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Un diálogo entre Frida Kahlo y Horacio Quiroga. La selva como escenario de la Modernidad.

Rebecca Beltrán Jiménez

Autor: Rebecca Beltrán Jiménez
Curso:
9,37/10 (30 opiniones) |3104 alumnos|Fecha publicaciýn: 05/11/2004

Capýtulo 7:

 Kahlo versus Quiroga: convivir con la muerte (III)

La obra de Frida Kahlo que me gustaría presentar aneja al cuento Las moscas ilustra a la perfección el ensamblaje de la vida y la muerte que defiende la autora. Una vez más recurre al arte popular mexicano más primitivo como fuente de inspiración para uno de sus oleos más crudos.

Kahlo versus Quiroga: convivir con la muerte (III)

Mi nacimiento o Nacimiento, 1932

Kahlo versus Quiroga: convivir con la muerte (III)

Escultura azteca que representa a la diosa Tlazolteoltl dando a luz.

A semejanza de la diosa precolombina, Frida Kahlo pintó el momento de su nacimiento. No nos permite, sin embargo, desvelar la expresión de la parturienta, a la que cubre con una sábana como si estuviera muerta. Es la expresión máxima de la reencarnación, de la perpetuación de la vida: un cuerpo inerte que da a luz. Animada por Rivera, la pintora mexicana se decidió a plasmar todas las etapas de su vida, y comenzó desde el mismo momento del parto. La muerte de su madre coincidió con la realización de este lienzo y, contrariamente a lo que siempre hacía, dejó vacía la banderola que se sitúa al pie de la escena, quizá conmocionada por el suceso, y tapó el rostro a su madre con una sábana de la misma manera que se cubre a los difuntos.

Es indudable el impacto que causa la presencia de la sangre en este cuadro. Eli Bartra remarca la valentía de Frida Kahlo al representar sin ninguna traba estética situaciones sanguinolentas, como es el caso de Mi nacimiento.

Esta comprensión de lo personal como político, como social, parece que no la tenía la propia Frida de su arte y, sin embargo, su pintura es un desafío constante, es una irreverencia ante los valores de la ideología dominante. Se permite el lujo, desde su condición social de mujer, de expresar sin miramiento su visión de la vida y de la muerte, con sangre, ese líquido tan cercano a la vida cotidiana de las mujeres, pero proscrito de la sociedad y del arte. Se permite pintar cosas «prosaicas» como abortos, partos, amamantamientos, suicidios, accidentes y también, de manera aparentemente ingenua, a veces perdidas entre muchas otras cosas, como en el cuadro Lo que el agua me dio (1938), se permitió pintar a dos mujeres desnudas juntas; o incluso en un primer plano como en Dos desnudos en el bosque (1939). Todo esto es una irreverencia y significa combatividad. [12]

Y no sólo se impregna ella misma de sangre en cuadros que representan alguno de sus abortos, sus crisis emocionales con Diego Rivera, los postoperatorios de las múltiples y traumáticas intervenciones que padeció en la columna vertebral, las piernas y los pies...  Esa irreverencia que Bartra apunta adopta tintes humorísticos en cuadros como Unos cuantos piquetitos, inspirado por la noticia del asesinato de una mujer a manos de su novio quien, borracho, apuñaló a su víctima veinte veces. Al comparecer ante el juez, en su defensa arguyó que sólo le había dado «unos cuantos piquetitos».

Kahlo versus Quiroga: convivir con la muerte (III)

Unos cuantos piquetitos, 1935

 

En esta obra Frida Kahlo no siente reparo alguno en rociar todo el cuadro con la sangre de la mujer asesinada, como si se tratara de una cámara situada en un ángulo de la habitación que recogiera, además de la tremenda imagen, salpicaduras provenientes de los golpes de cuchillo. Si algo me impresiona de este cuadro, además de su estética proto-pulp, es la innegable combinación de denuncia social y humor que la pintora logra al coronar la imagen con ese banderín tan típico de los exvotos mexicanos. Frida, además, ensancha la escena hasta el marco, sobrepasando así un límite que aún en la pintura contemporánea, no suele ser derribado. Hayden Herrera, en su brillante biografía de Frida Kahlo, depura el significado simbólico de esta pintura:

Al igual que en algunas representaciones de Jesucristo muerto bajado de la cruz, uno de los brazos de la mujer cuelga sin vida, con la palma herida y sanguinolenta abierta hacia nosotros. La sangre fluye de los dedos y salpica sobre el piso color amarillo verdoso (más tarde, Frida dijo que el amarillo simbolizaba «la locura, la enfermedad, el temor»). [...]El efecto que la obra produce en el espectador es inmediato, casi físico. Sentimos que alguien dentro del espacio real, quizá nosotros mismos, ha cometido ese crimen. La transición de la ficción a la realidad radica en una huella de sangre. [13]

Y si esta pintura puede escandalizar a nuestra vista educada a la manera occidental, otra obra de Frida agitó con más fuerza las mentes bienpensantes de algunos norteamericanos de su entorno. Con motivo del suicidio de Dorothy Hale, la directora de la revista Vanity Fair, Clare Boothe Luce, le encargó a Frida un retrato de esta amiga que tenían en común. Tras la muerte en un accidente automovilístico de su marido, Hale se ve obligada a buscarse un medio para sobrevivir. A pesar de su fascinante belleza, que según los testigos de la época la hacían rivalizar con la mismísima Elizabeth Taylor, no supera las pruebas para trabajar en Hollywood y malvive con préstamos que van haciéndole sus amigos. Un día celebra una fiesta y reúne a todos sus amigos para despedirse antes de comenzar un largo viaje. Esa misma noche, cuando todos los invitados ya se habían retirado, se lanzó al vacío desde la ventana de su apartamento en el Hampshire House con su vestido favorito de terciopelo negro y un ramillete de rosas amarillas que le había regalado Isamu Noguchi.

Clare Boothe le encarga a Frida un retrato de Hale para regalárselo a su afligida madre, y la pintora le envía este singular retablo:

Kahlo versus Quiroga: convivir con la muerte (III)

El suicidio de Dorothy Hale, 1938/39

           Fresca y delicada, Dorothy Hale aparece en esta obra en los tres momentos de su suicidio: cuando se tira de la ventana, cayendo enredada entre esponjosas nubes y tendida en el suelo sangrando. Una vez más la imagen se apropia del marco y tanto el cielo como las salpicaduras de sangre de la mujer muerta sobrepasan el lienzo para acercarse más al espectador. Frida puso especial cuidado en inmortalizarla con el atuendo que ella misma escogió para su despedida y escribió con todo el mimo posible la inscripción conmemorativa que no puede faltar en ningún exvoto: «En la ciudad de Nueva York el día 21 del mes de octubre de 1938, a las seis de la mañana, se suicidó la señora DOROTHY HALE tirándose desde una ventana muy álta (sic.) del edificio Hampshire House [a continuación, una mancha de sangre que gotea]. En su recuerdo, [un borrón sobrepintado por la propia Clare Boothe para borrar la referencia a que fue ella quien lo encargó] éste retablo, habiéndolo ejecutado FRIDA KAHLO.»

          Como era de esperar, la directora de Vanity Fair dio un respingo al desembalar el cuadro que alertó a toda la redacción. Por suerte, alguno de sus amigos la disuadió de su primera intención: rasgar salvajemente el cuadro y deshacerse de él. «No olvidaré jamás la impresión que recibí cuando saqué el cuadro del embalaje. Me sentí físicamente mal. ¿Qué iba a hacer con la espantosa representación del cadáver destrozado de mi amiga? Tenía gotas de sangre por todo el marco. No hubiera mandado pintar un cuadro tan sangriento ni de mi peor enemigo, y menos de mi desdichada amiga.» [14]

         ¿Por qué se ensañó Frida tanto en estos dos cuadros? ¿Por qué la sangre cobró tanto protagonismo en su pintura? Kahlo pintaba para vivir, para soportar el sufrimiento, la tristeza y el dolor que le persiguieron durante su corta existencia. Y fue este período, sin duda, en el que más pesares atenazaron su alma. Diego Rivera fue una vez más el motivo de su desdicha a causa de sus infidelidades. En esta ocasión, sin embargo, un agravante pesaba sobre su engaño: su amante era la hermana menor de Frida, Cristina Kahlo. Destrozada, la pintora escribe al fotógrafo Nickolas Muray, con quien mantendrá un romance pero, por encima de todo, a quien le unirá una sincera amistad: «Déjame decirte, chico, que este periodo ha sido el peor de toda mi vida y me asombra lo que puedo aguantar.» [15]

[12]Eli Bartra, Frida Kahlo: mujer, ideología y arte, Icaria/Antrazyt, Barcelona, 2003, pp. 73-74.

[13]Hayden Herrera, Frida. Una biografía de Frida Kahlo, Planeta, Barcelona, 2002, p. 234.

[14] Op. cit., pp. 372-373.

[15] Op. cit., p. 374.

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