Unidos, único país en condiciones de concederla; o la planificación socialista, que al coste de una fuerte reducción temporal en el consumo permitiese incrementar la tasa de inversión.  La primera de esas opciones fue la adoptada por los países de Europa Occidental, la segunda la siguieron los países del Este.

Tras el discurso del 5 de junio de 1947 en Harvard, la reacción europea fue inmediata.  El 27 de junio los ministros de Asuntos exteriores de la URSS, Francia y el Reino Unido  tuvieron un punto de vista, quedando clara la decisión soviética de rechazar la ayuda norteamericana.  Tras esa negativa de Moscú, Francia y el Reino Unido convocaron a los países de Europa Occidental (salvo España) a  la Conferencia de París, que se inició el 12 de julio,   se constituyó un Comité Europeo de Cooperación Económica con el fin de examinar las propuestas de los  países afectados.

 El Comité trabajó durante todo el verano de 1947 para redactar un informe exponiendo y justificando las necesidades europeas de importancia de la zona del dólar.  Terminado el estudio,  Informe de París, La Conferencia se reunió nuevamente para examinarlo. Una vez aprobado se remitió el 22 de septiembre de 1947 a las autoridades norteamericanas.  La llamada Ley de Ayuda al Extranjero de apoyo al Programa de Recuperación Europea  fue firmada el 3 de abril de 1948 por el presidente Truman.  Así se inició oficialmente el Plan Marshall.

 Dos semanas más tarde, el 16 de abril de 1948,  " los 16 ", Bélgica, Luxemburgo, Holanda, Italia, Portugal, Islandia, Grecia, Irlanda, Suiza, Turquía, Dinamarca, Suecia, Noruega, Inglaterra y Francia, creaban por su parte la organización permanente que se encargaría de poner en práctica el Plan Marshall, la Organización Europea de cooperación económica OECE, que alcanzó prontos resultados positivos, el más importante el nacimiento de una mentalidad nueva, los pueblos de Europa Occidental parecían haber tomado conciencia de sus intereses comunes.[7]

En la aplicación y en las consecuencias del Plan Marshall, se distinguen dos aspectos diferentes: El primero, la ayuda económica entre sí, y el segundo, las consecuencias en la cooperación intraeuropea.  En este sentido la OECE era algo más que un acuerdo para distribuir la ayuda Marshall.  Europa tendría que equilibrar sus necesidades y recursos en dólares, lo que implica un aumento de las  exportaciones, así como el control de la inflación.  El cumplimiento de esta tarea no sería significativo a menos que se lograra una economía en expansión en Europa Occidental, mediante la integración económica.  En esencia la integración sería la formación de un único y gran mercado, dentro del cual desaparecerían las restricciones cuantitativas a la circulación de mercancías y las barreras monetarias a los pagos; y eventualmente, los aranceles podrían ser suprimidos para siempre.

 La propuesta tuvo un gran impacto.  Trazó claramente el camino a seguir, dejando en un segundo plano el complejo problema de la Unión Aduanera.  Los norteamericanos, que podían enjuiciar la situación de Europa más fríamente que los propios europeos, se dieron  cuenta de que cualquier clase de ayuda sería suficientemente eficaz. si desde el momento de pequeños mercados separados el Viejo Continente no se evolucionaba hacia una mayor libertad de tráfico entre sus múltiples componentes.  El sólo anuncio del Plan Marshall  ya había puesto en marcha el primer convenio intraeuropeo de pagos.  Ulteriormente la creación de la OECE permitió realizaciones tan importantes como  la Unión Europea de Pagos y la liberación del tráfico de mercancías y de invisibles.

 Por lo demás, la ayuda del Plan Marshall tuvo consecuencias muy importantes en la ulterior conformación económica de Europa.  Así lo reconoció Jean Monnet, el llamado Padre de Europa, por haber sido el máximo inspirador  de la política de integración.  En 1963 manifestaba: "desde el Plan Marshall...  el apoyo americano para la Unión Europea jamás disminuyó... siendo el  más grande valor  en la acción que condujo al punto a que hemos llegado en la unificación de Europa".  Significa que el verdadero comienzo de la cooperación europea fue resultado de las condiciones impuestas por los Estados Unidos, en el momento de conceder su ayuda.[8]

[1]Comisión de las Comunidades Europeas. La Unión Europea. Bruselas: 1997.

[2]Op.cit

[3]Op.cit

[4]op.cit

[5]op.cit

[6]op. cit

[7]HUGHES, G. Industrial, policy and restructuing in Europe. Oxford University:1993.

[8]Op. cit

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