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Las drogas en América. Adicciones

Autor: Felix Larocca
Curso:
10/10 (1 opiniýn) |14 alumnos|Fecha publicaciýn: 03/08/2011
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Capýtulo 2:

 Vueltas del destino

¡Los giros y las vueltas del destino!

Pero Washington, el prócer que no mentía, y que, como narra la leyenda, lanzara un dólar a la orilla opuesta del Río Potomac (hazaña, física e históricamente imposible). Además del cultivo del tabaco y de la marihuana, elaboraba su propia cerveza y, destilando su propio güisqui, emprendió el arte político de la mezcla del alcohol y los votos costumbre de mucho arraigue futuro. Tradición política, que a su vez tuviera su origen en Inglaterra, donde floreciera por tiempo inmemorial.

En 1758 para lograr una victoria electoral en la Casa de Burgueses en Virginia, Washington distribuyó 144 galones de ron, ponche, güisqui, vino, sidra y cerveza. Su victoria constituyó de unos 307 votos recibidos, al costo de 2 votos por galón de espíritus.

Una vez ganada la elección, y con la pureza de carácter distintiva y disposición honesta de todo buen político. El oficial público recién votado, declaró que las bebidas alcohólicas eran: ‘…la causa de la ruina de más de la mitad de los trabajadores de nuestro país…’

Así se paga…

John Adams, su sucesor inmediato, hacía uso de toda oportunidad ofrecida, para asaltar en peroratas hipócritas, el uso del licor. Porque, de modo furtivo y discreto, Adams consumía con el desayuno de todos los días, un barrilito de sidra concentrada. Mientras que también disfrutaba del placer de fumar un buen puro hábito, que quisiera, y que no pudo abandonar. De modo característico, y por la duración de su vida, Adams consumía ‘cantidades enormes de vino de Madeira’,  como lo atestara uno de sus biógrafos.

Pero, como este vino se rumoreaba que engordaba. De modo sensato, nuestro ilustre presidente también se atiborraba con una variedad de otros vinos y cervezas importadas Se puede afirmar, que a pesar de no afectarle lo mucho que bebiera, que Adams sí que estaba consciente de su perímetro ventral…

Ebrio sí… gordo, no…

Jefferson aristócrata sureño, segregacionista y WASP presuntuoso, fue extravagante en su forma de hipocresía, especialmente hacia la mezcolanza racial. Ya que furtivamente prohijó descendientes de negros. De manera consistente con el espíritu del período, éste demostró una afición por los vinos franceses y las esclavas. En su mansión de Monticello, el Presidente mantuvo una amplia bodega para almacenar los vinos que servía en sus cócteles.  Las esclavas las ponía en otros sitios discretos. En las ocasiones festivas, el insigne patricio se jactaba de tolerar más licor que todos sus invitados puestos juntos. Nuestro héroe consumía tres o cuatro veces más vino que nadie, mientras ignoraba las censuras de sus críticos, quienes afirmaban que Jefferson vivió medio borracho toda su vida.

C’est la vie…

Por razones oscuras, otros políticos, personas de moderación característica, de integridad incuestionable y de probidad inmaculada, muy pronto adoptarían los cócteles Jeffersonianos y tratarían de emular sus proezas embebedoras y libidinosas. Mientras que a la vez se dedicarían devotamente, a hacer sus propias contribuciones genéticas, por medio del uso de esclavas, a la propagación del mestizaje.

Pero, a pesar de la devoción que Jefferson profesaba por los espíritus del alcohol, nunca desperdició oportunidad ofrecida, para condenar acerbamente el consumo del mismo por sus compatriotas.

‘Haz lo que digo, y no, lo que yo hago’ nos decía nuestro párroco en la Iglesia Mayor de Santiago.

Pero, hay que darle crédito. Jefferson cultivaba y vendía el tabaco. El cual no fumaba. Mientras que decía haber preferido ver la transformación de las plantaciones de tabaco en sembrados de trigo.

Lo que Jefferson no captara, en su razonamiento idealista, es que el trigo no se mide con las drogas en sus efectos psicológicos. Por esa razón la gente prefiere su aguardiente a un pedazo de pan.

James Madison (anoréxico sospechado) el presidente más flaco y más pequeño que ha ocupado la Casa Blanca, fumaba e inhalaba asiduamente la hoja solanácea en compañía de su esposa. Aquí es preciso indicar, que fumar es subterfugio popular entre las pacientes anoréxicas, quienes lo hacen para aplacar el hambre severa que, a menudo, las atormenta.

La saga de los presidentes norteamericanos continúa. James Monroe  (famoso por la Doctrina que lleva su nombre) fue el primer bebedor contumaz que ocupara la mansión presidencial.  Mientras que su sucesor, John Quincy Adams, fumador inveterado, concedería con filosófica resignación, que ‘en América el tabaco enriquece a los ricos y el alcohol compra los votos.’

Muchos presidentes futuros continuarían cultivando sin reservas, las tradiciones laxas que caracterizaran a numerosos de los ocupantes de la Casa Blanca. Andrew Jackson mantuvo el cigarro encendido y el licor manando durante los años de su gobierno aún su esposa fumaba la pipa.

William Henry Harrison. Primero entre los presidentes que murieran en su cargo. Bebía tanto y profesaba tanto apego a su güisqui venerado, que usó la imagen de un barril de cerveza, como emblema de su campaña.

Con la ruta ya trazada y los precedentes establecidos, no pasaría mucho tiempo antes de que el primer presidente alcohólico asumiera el poder. Este fue el singularmente bien parecido, Franklin Pierce, posiblemente víctima del síndrome de Tourette. Cuyo gobierno comenzara en el 1853. Públicamente, este hijo de un padre indiferente y de madre alcohólica, rechazaba el licor y lo condenaba. Pero,  atormentado por tragedias personales y por la de vivir un matrimonio infeliz, Pierce se apartaba de sus deberes presidenciales para embriagarse hasta el olvido. Sus desatinos frecuentes se los achacaban a sus borracheras. Al final de su vida desventurada, Pierce sucumbió a la cirrosis del hígado, en medio de un coma hepático complicaciones típicas del abuso del alcohol.

Antes de su muerte, y con la Guerra Civil aproximándose, Pierce solía afligirse de este modo: ‘¿Qué otra cosa puede hacer el próximo presidente, si no es beber…?’

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