Hombre de Neanderthal
El más famoso de todos los pretendidos «eslabones
perdidos» es el Homo neanderthalensis, presentado durante
más de cien años como un ser encorvado, de apariencia
embrutecida, con pronunciadas arcadas supraorbitales, y practicando
los hábitos más crudos. Son muchos los restos
esqueletales disponibles hoy en día, y ya no hay más
ninguna duda de que el Hombre de Neanderthal era verdaderamente
humano, Homo sapiens, no más diferente del hombre moderno que
las diferencias hoy día existente entre las varias tribus del
hombre moderno. Su capacidad cerebral era ciertamente humana,
como
Dobzhansky ha señalado:
«La capacidad craneal de la raza Neanderthal de Homo sapiens era, en promedio, igual o aun mayor que la del hombre moderno. La capacidad craneal y el tamaño del cerebro, no obstante, no son criterios confiables para determinar la inteligencia o las habilidades intelectuales de ninguna clase.»
Por lo que se refiere a la estructura encorvada del Neanderthal, la mayor parte de los antropólogos creen hoy en día que era debido a enfermedad, posiblemente artritis o raquitismo.
«El hombre de Neanderthal puede haber tenido su apariencia debido a que sufría raquitismo, y no porque estuviese relacionado de cerca con los grandes simios, sugiere un artículo en la publicación británica NATURE. Concluyentemente, la dieta del hombre de Neanderthal careció de vitamina D durante los 35.000 años que transcurrió en la tierra».
Se conoce que el Neanderthal cultivaba flores, fabricaba elegantes herramientas, pintaba figuras, y practicaba cierta clase de religión, enterrando a sus muertos. Existe ahora además cierta evidencia de que el hombre de Neanderthal, o algunos de sus predecesores, tenían una forma de escritura.
«La comunicación por medio de signos inscritos puede hallarse en tiempo tan remoto como 135.000 años atrás en la historia humana. Alexander Marshack, del Museo de Harvard Peabody, se pronunció en este sentido recientemente, después de un intenso estudio microscópico de una costilla de buey de una antigüedad de unos 135.000 años cubierta con inscripciones simbólicas. Los resultados de sus hallazgos son que esto es una muestra de «preescritura», que hay una concluyente semejanza de estilo cognoscitivo entre ésta y aquella posterior en 75.000 años y... establece una tradición de inscripciones que se extiende a lo largo de miles de años».
El Hombre Moderno
Contrariamente a la opinión común, existe mucha evidencia
de que el hombre moderno existió coetáneamente con todos
estos dudosos hipotéticos antecesores.
«El año pasado Leakey y sus colaboradores hallaron tres mandíbulas, huesos de piernas y más de 400 herramientas de piedra elaboradas por el hombre. Los especímenes fueron atribuidos al género Homo y fueron datados en 2,6 millones de años.
»Además, Leakey describió la forma completa de la cavidad craneal como claramente dirigiéndonos al hombre moderno, faltándole las pronunciadas arcadas supraorbitales y los gruesos huesos característicos del Homo erectus.
»Además de la aun no nombrada calavera, la expedición desenterró partes de los huesos de las piernas de otros dos individuos. Estos fósiles muestran sorprendentemente que la locomoción bípeda, singularmente humana, ya se había desarrollado hace tanto como 2,5 millones de años».
Aquí, según todas las apariencias, tenemos buena evidencia de que el hombre moderno -moderno anatómicamente, al menos- vivía con anterioridad al Neanderthal, al Homo erectus, ¡y hasta con anterioridad al Australopithecus! De esta manera, colocamos al hombre bien dentro de la Era Pliocénica y, para todo propósito práctico, eliminamos completamente su imaginaria línea de descendencia.
En un reciente artículo de divulgación Ronald Schiller
ha señalado la confusión presente entre los
antropólogos:
«El origen del hombre ya no es conceptuado más como una
cadena en la que faltan algunos eslabones, sino como una enredada
vid cuyos pámpanos se enredan unos con otros conforme las
especies se cruzan para crear nuevas variedades, la mayor parte de
las cuales se extinguieron... Podría ser que no hayamos
descendido de ninguno de los tipos humanos previamente conocidos,
sino que hayamos descendido de una línea propia
directa».
Ahora que se empieza a reconocer que el origen del hombre es más primitivo (hablando geológicamente, en términos del sistema de tiempo geológico «ortodoxo») de lo que se pensaba previamente, quizás los antropólogos considerarán seriamente los muchos otros fósiles de hombre moderno que habían sido previamente señalados en estratos más primitivos, pero que habían sido ignorados o aparentemente refutados.
Por ejemplo, tenemos las calaveras de Castenedolo y Olmo, halladas en Italia en 1860 y 1863 respectivamente. Ambas fueron identificadas como modernas, y no obstante habían sido halladas en estratos del Plioceno no removidos. El cráneo de Calaveras fue descubierto en California en 1886, también en depósitos del Plioceno, y también era un cráneo moderno completamente desarrollado. Todos estos fueron bien documentados en su día, pero vinieron a ser más o menos ignorados y olvidados. Se ha informado también de muchos otros, pero ha sido difícil obtener de ésta documentación algo que fuera convincente.
En todo caso, parece que el asunto debe ser reabierto.
En estas anteriores consideraciones hemos tomado como buenas las diversas edades asignadas a los diferentes fósiles de homínidos y de humanos. Han sido obtenidas mayormente por el método Potasio-Argón y otros métodos actualistas, que tienen su lugar en el marco estándar de tiempo geológico.
Existen varios estudios críticos sobre estos métodos, en los que se muestran las fuertes razones para descartarlos completamente, a pesar de su popularidad entre medios científicos. De estas críticas, que por ser demasiado extensas para el espacio del que disponemos no reproducimos aquí, remitiendo al lector a la anterior referencia, concluimos que es evidente que el modelo creacionista interpretaría todos estos fósiles anteriores en un contexto cataclísmico-postcataclísmico, dentro del período de los últimos 10.000 años, aproximadamente. Pero de todas maneras, nuestro propósito ha sido mostrar que no hay ninguna evidencia que apoye el supuesto origen evolutivo del hombre desde un antepasado simiesco.
Aún en términos de la cronología standard, y aceptando la evidencia fósil tal como nos es presentada desde el punto de vista evolucionista, hemos mostrado que no hay evidencia objetiva de que el hombre evolucionara a partir de un simio, o de cualquier otra clase de ascendencia animal. En todo lo que está relacionado con la verdadera evidencia fósil, el hombre siempre ha sido un hombre, y el simio siempre ha sido un simio. No hay formas intermedias o de transición que conduzcan al hombre, así como tampoco hay formas transicionales entre las otras formas básicas de animales en el registro fósil.
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