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Educar a los hijos. Psicología

Autor: Herder Editorial
Curso:
9/10 (1 opinión) |301 alumnos|Fecha publicación: 18/07/2011
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Capítulo 8:

 Reflexión. Violencia en la escuela (1/2)

En los últimos años, la violencia en las escuelas se ha conver­tido en un verdadero problema.

El caso de Pol, el protagonista del cuento, está basado en un hecho real, que afortunadamente tuvo un final feliz. Por lo que sé de él hoy, tres años después de finalizar el trata­miento, que duró sólo tres sesiones, es un chico feliz, con notables resultados académicos y muy buena relación con sus compañeros.

Aproximadamente un año después de haberse resuelto el conflicto, alguien le preguntó qué era lo que más le había ayudado y Pol respondió: «Para mí, lo fundamental fue dejar de sentirme víctima y poder afrontar el problema de una ma­nera más activa. Y lo que más me costó fue convencer a mis padres de que yo podía hacer frente a la situación sin su in­tervención directa. Llegó un momento en que permanecer en casa me resultaba igual de doloroso que estar en el colegio, y la rabia de mis padres unida a la mía se me hacía casi insoportable».

Todos los casos con que nos hemos encontrado y que te­nían su origen en este mismo problema presentaban una forma parecida de funcionamiento: a partir de algún pequeño incidente, insulto o leve agresión entre compañeros, las perso­nas del entorno empiezan a intervenir con la intención de ayu­dar. Unas veces, exigiendo al niño que ha sufrido la agresión que plante cara y responda de la misma manera, conducta que éste posiblemente se siente incapaz de realizar por miedo, ver­güenza o cualquier otro motivo. Se ve afrontando entonces un problema añadido: no puede llevar a cabo lo que le han dicho que debería hacer y por tanto se siente «incapaz y débil».

Otras veces, se le insiste a informar al profesor. Algunos niños realmente lo hacen, convencidos de que eso logrará que los otros dejen de molestarlos, pero desgraciadamente suele tener el efecto contrario: al problema inicial se añade ahora aquel otro de que les ponen, además, la etiqueta de «chivato».

Cuando los padres deciden intervenir, lo hacen con la buena intención de ayudar a su hijo a resolver una situación injusta. Sucumbimos a la ilusión de creer que podemos evitar que nuestros hijos sufran y, a pesar de que reconocemos que en el mundo hay personas desagradables o conflictivas y si­tuaciones en las que todos cometemos errores, nos resulta muy difícil permitir que nuestros hijos los afronten por su cuenta y vayan aprendiendo a desenvolverse solos también en estas circunstancias.

No cabe la menor duda de que la postura de protección que adoptan los padres les parece la mejor opción, pero cuan­do no contribuye a la solución del problema acarrea incluso una nueva complicación del mismo, que va agravándose en­tonces cada vez más.

Según mi experiencia, los casos que se han resuelto con éxito han sido aquellos en que se ha conseguido que el niño agredido se sintiera aceptado dentro de un grupo de iguales, lo cual constituye el mejor respaldo que pueda tener en la escuela.

La protección por parte de los padres hace que sea visto como un «niño mimado» y la proporcionada por el maestro le acarrea la etiqueta de un «niño pelota»; en cambio, la que le brindan los compañeros le convierte en un «niño po­pular». Naturalmente, la aceptación en el seno de un grupo no debe de ser impuesta, sino fruto de una conquista perso­nal del chico.

Con mucha frecuencia, la víctima de la agresión es un niño inteligente, con muy buen rendimiento académico (que suele disminuir cuando comienza el problema) y con alguna cualidad envidiable e inalcanzable para el grupo agresor, que afortunadamente suele componerse sólo de un número limi­tado de integrantes y no abarcar a toda la clase. A la hora de tratar estos problemas resulta muy importante hacer hinca­pié en este hecho para ayudar al niño a comprender que un pequeño grupo que se comporta de manera estúpida no pue­de vencer a otro más grande que observa una conducta más inteligente, a no ser que éste se lo permita. Esa indicación suele darle fuerza para activar sus recursos.

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