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Educación cristiana en niños y adolescentes

Autor: ZULLY DOMINGUEZ
Curso:
9,25/10 (4 opiniones) |1289 alumnos|Fecha publicación: 07/05/2010
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Capítulo 8:

 Niños especiales

 

El niño con capacidades diferentes. 

Al pensar en escribir sobre este tema tuve serias dudas en hacerlo, pues creo que no debería representar ningún problema la inclusión de un niño con capacidades diferentes o disminuidas, en un grupo cristiano. Pero la observación de la realidad me demuestra que aún algunos adultos encargados de la educación cristiana, no están lo suficientemente conscientes de la importancia del tema. La educación integrada de todos los niños es un primer paso esencial para cambiar actitudes discriminatorias de la sociedad en general y de nuestros propios niños. A veces creemos que sacrificamos a otros niños al obligarles a compartir actividades con niños diferentes, pero creo (y la experiencia me lo dice) que todos salen ganando al final. ¿Quién puede medir el grado de riqueza interior que podemos obtener al ejercitar paciencia, al aprender a valorar los progresos, por pequeños que sean, en nuestro compañero discapacitado? Tampoco sabemos a quién nos va a tocar tratar de cerca en la vida con personas así, y por tanto es bueno estar preparados, aunque sea mínimamente. Yo defiendo la integración escolar y defiendo la integración en todo tipo de actividades. Desde el punto de vista del niño discapacitado, el integrarse, aunque tenga escollos que vencer, va a ser un logro tal que en sí solo ya es un triunfo. Pero atendiendo a los aspectos prácticos de la integración, sabemos que se pueden presentar las más variadas situaciones. Desde el hiperactivo hasta el insatisfecho, pasando por el que  creemos no entiende nuestras expresiones o nuestro lenguaje, el educador debe tener sumo tacto y sabiduría para no perder ninguno de estos pequeños. Estudiando la Palabra de Dios advertí que en ningún momento en que se alude a personas en general o a niños en particular, se les trata diferente. Por el contrario, se alimenta claramente la idea de que los más necesitados deben ser los más favorecidos. Y esa base cristiana debemos aplicar nosotros cada día con los niños que tenemos en nuestras manos.

Ante el niño hiperactivo.

El niño que se mueve constantemente, lo hace por una necesidad interior de descargar su energía. Para que esa actitud no sea tan perjudicial para sus compañeros, en cuanto a distracción se refiere, empleemos esa energía a favor del grupo: ese hiperactivo será el que entregue las hojas, recoja los lápices, cierre la puerta, sostenga las láminas o cualquier otra tarea en la que nos ayude y se sienta útil.

El niño conversador.

No siempre debemos hacerlo callar. Si eso sucede se sentirá frustrado e intentará llamar la atención hablando aún sin permiso. Deberemos propiciar ocasiones en las que le demos la palabra y lo dejemos hablar sobre lo que él sabe de la lección, lo que sucedió en su casa, etc. a fin de que ese niño conversador sienta que a él también se le escucha y que luego vendrá el turno de escuchar a otro. Otra alternativa que se puede emplear simultáneamente es la charla en privado con él. Sin amenazas, será conveniente tratar de conocerlo, de saber que sucede en su vida y en sus sentimientos y a la vez permitirle que conozca al educador. Seguramente ahorraremos mucho tiempo y esfuerzo si le damos pistas de nuestros sentimientos hacia él y hacia todo el grupo, dejarle ver cómo nos sentimos nosotros frente a sus actitudes y darle a conocer el valor del respeto mutuo.

Ante el niño que molesta a otros.

Todos deben saber que hay límites que debemos respetar. Nadie tiene derecho a molestar a otros y nadie tiene por qué soportar ser molestado. Claro que estas reglas las podemos entender si estamos en un claro estado mental y no nublado por emociones tales como la ira, el enojo, etc. Con esto queremos decir que en la mayoría de los casos, los niños reaccionan favorablemente si los llamamos aparte de los demás y les hablamos con franqueza cuando no están ofuscados. Enfrentarlos con la realidad, hacerles ver todo lo que pueden perder si continúan en su camino de ofensas. Juegos tales como “Crueldad” (ver apartado de Juegos que enseñan) pueden contribuir a aclarar la participación e importancia de cada uno. “Telaraña” (ver el capítulo citado) les puede afirmar el sentido de pertenencia al grupo. Muchas veces la razón de molestar o herir a otros es porque desean ocupar ese lugar o tener alguna de las características del otro. También al llegar a cierta edad en que empiezan a sentirse atraídos por el sexo opuesto pueden ser movidos a llamar la atención de esa manera, pues no saben hacerlo de otra.

Como educadores debemos estar muy atentos a las causas del comportamiento de quienes tenemos a cargo. Puede suceder que sea algo transitorio, como un problema en el hogar, o algo permanente que se ha hecho parte del carácter del niño. Si hemos entendido que debemos relacionarnos con la familia adecuadamente, quizás podamos buscar junto con ella una solución.

He encontrado muchas veces que el educador tiene temor de imponer reglas para no correr el riesgo de perder un alumno. Pero la experiencia me dice que si no ponemos límites, le perdemos de todos modos, y aún peor, perdemos a otros niños que se sienten agredidos. Recojo las palabras del reconocido James Dobson en su libro “Atrévete a disciplinar” cuando dice: “¿Cómo enseñarles respeto a Dios si permiten que el caos reine en su casa? Cuando un niño molesta, perturba y altera el orden en una clase de Escuela Dominical, hay que llamarlo aparte y exhortarlo con firmeza… Es imposible aprender nada en un ambiente de desorden, sea en el hogar, la escuela o la iglesia. Una actitud permisiva hacia la anarquía del grupo es la mejor forma de garantizar el fracaso de todos nuestros objetivos”. Claro que el educador tratará de emplear primeramente todos los métodos persuasivos para tratar de llegar al corazón del niño, lo cual creo muy probable si acompañamos nuestras actitudes con oración y amor.

Ante el niño tímido.

Suele suceder que nos encontremos con un niño afectado de un sentimiento de timidez. Ese sentimiento puede ocasionar varios efectos: dificultad para expresarse, incapacidad para permitir que lleguen a su corazón, retraimiento, aparente indiferencia. El niño tímido generalmente por temor a ser herido, crea una coraza a su alrededor. Recuerdo haber padecido este mal durante los años de mi infancia y adolescencia, y es muy triste estar pensando ¿cómo me verán? ¿me aceptarán o se reirán si hago esto o aquello? La timidez puede llegar a paralizarnos aún físicamente. Si el niño tímido se encuentra frente a un adulto que no lo comprende, o que lo expone frente a otros o a situaciones difíciles, seguramente agravará su problema y no contribuirá en nada a facilitar la relación niño-adulto, ni al acercamiento al Señor Jesús, que es nuestro objetivo final. Es conveniente tener sumo cuidado y delicadeza en el trato con un tímido, pues suele ser afectado por nuestras palabras o acciones en un mayor grado que el común de los niños. Al ser más sensible, no es recomendable llamarle por apodos o características físicas, por ejemplo “gordito”, “pecoso” o similares, pues no sabemos si le agrada o no. Tampoco debemos exponerlo a actividades en las que deba ser el centro de atención. El niño necesita fortalecer su autoestima, pues la timidez es causada por inseguridad en sí mismo, pero es un tema a largo trato, o sea, no esperemos que lo supere de un día para otro, respetando sus tiempos y haciéndole saber que puede confiar permanentemente en nosotros, y sobre todo, en Dios. Hacia ese punto debemos apuntar nuestras enseñanzas y prácticas con él.

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