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Educar a los hijos. Psicología

Autor: Herder Editorial
Curso:
9/10 (1 opinión) |301 alumnos|Fecha publicación: 18/07/2011
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Capítulo 7:

 Ejemplo. Problemas en la escuela (4/4)

A la hora de cenar notó cómo sus padres lo observaban de reojo y se miraban entre sí. Ya estaban terminando cuan­do su padre preguntó:

— ¿Cómo te ha ido el día?
—Bien —respondió Pol.
— ¿No se han metido contigo?
—No —se limitó a contestar Pol—. Hoy no.
—Bueno —dijo el padre—. A ver si sale el juicio ya y ponen en su sitio a esos imbéciles.

Pol había oído a su padre muchas veces decir cosas simi­lares, pero esta vez le sonó de forma diferente. No quería complicar más las cosas y, por primera vez, le pareció que cuanto estaban haciendo era precisamente eso. Así que miró fijamente a su padre y le dijo:

—Papá, me gustaría que retirarais la denuncia.
— ¿Cómo? ¿Y dejar que se sigan metiendo contigo?
—Creo que sé lo que tengo que hacer —respondió Pol—. Os agradezco mucho vuestra ayuda, pero me siento peor al veros tan preocupados por mí. Además, hoy he hablado con uno de los que se metían conmigo y no me ha parecido mal chico. Creo que podré hacerme amigo de él.

—De ninguna manera. No consentiré que te humillen y se rían de ti —exclamó su padre.
—Y yo no consentiré —respondió Pol— que me sigáis tra­tando como si no fuera capaz de resolver mis problemas solo.

Era la primera vez que Pol se dirigía a su padre en ese tono y se sentía nervioso, pero a la vez satisfecho de sí mismo.

—Papá, por favor, tenéis que confiar en mí —añadió tras un breve silencio.
—Está bien —dijo el padre, que no sabía cómo responder a este nuevo planteamiento de su hijo—. ¿Qué quieres que hagamos?
—Quiero que paréis de protegerme, que retiréis la de­nuncia y dejéis que intente resolver las cosas a mi manera. He pensado utilizar sus mismas armas: procuraré hacerme ami­go de algunos y así seremos un grupo contra otro y no todos contra mí.

El padre de Pol se quedó pensativo. Lo que decía su hijo tenía sentido, quizá habían intervenido demasiado con inten­ción de ayudarlo, pero sólo habían provocado que se sintiera más inútil y que sus compañeros lo vieran como «el niño protegido por sus papás».

La madre permanecía en silencio observando la cara de su hijo. Algo en su interior le decía que, dijera lo que dijera, no serviría de nada porque Pol había tomado su decisión. Confiaba en él, pero sentía un miedo terrible.

—Sé que sólo queréis ayudarme —continuó Pol— y os aseguro que si no puedo resolverlo solo, os lo diré, ¡pero tengo que intentarlo!
—Bien —dijo el padre—. Inténtalo.
—Ten cuidado —añadió la madre—. Hay chicos muy crueles.
—Lo sé, mamá —respondió Pol.

A la mañana siguiente, se levantó de buen humor. Su madre le preguntó si quería que lo acompañara al colegio en coche porque de todas las maneras iba en esa dirección. Pero él prefería ir andando, así que cogió su mochila, besó a su madre y se dispuso a afrontar la situación de forma diferente a como lo hiciera anteriormente.

Cierto que sentía un poco de miedo, pero estaba seguro de estar actuando como mejor podía.

Para animarse empezó a pensar en cosas agradables y en lo bonito que sería hacerse amigo de José y participar un poco en las conversaciones y los juegos de sus compañeros.

Así llegó al colegio casi sin darse cuenta. En la entrada, José estaba hablando con otros dos chicos y Pol se le acercó para devolverle sus apuntes.

—Muchas gracias —dijo al tenderle la libreta.
—De nada —respondió José—. ¿Has entendido mi letra?
—Sí, los apuntes estaban bastante legibles; yo a veces dejo palabras a medias o tacho alguna cosa, pero los tuyos me han parecido muy claros.
—Bueno, el tema era interesante y el profesor se explica bastante bien. No es como el de Filosofía, que se enrolla muy mal.
—Es verdad —añadió otro de los chicos—. El día que nos explicó los presocráticos salí con dolor de cabeza.
Peresocaráticos —puntualizó otro muchacho parodian­do al profesor, que pronunciaba la «r» de una manera espe­cial.

Todos se rieron y ensayaron para ver quién imitaba me­jor al profesor con palabras y gestos.

Aquella mañana fue muy especial para Pol. Por primera vez desde hacía mucho tiempo se sintió uno más y quería seguir siéndolo.

A la hora del recreo, en lugar de esconderse en algún rincón como había hecho en los últimos tiempos, decidió sentarse en el escalón de entrada y observar desde ese lugar qué grupos se formaban y cómo pasaban el tiempo libre.

No llevaba mucho tiempo allí cuando uno de los mucha­chos de la mañana se le acercó y dijo bromeando: « ¿Qué? ¿Pensando en los peresocaráticos?». Los dos se rieron y el mu­chacho tomó asiento al lado de Pol. Poco a poco, se fueron añadiendo José, Santi y algunos más y a nadie parecía extra­ñarle que Pol estuviera allí. Éste ya no se sentía aislado, sino por fin otra vez tan seguro de sí mismo como antes de que las cosas empezaran a ir mal.

Aquella tarde decidió acudir al parque para ver si encon­traba al anciano. No sabía muy bien qué quería decirle, pero sentía que necesitaba volver a verlo. No tuvo suerte ese día ni los dos siguientes. Al tercero encontró al anciano sentado en el mismo banco en que habían estado juntos el primer día. Pol se dirigió hacia allí con paso decidido. ¿El anciano se acordaría de él?

— ¡Hola! —saludó al llegar.
— ¡Hola, muchacho! —Respondió el anciano—. ¿Cómo va todo?
—Muy bien —repuso Pol—. Han cambiado mucho las cosas estos días.

Poco a poco, le fue explicando las novedades y, sobre todo, el gran descubrimiento que había hecho: todo lo que él y sus padres habían emprendido para que no se metieran con él justamente había complicado la situación. Con sólo dejar de hacerlo todo había vuelto a la normalidad.

El anciano escuchó atentamente y luego felicitó a Pol por haber sabido darse cuenta a tiempo de las cosas que no fun­cionaban y cambiarlas.

A menudo, los problemas más graves se solucionan de manera sencilla si uno no los complica... con la mejor inten­ción.

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