El desarrollo clínico del trasplante cardíaco que obliga a utilizar injertos sin daño isquémico contribuyó a potenciar el interés por el concepto de la muerte basada en criterios neurológicos. Habitualmente, la muerte se diagnostica por el cese de la actividad cardíaca, porque la ausencia de riego sanguíneo en el cerebro produce su muerte. Sin embargo, en el 1% de las personas fallecidas ocurre el camino inverso, es decir, se produce primero la muerte cerebral por un traumatismo craneoencefálico, una hemorragia cerebral, etc., y secundariamente, al cabo de unas horas o de varios días, se produce la parada cardíaca.
El donante es una persona fallecida siguiendo criterios neurológicos que mantiene la actividad respiratoria conectada a un respirador por no tener actividad el centro respiratorio y que durante las primeras horas o días, hasta que sobreviene la parada cardíaca, mantiene la función de los otros órganos y sistemas.
El número limitado de pacientes potenciales exige que todo donante deba ser considerado multiorgánico para riñones, corazón, pulmones, hígado, páncreas, córneas y huesos.
El rechazo agudo.- Los estudios experimentales de trasplante cardíaco demostraron que en el corazón, igual que en otros órganos sólidos, se produce una reacción inmune del huésped que, si no es controlada, produce la destrucción del injerto. La respuesta inmune y las posibilidades de rechazo son mayores durante los primeros meses.
Podemos considerar el rechazo en:
- Hiperagudo: es una complicación infrecuente que condiciona el fracaso del corazón en los primeros minutos u horas después del trasplante.
- Agudo: se caracteriza por un infiltrado inflamatorio que, según el grado, puede producir necrosis miocárdica. La mayoría de los pacientes trasplantados sufren algún rechazo agudo durante los primeros meses, a pesar del tratamiento inmunosupresor, pero el 95% de estos rechazos agudos, si son diagnosticados precozmente y tratados adecuadamente, se resuelven sin secuelas.
- Rechazo crónico, que afecta a las arterias coronarias del corazón y guarda relación con la arteriopatía del injerto.
Para prevenir la aparición de un rechazo agudo o bien que este rechazo se pueda controlar y curar, es necesario administrar un tratamiento inmunosupresor. La incorporación de la Ciclosporina A, utilizada por primera vez en el trasplante cardíaco clínico en 1980, el desarrollo de nuevos agentes inmunosupresores y la recuperación de otros fármacos que habían caído en desuso, han aportado un amplio espectro de agentes inmunosupresores, que permiten elaborar protocolos de inmunosupresión individualizados para cada paciente.
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