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Capýtulo 11:

 Enfermedades que causaban marginación

Eran, sobre todo, las infecto-contagiosas. La pobreza de la dieta y la falta de higiene hacía al hombre medieval especialmente vulnerable al contagio ya que la avitaminosis degenera en polioneuritis, tracomas, glaucomas... Las más constatadas entre las que causaban marginación son:

-        Lepra, llegó a afectar a un 4% de la población europea y generó segregación radical, ya que el enfermo era separado de la comunidad. Desgraciadamente muy a menudo se confundía la lepra con otras afecciones de la piel como eczemas, psoriasis, etc., y los afectados eran tratados como leprosos y extrañados de la sociedad.

La paleosteología ha constatado la existencia de lepra en Europa desde el siglo III dC, pero las primeras descripciones de los médicos griegos y egipcios datan del 250 aC. Se cree que tuvo su origen en África y los esclavos la extendieron a Egipto, Siria, Asia Menor, India, China y Europa. Las invasiones y las cruzadas contribuyeron enormemente a su propagación.

La actitud hacia los enfermos de lepra varió notablemente a lo largo de la Edad Media. Hubo momentos en que se les autorizó a mendigar, pero tenían que anunciar su presencia haciendo sonar una carraca o una campanilla y se les obligaba a vestir de color gris y llevar bien visible un distintivo que señalase su condición de leproso. Las limosnas se dejaban en el suelo, para que el enfermo las recogiera una vez que el donante se hubiera alejado o se depositaban en un cesto atado al extremo de una larga vara, para evitar el más leve roce.

Como síntomas físicos para diagnosticar la enfermedad se consideraban "pérdida de las cejas, ojos saltones y de mirada fija, hinchazón de la nariz, color amoratado en la cara, aparición de nódulos junto a las orejas, la piel de la frente tensa y brillante, insensibilidad de la parte inferior de la tibia y de los dedos pequeños de los pies y la voz ronca". Otro síntoma era que, "expuestos al frío, a los leprosos no se les ponía la carne de gallina"[1]. Una vez que se confirmaba que el enfermo padecía lepra, se le decía una misa de difuntos, tras la cual un cortejo de vecinos le acompañaba a la leprosería, ya que se le consideraba como un muerto en vida, y perdía todos sus derechos civiles y sus bienes pasaban al hospital de acogida. La severidad con que la Iglesia y la sociedad trató a los enfermos de lepra no se basaba tanto en el temor al contagio como en la creencia de que el mal era un castigo divino y al convencimiento de que el leproso sentía un rencor hacia los sanos que les inclinaba a las peores perversidades.

Las primeras leproserías surgieron en Bizancio, en el siglo IV, extendiéndose pronto por Europa dirigidas por los Hermanos de San Lázaro (patrón de este mal), de donde proviene el nombre de lazaretos por el que fueron conocidos estos establecimientos. Donde no había ninguna institución religiosa, era el municipio quien cuidaba de atender a los leprosos, pero sin permitirles el contacto con los ciudadanos sanos. Si uno de los cónyuges de un matrimonio contraía la enfermedad, el otro podía seguirle a la leprosería, aunque no estuviera afectado (lo que no fue habitual). Según datos de Schippergs a mediados del siglo XIII había cerca de 20.000 leproserías en Europa, tan extendida estaba la enfermedad. Existía la teoría de que los niños que enfermaban de lepra habían sido concebidos en el instinto pecador de la lujuria, no durante el cumplimiento del mandato divino de la procreación. La reticencia hacia este grupo alcanzó incluso a los hijos de los leprosos, que eran obligados a vivir aparte y a desempeñar los oficios más bajos. Los textos franceses mencionan, durante la hambruna de 1321, una confabulación entre leprosos y judíos para envenenar las fuentes y pozos. Los leprosos, reconocieron la acusación, por lo que el rey Felipe V el Largo les condenó a la hoguera  y los judíos fueron expulsados del reino, aunque algunos lograron comprar su permanencia.

En 1873, el noruego Armaner Hansen descubrió la Mycrobacterium leprae, causante de la enfermedad en sus dos manifestaciones, la lepra tuberculoide y la lepra nerviosa. El período de incubación es muy amplio, varía de unas pocas semanas hasta más de 30 años. Adopta un curso crónico con brotes y remisiones más o menos largas. Se localiza, principalmente, en la piel, mucosas y nervios periféricos, puede presentar atrofia muscular, a veces con reblandecimiento óseo o pérdida de los dedos. Otra complicación es la ulceración perforante de los pies. La necropsia ha descubierto lesiones en hígado, bazo, ganglios linfáticos, testículos, médula ósea, etc., en los casos avanzados Las principales vías de contagio son las mucosas y el aparato respiratorio.

La lepra no está erradicada en la actualidad. Estadísticamente hay unos quince millones de leprosos en el mundo, de los que sólo un pequeño porcentaje recibe asistencia sanitaria. El temor al contagio y la leyenda negra que acompaña a la enfermedad, hace que las leproserías sigan siendo ubicadas lejos de cascos urbanos e independientes de cualquier otro centro para infecto-contagiosos.

El estudio de los huesos exhumados de los cementerios de leproserías medievales, ha permitido constatar que a menudo la sífilis se confundía con lepra. Se creyó que la sífilis fue "importada" a Europa por los marineros que regresaban del Nuevo Mundo (posiblemente debido a una epidemia de esta enfermedad sufrida a caballo entre los siglos XV y XVI), pero la paleosteología ha demostrado su existencia en momias procedentes del Antiguo Egipto (el estudio, en París, de la momia de Ramsés II por una comisión de científicos occidentales, demostró que este faraón de la Dinastía XVIII padeció la enfermedad). Los italianos la llamaron "mal del francés", los franceses "mal de los alemanes", los flamencos "mal español", los rusos "mal de los polacos" y los turcos "mal de los cristianos". Geronimo de Huerta, en el siglo XVII, la describe como "un mal que trajeron de Nápoles los soldados de los Reyes Católicos"[2]. Es posible que el súbito descenso de la lepra a finales del siglo XIV se deba a que es entonces cuando se aprende a diferenciar ambas enfermedades. La sífilis se manifestaba por la aparición de bubones, llagas hediondas en la nariz, boca y otras partes del cuerpo, con dolores articulares y de cabeza y pérdida capilar. De Huerta cree que es el mismo mal que Plinio describe como mentagra
[1]  El jardín de la salud. H.Schippergs

[2]Historia Natural de Cayo Plinio Segundo. Geronimo de Huerta

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