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Un diálogo entre Frida Kahlo y Horacio Quiroga. La selva como escenario de la Modernidad.

Rebecca Beltrán Jiménez

Autor: Rebecca Beltrán Jiménez
Curso:
9,37/10 (30 opiniones) |3104 alumnos|Fecha publicaciýn: 05/11/2004

Capýtulo 11:

 Kahlo versus Quiroga: la muerte como elemento regenerador (II)

Uno de los cuadros en los que Frida Kahlo refleja esta concepción regeneradora de la muerte con más claridad y con un uso de la metáfora mucho más sencillo es el retrato que realizó a Luther Burbank, un conocido horticultor de la época cuyos disparatados injertos entre frutas y verduras eran muy conocidos. En este óleo la pintora nos ofrece de una forma diáfana su concepción de la muerte como alimento de la vida 

Kahlo versus Quiroga: la muerte como elemento regenerador (II)

Retrato de Luther Burbank, 1931

Ambos autores, Kahlo y Quiroga, tenían a la muerte muy presente. La trayectoria vital de ambos los empujó a considerarla una compañera más de viaje y a un personaje ineludible en sus obras. De la pintora ya hemos mencionado sus múltiples, complicadas y atormentadoras operaciones a las que tuvo que someterse tras sufrir de niña un accidente en el que el mástil de hierro de un tranvía le atravesó la pelvis. Quiroga, asimismo, se encontró con la pelona en más ocasiones de las que hubiera deseado, como lo relata Leonor Fleming en el prólogo a su edición de la antología del escritor:

"La primera es la muerte del padre (14 de marzo de 1879) de regreso de una cacería a las que era aficionado. Al descender de una lancha, su propia escopeta se dispara dándole en el pecho. El accidente ocurre en presencia de toda la familia. Como consecuencia de la agitación y el desconcierto que el hecho produjo, Horacio, que sólo tenía dos meses y medio, cayo al suelo desde los brazos de su madre que lo sostenía.

[...]

La segunda es la de su padrastro, Ascensio Barcos, también argentino como su padre, con quien su madre se había casado en segundas nupcias en 1891. Mantiene con Horacio una buena relación, a tal punto que, cuando a raíz de un derrame cerebral queda afásico y paralítico el hijastro le acompaña y le hace de intérprete. Se suicida en 1896 con un disparo de escopeta, apoyando el caño en el mentón y accionando el gatillo con los dedos del pie. El joven, que tenía por entonces unos diecisiete años, está entre los que descubren la escena y sufre un impacto emocional."

Otras pérdidas prematuras que lo afectan son, en 1910, la de sus hermanos Pastora y Prudencio; este último perece a raíz de una tifoidea en el Chaco Argentino.

El 5 de marzo de 1902 mata accidentalmente a Federico Ferrando, con quien compartía estridencias y la temprana afición literaria. Ferrando iba a batirse a duelo y Horacio acababa de llegar de Salto para actuar como padrino; mientras revisan el arma, se le escapa un tiro que penetra por la boca de su amigo.

[...]

La muerte de Ana María Cirés, su joven mujer, una exalumna con la que se había casado en 1909 contrariando la voluntad de los padres, agrega tragedia a la trayectoria de Quiroga. A los seis años de matrimonio, luego de algún intento frustrado para quitarse la vida, Ana María se suicida (14 de diciembre de 1915) con sobredosis de sublimado y su marido asiste «furioso y desesperado», según algún comentario biográfico, a los ocho días de agonía. [21]

Después de todos estos trágicos episodios que entremezclan el suicidio con el accidente, y en la mayoría de los cuales las armas de fuego tienen una presencia notable, Quiroga decidió dotar de una trágica coherencia a su propia desaparición. Así, cuando le fue notificado en 1937 que padecía un cáncer gástrico incurable, se despide de su hija Eglé (la única con la que mantenía una relación más o menos cordial) e ingiere una dosis suficiente de cianuro para acabar con su vida. Y la muerte le perseguirá hasta después de fallecido: meses más tarde se suicida Eglé Quiroga y, años después, también lo hace su segundo hijo, Darío. Dos de sus grandes amigos también terminaron con su vida en el mismo año de su muerte: los poetas Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni.

En todas estas duras etapas de su vida la selva sirvió de bálsamo al escritor. Refugiado en Misiones, a pesar de la oposición constante de su familia y de sus dos esposas, Quiroga encontrará allí la paz y la inspiración que necesita para escribir. Siendo un uruguayo que vivió tan largos períodos en Buenos Aires, me aventuro a afirmar que tan sólo echó raíces en la selva: sólo en Misiones encontró su verdadero hogar.

Frida, por su parte, no podría haber ejercido de aventurera en la jungla, ni aunque éste hubiera sido su deseo. Ella vivió la mayor parte de su vida en la Casa Azul de Coyoacán, una población muy cercana a México D.F., pero su pintura siempre miró a través de la ventana. El escenario de su arte fue la selva, y tanto lo sentía así que incluso se dibujó a sí misma como una prolongación más de una de esas plantas gigantescas que tanto disfrutaba pintando.

Kahlo versus Quiroga: la muerte como elemento regenerador (II)

 Raíces , 1943

[21]Horacio Quiroga, Cuentos, Cátedra, Madrid, 1999, pp. 69-70.

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