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Educar a los hijos. Psicología

Autor: Herder Editorial
Curso:
9/10 (1 opiniýn) |301 alumnos|Fecha publicaciýn: 18/07/2011
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Capýtulo 10:

 Consideraciones finales. Relaciones interpersonales

Por lo general, los adultos nos dejamos llevar por lo que llama­mos «sentido común». Si bien suele funcionar en la mayoría de las relaciones interpersonales entre adultos, la inherente ten­dencia natural hacia el sermón y la explicación racional no suele ser compatible con los niños y los adolescentes.

Ellos están preparados para sentir emociones mucho antes que para comprender razonamientos. Por ello no tiene ningún sentido intentar hacer razonar a un niño muy pequeño.

En cambio, es muy útil enseñarle a gestionar sus emocio­nes de manera adecuada. Es decir, toda intervención debe dirigirse al comportamiento y no a las emociones que lo pro­vocan.

Cuando un niño «decora» la pared con sus dibujos, la madre probablemente se enfada; entonces puede decir algo así como: «No quiero que dibujes en las paredes. Aquí tienes papel para pintar».

No sería adecuado decir al niño que es malo o que tene­mos que pasarnos el día limpiando lo que él ensucia, o hacer otros comentarios de ese estilo. Una cosa es enseñar al niño lo que queremos que haga o deje de hacer y otra, darle la sensación de que lo consideramos un malvado o el causante de nuestros problemas.

Otro punto importante es permitir que el niño viva sus emociones, aunque éstas sean negativas. Cuando se enfada porque no le damos lo que quiere, el mensaje que debemos transmitirle —si puede ser, sin palabras— es que con su en­fado no conseguirá nada. Pero no debemos prohibirle que se enfade. Él abandonará esta conducta solo, cuando se dé cuenta de que con ella no consigue su objetivo. Si nos ponemos furiosos porque coge una rabieta, aprenderá que tiene poder para hacernos enfadar, lo cual puede servir de estímulo re­forzador y llevarlo a pensar: «No consigo lo que quiero, pero, al menos, te hago enfadar».

Además, es posible pedir a alguien que haga o deje de hacer alguna cosa, pero no que se sienta de una determinada manera. Las emociones surgen espontáneamente y nadie pue­de mandar sobre ellas. Dada la imposibilidad de reprimir o eliminar las emociones propias o ajenas, nuestra intervención debe dirigirse a encauzarlas y responder a ellas con compor­tamientos más adecuados.

Establecer rutinas es una buena manera de no agobiar a un niño con órdenes continuas. Así, por ejemplo, puede acordarse que, en cuanto acabe su programa favorito de tele­visión, se pondrá a hacer los deberes o a estudiar durante media hora. Si se usa un despertador, el niño no tiene que estar pendiente del tiempo que falta, pues sabrá que, cuando suene la alarma, podrá dejar de ocuparse con las tareas del colegio y volver a jugar a lo que le apetezca.

También es importante que los niños colaboren en el ho­gar en la medida de sus posibilidades en pequeñas tareas ade­cuadas a su edad y que aprendan a resolver los problemas por su cuenta. Naturalmente, un niño probablemente no sabrá reparar su bicicleta solo, pero sí puede ayudar al adulto a hacerlo, por ejemplo, acercándole las herramientas. Lo im­portante es que se le transmita que, como miembro de una familia, tiene derechos, pero también deberes, y éstos deben explicársele de manera concreta. Las típicas frases «Pórtate bien», «Estudia más» o «No seas tan desordenado» no suelen tener el efecto deseado. Es preferible decir al niño exacta­mente lo que se espera de él.

En el caso de los adolescentes, el objetivo principal, in­cluso prioritario al de la resolución de las situaciones proble­máticas, es el de preservar la relación entre padres e hijos: evitar a toda costa que ésta se deteriore más o se rompa. Iniciar un enfrentamiento abierto con los hijos suele acabar en de­rrota, ya que los jóvenes están dispuestos a todo frente a un reto; además, cuando un adolescente no encuentra nin­guna aceptación de su persona en casa, la busca fuera. En estos casos, hay que valorar, alabar y reforzar alguna cuali­dad del chico y evitar las críticas continuas a todo lo que hace. Aunque no lo parezca, los adolescentes siguen nece­sitando el cariño de sus padres, así como una referencia fir­me, pero no dura. La rebeldía natural de esta etapa de la vida debe ser encauzada, no reprimida, ya que esta fuerza ha de servirles para afrontar las futuras dificultades a lo largo de su vida.

En general, es importante tener presente que niños y adolescentes poseen el derecho al desacuerdo con las normas, a disentir de ellas, si bien ello no les exime de cumplirlas. Todos hemos infringido alguna vez las leyes, por ejemplo, saltándonos un semáforo en rojo, sin que por eso seamos delincuentes. Aunque tengamos asumidas las normas, hay momentos en los que a todos puede pasarnos infringirlas y no nos sentimos orgullosos de haberlo hecho. Lo mismo vale para nuestros hijos. Lo que sucede es que en nuestro deseo de impedir que tengan que pagar por errores que podrían evitarse, con la mejor de las intenciones, nos mostramos in­flexibles y tendemos a valorar cualquier infracción de su par­te como un fracaso total.

En ningún caso deben tolerarse las faltas de respeto ni los insultos. Pero esta norma vale para todos y no sólo para los niños y adolescentes. Pues ocurre a menudo que los padres se insultan mutuamente en presencia de sus hijos o a estos últimos y luego se sorprenden y se indignan al oírlos expre­sarse de la misma manera.

Por último, me gustaría explicar una vez más por qué he optado por estructurar este libro en forma de cuentos, ya que toda la información que contiene podría haberse presentado de una manera directa, característica de los libros técnicos. Pero mi deseo era precisamente encontrar una manera que hiciera experimentar los sentimientos de los niños y adoles­centes, más que explicar de forma racional cómo se sienten ante situaciones comunes pero a veces incomprensibles para ellos. Tomar contacto con su manera de sentir nos permite actuar desde un punto de vista mucho más cercano al suyo y ser más eficaces en la difícil tarea de ser padres.

Aprende con este curso de Herder Editorial, fragmento del libro: " Con la mejor intención. Cuentos para comprender lo que sienten los niños", del autor Marisol Ampudia (ISBN 978-84-254-2663-6). Puedes descubrir y adquirir este libro en http://www.herdereditorial.com/section/3579/

Con la mejor intención. Editorial Herder

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