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Un diálogo entre Frida Kahlo y Horacio Quiroga. La selva como escenario de la Modernidad.

Rebecca Beltrán Jiménez

Autor: Rebecca Beltrán Jiménez
Curso:
9,37/10 (30 opiniones) |3104 alumnos|Fecha publicaciýn: 05/11/2004

Capýtulo 5:

 Kahlo versus Quiroga: convivir con la muerte (I)

             La selva se nos presenta como el espacio de la vida y de la muerte por antonomasia. La selva es el lugar del eterno retorno, de la lucha del individuo contra la muerte para resucitar más adelante en todos y cada uno de los elementos de la naturaleza. La selva atrae al ser humano con el señuelo de su riqueza para matarlo con inclemencia, y el hombre no se resiste, aunque sea plenamente consciente de lo letal de este lugar.

            Tanto en los cuentos de Quiroga como en los lienzos de Kahlo la muerte es un elemento más de la obra, al igual que el antiguo thánatos de los dramas clásicos. No obstante, no aparece agazapada mientras espera el momento de su intervención, sino que adquiere un protagonismo que constituye, a mi juicio, uno de los principales valores del legado de ambos autores. La naturalidad con la que introducen a la muerte como un elemento más de la obra será una de las características que los pintores y escritores que les suceden alabarán con más insistencia.

           Uno de los relatos más impactantes de Quiroga es, sin duda, El hijo (1928). En él nos presenta a un padre y a su hijo de trece años, que viven solos en la selva. En la literatura de este autor uruguayo este tipo de estructuras familiares son muy frecuentes: el padre, viudo, se hace cargo de sus hijos combinando la rudeza y la ternura en su educación, enseñándoles a manejar armas desde una edad escandalosamente temprana para un occidental, exponiéndolos a graves peligros al mismo tiempo que se muestra cariñoso y amable con ellos. El propio Quiroga enviudó de su primera mujer cuando su primogénita, Eglé, tenía tan sólo cuatro años, y el protagonista de El hijo se encuentra en la misma situación. El padre permite a su hijo ir al monte a cazar, ya que es una de sus mayores aficiones. Así, escopeta en ristre, los dos personajes se despiden amorosamente, no sin antes advertir al niño de que deberá estar de vuelta a las doce del mediodía para comer. Al llegar la hora acordada el padre se intranquiliza por no ver a su hijo volver por el camino que desemboca en la cabaña. A su nerviosismo contribuye el hecho de que unas horas antes ha oído la detonación de un arma, pero intenta calmarse atribuyéndola al disparo de su hijo a algún animal. Excitado, decide adentrarse en el monte para remediar su ansiedad y, tras mucho buscar, encuentra a su hijo quien, ajeno al susto que le ha hecho pasar a su padre, le explica que se entretuvo siguiendo las garzas de su vecino. Sentado sobre los hombros de su padre vuelven ambos a su casa riendo y bromeando. La clave, como es habitual en Quiroga, nos la da el último párrafo:

           "Sonríe de alucinada felicidad... Pues ese padre va solo. A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bien amado yace al sol, muerto desde las diez de la mañana." [8]

           Igual de epifánica es la presencia de la muerte en El sueño o La cama de Frida Kahlo. La pintora rescata en este lienzo uno de los motivos tomados de la tradición mexicana que más le inspiran: los Judas. Según es costumbre en México, el Sábado Santo se sacan a la calle esqueletos construidos con todo tipo de materiales e incluso adornados con sombreros, flores o algún vestido llamativo, y se hacen explotar en medio de la algarabía de los niños, que disfrutan como nadie de esta fiesta. Y es que la creencia popular considera que Judas, como traidor que fue a Jesucristo, sólo alcanzará la paz y la liberación mediante el suicidio:

Kahlo versus Quiroga: convivir con la muerte (I)

El sueño o La cama, 1940

         Tanto Diego Rivera como Frida Kahlo eran grandes aficionados a esta tradición mexicana y coleccionaban representaciones de Judas. Tanto es así que tenían su casa repleta de ellos en todos los tamaños y elaborados tanto por artistas consagrados del país como por artesanos mexicanos desconocidos. Y así es como se pinta Frida en 1940, con la muerte sobre su cama, en el año en el que viajará por segunda vez al país que ella bautizó como «gringolandia» para ser operada por su adorado Doctor Eloesser. Consciente de lo complicado de su estado de salud, muy deteriorada por las operaciones y el crudo postoperatorio que todas ellas le deparaban, Kahlo tiene más que asumido que convive con la muerte e, incluso, cuando descansa sigue siendo su compañera de litera.

         La vegetación que trepa por la colcha con la que se cubre la pintora aparece en contraposición con el Judas. A Frida Kahlo siempre le quedó un hálito de esperanza con el que luchaba contra su pésimo estado de salud y el insistente dolor de sus lesiones. Ese espíritu de lucha, de enfrentamiento contra «la pelona [9]», es lo que encontramos en este cuadro.

         No se termina con estas explicaciones la glosa al lienzo de Kahlo, pues otro dato biográfico nos da la clave para comprender a esta pintora en toda su magnitud. Ningún estudio sobre Frida Kahlo que quiera ser fiel a la obra de la pintora puede obviar la importancia de la impronta biográfica de todos y cada uno de sus cuadros, como se verá a medida que avance en esta exposición. En este caso, la fecha de la ejecución de la pintura coincide con su segunda y última boda con Diego Rivera, del que se había separado un año antes. Diego definió de la siguiente manera los condicionantes que le impuso Frida para volver a casarse con él: «Que ella quería financiar sus propios gastos con las ganancias de su trabajo; que yo tenía que abonar la mitad de nuestros gastos comunes -no más-; y que no volveríamos a mantener contacto sexual. [...] Yo estaba tan contento de recuperar a Frida, que estuve de acuerdo en todo.» [10]

         A modo de advertencia, este cuadro podría ser un perfecto regalo de boda para su marido: su actividad en la cama ha muerto, sólo dormirá cuando esté en ella. Varios abortos y las secuelas del gravísimo accidente que sufrió de niña en la pelvis la obligaron a renunciar a su vida sexual y a incluir, una vez más, a un Judas en su vida.

[8]Horacio Quiroga, «El hijo», en Cuentos, Cátedra, Madrid, 1999, p. 356.

[9]En México es habitual dirigirse a la muerte como «la pelona», una expresión que hace referencia a la calva calavera que la representa.

[10]Andrea Ketenmann, Frida Kahlo. Dolor y pasión, Taschen, Colonia, 2002, pp. 56-57.

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