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La envidia. Psicoanálisis

Autor: Felix Larocca
Curso:
10/10 (1 opiniýn) |81 alumnos|Fecha publicaciýn: 02/08/2011
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Capýtulo 7:

 La envidia y la rivalidad entre hermanos. Soluciones

Biológica y psicológicamente, de acuerdo a lo expuesto en los capítulos anteriores, es un hecho natural y lógico que exista competencia y resentimiento entre hermanos. Este concepto en sí, forma parte del núcleo de la teoría del psicoanálisis y es responsable de los celos que sentimos hacia aquellos quienes son representados como hermanos en nuestras mentes.

Teniendo que compartir las zozobras de ser aceptados por nuestros padres y de ser igualmente criticados, hace que veamos nuestros fallos como asuntos de los que nuestros hermanos derivarán gratificación y de nuestros éxitos, asuntos que los mismos resentirán.

Es la ley natural, que en la selva se traduce como lo expresa la Biblia en el drama de Caín y Abel. Supervivencia para el más apto.

Soluciones

La mente humana tiene que recurrir a diversos mecanismos de defensa inconscientes, para restaurar la autoestima lesionada en las comparaciones envidiosas y equilibrar así la homeostasis narcisista. Estos mecanismos pueden ser más o menos homeostáticos. Llamamos patológicos a aquellos patentemente disruptivos. Un caso extremo de éstos puede ser el de los individuos que cometen actos "grandiosos" de terrorismo o el de aquéllos que atentan contra celebridades admiradas/envidiadas.

En el estudio de las múltiples formas de presentación de la envidia es crucial comprender que todos los seres humanos tenemos que negociar intrapsíquicamente de alguna manera el dolor de nuestra vanidad herida en las comparaciones desfavorables. Ninguno nos libramos. El refrán "Si los envidiosos volaran, no nos daba nunca el sol" es inexacto; la conclusión correcta seria, "¡No quedaría nadie con los pies en la tierra!". Aquéllos que aseguran no haber sentido nunca envidia están afirmando lo imposible. Como mucho, puede que no hayan estado conscientes de ella.

Los modos en que nos protegemos de la aflicción de la envidia dependen de la intensidad de ésta y del repertorio de las defensas psicológicas a nuestra disposición. Éstas pueden dividirse en dos grandes grupos: 1) el de aquéllas encaminadas a eliminar las características envidiadas o al individuo mismo que las posee, y 2) el de aquéllas destinadas a lograr una fusión fantaseada con la grandeza del individuo envidiado.

El primer grupo de defensas es característico de la envidia propiamente dicha. Las del segundo están más relacionadas con la admiración. La psicogénesis de la admiración -comúnmente tipificada como "envidia sana"- se debe a la misma motivación que la envidia "malsana", pero en lo manifiesto se trata de soluciones defensivas muy distintas; diríamos opuestas.

Puede mencionarse algo también acerca de las reacciones defensivas no del envidioso, sino del envidiado. Éste, por prudencia, puede ocultar o disimular sus cualidades o posesiones; "Si tu fortunas callaras, tu vecino no te envidiara", dice un refrán vetusto. El envidiado puede optar por soslayar conscientemente o ignorar inconscientemente las malas intenciones de sus semejantes. Puede inclinarse por pensar que la envidia del prójimo es señal de su propia superioridad; "¡se apedrean las plantas que dan fruto!"  "¿Quién del árbol yermo hace caso?". O puede preferir creerse invulnerable o sentirse despreciativamente indiferente a la rabia de otros; "¿Qué le importa a la luna, allá en los cielos, que le ladren los perros de la tierra?".

Los atributos destacables y los logros excepcionales son los que atraen la envidia, "polilla del talento”, como la llamara Campoamor. Pero la calidad y cantidad de ésta reflejan indefectiblemente los orígenes y el estado actual de la autoestima del envidioso, y es esto lo que descubrimos, una y otra vez, en el psicoanálisis clínico.

En los pacientes en análisis se observa cómo emergen de la represión las sensaciones de defecto, insuficiencia y privación que subyacen a la reacción envidiosa. La consiguiente toma de conciencia de estas sensaciones asociadas a los recuerdos de la infancia suele ser muy dolorosa, pero, por otra parte, posibilita al paciente el no acudir automática y regresivamente al recurso psicológico de la envidia: le libera de la compulsión a desear el mal al prójimo, rechazable para su Súperego. Cuando menos, le atenúa lo forzoso de su propensión a arrastrar a otros hasta el nivel de su propia inferioridad (o por debajo), y le permite poder gozar, a veces por primera vez en su vida, de oportunidades y de placeres estéticos y morales antes bloqueados por la envidia.

 

Dr. Félix E. F. Larocca

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