Probablemente en los países en desarrollo y en transición, los efectos del mercado europeo unificado se sentirán principalmente a través de los vínculos comerciales y financieros. La mayor actividad y la elevada demanda de importaciones en la zona del euro producirán un aumento de las exportaciones y la producción en esos países. Igualmente, los regímenes cambiarios, los mecanismos del mercado financiero y los flujos de capital afectarán a los países en desarrollo y en transición y sus políticas.
Un aumento de la solidez cíclica de la zona euro tendrá por consecuencia directa un aumento de las exportaciones de los socios comerciales de Europa. Además, el establecimiento de la moneda única producirá posiblemente nuevos avances en la reforma de los mercados laborales y en la solución de otros problemas estructurales y, por consiguiente, un aumento de la producción en el mediano plazo. El intercambio comercial con los países de la zona euro representa entre un 40% y un 50% del comercio total de bienes en África, principalmente en el norte de África y en la zona del franco CFA.[1]
Actualmente, varios de los países con mercados emergentes que mantienen estrechas relaciones con Europa vinculan su moneda al marco alemán o al franco francés. Se prevé que estos países tenderán a vincular su moneda al euro. Las variaciones del tipo de cambio entre el euro y el dólar o el yen podrían afectar la competitividad externa de estos países cuando la moneda o cesta de monedas del tipo de cambio meta se desvíe con respecto al tipo de cambio efectivo basado en la actividad comercial. Al mismo tiempo, esto afectaría a los países que tienen deudas denominadas en dólares o yenes. En efecto, un aumento del valor del euro beneficiaría a los países que vinculan su moneda al euro, pues reduciría el costo en moneda nacional que representa el servicio de su deuda denominada en dólares. A su vez, una depreciación del euro aumentaría el costo del servicio de la deuda.[2]
Para contrarrestar estos efectos, los países podrían decidir ajustar el régimen cambiario a fin de reflejar mejor la composición de sus vínculos comerciales y financieros o reformar sus políticas de gestión de la deuda. Los ajustes en materia de gestión de la deuda se facilitarán al generalizarse el uso del euro en los mercados comerciales y financieros y aumentar la proporción de títulos de deuda en esa moneda. Los países que vinculen su moneda al euro podrá disminuir los riesgos de fluctuación del valor del dólar y reducir las fluctuaciones de los pagos correspondientes a su deuda denominada en dólares.
Además, la UEM podrá reducir el costo de los empréstitos. La existencia de mercados de capital más desarrollados y líquidos en Europa reducirá el costo de los empréstitos para los países de la zona del euro y para otros países que movilizan fondos denominados en euros.
La UEM permitirá que las instituciones privadas en la zona del euro conviertan algunas de sus carteras en inversiones en mercados emergentes dado que las inversiones de estas instituciones fuera de su país de origen, pero dentro de la zona euro serán reclasificadas como inversiones en moneda nacional, los inversionistas descubrirán que la UEM reduce, de hecho, las restricciones impuestas por los requisitos de constitución de reservas mínimas, para hacer frente a los riesgos cambiarios.[3]
Las economías de mercado emergentes podrían verse beneficiadas por la afluencia de capital directo y capital de cartera, si la convergencia de los rendimientos de los activos en Europa induce a los inversionistas internacionales a aumentar sus tenencias en los mercados emergentes para diversificarlas en varios países.
La UEM podría también crear algunos riesgos financieros para los países con mercados emergentes. Una UEM exitosa que incremente la productividad y acelere el crecimiento aumentaría el atractivo de Europa para los inversionistas y elevaría el costo del capital para las economías de mercados emergentes.
Un aumento de la competitividad de las instituciones financieras europeas y el mayor desarrollo de los mercados financieros en la zona euro podría alentar a las empresas de los países en desarrollo y en transición a movilizar capital en euros en lugar de su moneda local, creando dificultades en los mercados nacionales de capital. No obstante, esto podría crear un incentivo para que los países en desarrollo y en transición mejoren la intermediación financiera y establezcan sistemas bancarios bien cimentados. [4]
Para América Latina, Dorte Verner, analista del FMI sostiene que la UE mantiene importantes relaciones comerciales con estos países. Al rededor del 22% de sus exportaciones se destinan a estos países y el 20% de sus importaciones provienen de allí. Durante las últimas dos décadas, las exportaciones de América Latina a la UE se han triplicado, alcanzando un monto anual de US$38.000 millones. Por su parte, las importaciones de América Latina provenientes de la UE, que desde 1977 se han cuadruplicado y siguen creciendo, aumentaron de US$27.000 millones anuales en 1990 a US$54.000 millones en 1997.[5]
[1]KENEN, P. Sorting out some EMU issues. Princeton University: 1999.
[2]op.cit
[3]op.cit
[4]op.cit
[5]op.cit
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