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Estrés: Psicopatología de vida cotidiana

Autor: Felix Larocca
Curso:
10/10 (1 opinión) |31 alumnos|Fecha publicación: 03/08/2011
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Capítulo 2:

 La vida cotidiana

Veamos la razón

Hoy día, todos nuestros peligros no son tan puros y simples como de antes solían ser es la Realidad.  En tiempos pasados, peligro era la erupción de un volcán, un terremoto, un ciclón, la escasez colectiva de comida para la tribu, o la invasión inminente por una horda hostil. 

Peligros eran sujetos a ser calificados y a ser cuantificados. Nadie temía a la invasión de un manojo de guerreros a los cuales su agrupación tribal los excediera en números y en armamentos. 

Nadie temblaba al encontrar un gato en su camino, en lugar de su versión magnificada, un tigre.  Pero en nuestra sociedad ‘moderna’, llena de simbolismos representantes del pasado, es muy fácil que un examen universitario o médico,  la subida de los precios para adquirir la comida o la gasolina,  el contenido de una carta, la evaluación injusta hecha por un profesor, el hecho de engordar unas libras,  las palabras críticas de otra persona,  la pérdida de posesiones banales,  el vencimiento del plazo de una deuda,  el enterarse del divorcio de los padres en esto, no importa cuál sea nuestra edad la quiebra habituadas de los bancos dominicanos, la falta de oportunidades, debidas al color de la piel, afiliación religiosa, u otras cosas ‘injustas’,  elevan la producción de los glucocorticoides del cuerpo,  como si se estuviese enfrentado peligros mortales, característicos de nuestra vida, en el período paleolítico superior.

Cuando la ansiedad es crónica, y cuando la depresión emerge de los lugares más recónditos de nuestros cerebros, haciendo sus presencias indeseables, simultáneas,  con ello aumenta nuestra vulnerabilidad tanto emocional como física.  Es entonces, cuando, nuestros centros de emergencia se preparan para lo peor.  Pero, cuando asimismo, lo ‘peor’ parece que nunca llega, porque lo ‘peor’ es intangible, o porque lo ‘peor’ es meramente una situación indeseable (no un tigre atacándonos), de la cual no puede uno librarse, esta actividad de emergencia aguda se transforma en actividad de emergencia crónica, debilitando los sistemas que fuesen enlistados para responder. Ya que sus acciones fueron diseñadas para ser aplicadas de modo inmediato, no para ser aplazadas.

De esta situación aberrante se derivan síntomas y condiciones las cuales pueden ser entendidas como psicosomáticas, o inducidas por el estrés. 

Entre ellas se cuentan los dolores musculares y los dolores de cabeza, las diarreas agudas y crónicas, las enfermedades digestivas (como puede ser la úlcera péptica), las migrañas, el insomnio, la obesidad y la astenia.  Casi todo síntoma emocional, incluyendo la ansiedad vaga y difusa, los ataques de pánico, los terrores nocturnos y las pesadillas, la impotencia genital y la anorgasmia femenina, pueden deber sus causas al estrés sostenido. 

También puede decirse, que la presencia de cualquier forma de estrés, afecta y disminuye la capacidad de adaptar, ya que éste interfiere con la funciones del Sistema Inmune que defienden nuestros cuerpos contra toda agresión o desequilibrio.

Obviamente, el estrés, con todas sus manifestaciones negativas, no nació en el Siglo XX, ni ha esperado hasta la alborada de este nuevo siglo para hacer su debut.  Lo que sí parece ser posible, es que la metáfora del desastre (lo ‘peor’) que nunca llega, sea parte residual de adaptaciones, propias de un período en nuestro pasado, en el cual el estrés era repentino, aunque transitorio.

Como el hambre misma, que llegaba y se iba.

Pero, el hipotálamo que en sus funciones dependiera de poder acumular reservas (léase, aumentar de peso), para adaptarse a crisis potenciales, siempre en caso de estrés, sea éste imaginado o real nos conducirá a aumentar las libras tan indeseables, como función de la retención de líquidos (edema) y del metabolismo eficiente, aumento de peso.

Para adaptarse mejor, una lección puede derivarse de nuestros predecesores, y ésta puede ser expresada en una expresión muy común: ‘nadie puede vivir en aislamiento total’ (no man is an island, nos aseveraba John Donne). 

Beneficiémonos, entonces, del poder que nos brindan la afiliación a los grupos y de la terapia para confrontar el estrés, como lo hacían nuestro antepasados paleolíticos, quienes no se tornaban obesos cuando el estrés los visitaba.

En su lugar, como tanto hemos visto en tribus y sociedades primitivas, el estrés se comparte y se reparte entre todos, haciendo un esfuerzo colectivo para encontrar soluciones eficientes a las crisis confrontadas.

Capítulo siguiente - Fases del estrés

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