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Ecología y medio ambiente (4/6)

Autor: Benedicto Cuervo Álvarez
Curso:
10/10 (1 opinión) |180 alumnos|Fecha publicación: 27/01/2011
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Capítulo 3:

 Especies en peligro. El oso pardo

EL OSO PARDO.

El oso pardo es un mamífero plantígrado, es decir, que no necesita de las cuatro patas para desplazarse. Es robusto y puede llegar a superar los 200 kilos de peso. Tiene el pelaje de color marrón y es una de las ocho especies de osos que existen en el mundo. Su cabeza es más bien pequeña en proporción a su cuerpo, sus ojos también lo son y, por el contrario, tiene grandes zarpas. Del ocico a la cola, puede llegar a alcanzar los 2 metros.

Este mamífero, que está al borde de la extinción, necesita áreas muy extensas para sobrevivir, ya que depende de una amplia variedad de hábitats donde encontrar alimento y refugio. Aunque puede decirse que explota la casi totalidad de los hábitats que le ofrece la montaña cantábrica, el medio del que resulta más dependiente es el ambiente forestal integrado por bosques caducifolios puros o mixtos de robles, hayas, abedules, serbales y otras especies. Los hayedos son muy frecuentados por los osos, debido sobre todo a la gran extensión que ocupan. Mucho más relevantes para la especie resultan los robledales de rebollo o de roble albar, ya que, al ser los bosques cantábricos más productivos en alimento, constituyen un hábitat trascendental para el oso a la hora de afrontar el crítico periodo de la hibernación con suficientes reservas de grasa. En años en que tanto los hayucos como las bellotas escasean, los castañares son también frecuentados, dada su mayor regularidad en la fructificación, situación que puede provocar que algunos osos se alejen a veces grandes distancias de las zonas habitualmente frecuentadas.

En primavera, los pastizales y praderas supraforestales son muy utilizados; y, al final del verano, las cabeceras de los valles más apartados, salpicados de pedrizas, canchales y brezales, son buscadas por la presencia de arandaneras. También las áreas de densos matorrales de escobas y piornos son muy querenciosas como lugares de encame. Por último, los sitios más escarpados, tranquilos e inaccesibles, que ofrezcan cuevas y abrigos rocosos protegidos por tupidos matorrales, constituyen las zonas de refugio invernal, tan cruciales para la supervivencia de la especie.

La vida de un oso se inicia durante lo más crudo del invierno, en pleno periodo de hibernación a lo largo del mes de enero, cuando tienen lugar los partos en el interior de la osera. Las crías, de una a tres, pesan al nacer 350-400 g y son poco mayores que una rata. Ciegas y sin pelo, en esos momentos dependen completamente del abrigo que les dispensa su madre, por lo que morirían inmediatamente si ésta se viera molestada y obligada a abandonar la osera (por ejemplo, durante el transcurso de una cacería). Al mes abren los ojos, y a los dos son capaces de caminar. En abril o mayo, la familia al completo abandona su guarida invernal. Cuando dejan el refugio donde han nacido, los oseznos pesan 5 ó 6 kg. Pronto, los pequeños empiezan a complementar la lactancia con la ingesta de alimento sólido, de forma que van creciendo rápidamente, hasta alcanzar un peso de 20-25 kg al año de edad.

Los cachorros acompañan a su madre hasta los 16-18 meses, momento en el que un nuevo periodo de celo de su progenitora los forzará a independizarse, aunque su vinculación fraternal se mantendrá durante al menos otro año. Después, los jóvenes osos se separan e independizan definitivamente, iniciando la vida solitaria característica de la especie.

Los osos no son muy precoces en su madurez sexual. Las hembras no suelen tener su primer parto antes de los cuatro años, y los machos posiblemente tarden aún más en reproducirse. Un macho puede copular varias veces al día con una misma hembra, y ésta a su vez puede ser montada por varios machos diferentes durante el mismo celo. La cópula provoca la ovulación (lo que se conoce como ovulación inducida), pero la implantación del óvulo fecundado en el útero no se produce hasta el otoño (implantación diferida). De esta manera, la gestación real sólo dura unos dos meses, motivo por el cual las crías nacen tan poco desarrolladas.

En invierno, los osos se guarecen en oseras, donde pasan el largo y sensible periodo de la hibernación. Aunque pueden estar excavadas bajo tierra, en la Cordillera Cantábrica las tres cuartas partes de las oseras donde hibernan los osos se encuentran en cuevas, y de éstas seleccionan preferentemente las que se sitúan sobre sustratos silíceos (rocas cuarcíticas). Estos refugios tienen unas medidas promedio de 4,50 m de longitud, 1,30 m de altura y 1,40 m de anchura. Dentro de la cueva, habitualmente en su fondo, el oso construye un nido elaborado con abundante materia vegetal, con una base de ramillas de árboles del entorno pero fundamentalmente de arbustos como brezos, escobas y retamas, tapizada a su vez con pasto seco, hojarasca y musgo.

El oso es omnívoro, aunque consume principalmente alimentos de origen vegetal. Su dieta varía a lo largo del año en función de la disponibilidad estacional de los recursos alimentarios. En primavera ingiere sobre todo hierba, además de carroñas de ciervos, corzos y otros animales silvestres. En verano come mayormente frutos carnosos y bayas, en especial arándanos y los frutos de los escuernacabras, avellanas, así como carroñas de animales domésticos, y también miel, abejas y hormigas.

En otoño e invierno son los frutos secos, como bellotas de robles y encinas, hayucos y castañas, los que conforman el grueso de su alimentación.

Los osos cantábricos son predominantemente crepusculares y nocturnos, con máximos de actividad al amanecer y al atardecer. Durante gran parte del día permanecen inactivos y encamados en lugares tranquilos, con un periodo de actividad media anual diaria de 9 horas. Se trata de animales en gran medida solitarios. Sólo pueden encontrarse varios ejemplares juntos durante el celo, en el caso de osas con crías, o en el de los hermanos de una misma camada hasta que se independizan. También pueden producirse, por simple coincidencia, concentraciones temporales de unos pocos ejemplares en lugares con abundancia de alimento.

No son animales que defiendan territorios, y se desplazan por amplias áreas de campeo anual, que en las hembras reproductoras suelen ser de algunas decenas de kilómetros cuadrados, mientras que en los machos son varias veces más extensas. En ocasiones, los machos pueden recorrer espacios amplísimos; así, un ejemplar radiomarcado, conocido por los investigadores que lo estudiaron con el nombre de Salsero, se movió durante un periodo de 4 años por una superficie de 2.447 kilómetros cuadrados por territorios de León, Palencia y Cantabria. Esta área de campeo tan extensa, realmente excepcional, parece estar relacionada con la escasez de hembras en la población oriental cantábrica, lo que obliga a los machos a realizar largos desplazamientos durante la época de celo a la búsqueda de pareja.

El oso pardo en España está en peligro de extinción. Sólo quedan unos pocos ejemplares en la Cordillera Cantábrica y en los Pirineos. En la actualidad, se estima que sólo hay 130 ejemplares.

La población asturiana se estima en unos 80 individuos, localizados fundamentalmente en el Parque Natural de Somiedo y en Cangas del Narcea. Con el paso de los años los osos pardos son cada vez menos. Ello se debe, entre otras cosas, a la acción del hombre. La caza furtiva, la colocación de cepos en los parajes por los que transita y la utilización de venenos que afectan al oso pardo y no es bueno para ellos.

Las acciones para lograr que este mamífero no desaparezca se iniciaron en 1952. Ahora, si alguien mata a un oso se le multa con el pago de 300.000 euros. 

El oso pardo representa nuestra naturaleza. Es un tesoro que debe cuidarse. Protegiendo al oso se protege también al resto de fauna y flora. Su conservación necesita de la ayuda de todos. 

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