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Un diálogo entre Frida Kahlo y Horacio Quiroga. La selva como escenario de la Modernidad.

Rebecca Beltrán Jiménez

Autor: Rebecca Beltrán Jiménez
Curso:
9,37/10 (30 opiniones) |3104 alumnos|Fecha publicaciýn: 05/11/2004

Capýtulo 13:

 Kahlo en la ciudad: la pesadilla de "gringolandia" (II)

Frida Kahlo experimentó un gran rechazo por todos los emblemas de la cultura estadounidense, y se tomó la revancha en forma de burla en uno de sus cuadros más heterodoxos.

Kahlo en la ciudad: la pesadilla de gringolandia (II)

Allá cuelga mi vestido o New York, 1933

      No olvidó Frida, en este cuadro, ni uno sólo de los estandartes del capitalismo norteamericano. Los rascacielos, Manhattan, la Estatua de la Libertad, los surtidores de combustible, las altas chimeneas, los cubos metálicos repletos de basura, la catedral de Saint Paul... No dejó títere sin cabeza. Y todo ello situado tras una cinta que une una triunfal copa, que puede interpretarse como conmemorativa de los logros alcanzados por el progreso, y un retrete. Para terminar, no podía faltar el toque mexicano que indefectiblemente tienen todas sus obras, y cuelga de ese hilo azul su vestido de tehuana, la rotunda afirmación de sus orígenes, que se contraponen no sin una cierta violencia a este caos industrial. Resulta curioso que, al mismo tiempo que Kahlo se dedicaba en cuerpo y alma a este cuadro, Rivera estaba pintando en el Rockefeller Center un mural que celebraba la gloria del progreso industrial.

La melancolía invadió a Frida en su etapa estadounidense, y no sólo por no conectar con la sociedad del lugar, sino también porque allí sufrió un traumático aborto que la incitó a pintar Henry Ford Hospital o La cama volando. En este caso el poso mexicano tiene una presencia mucho más notable: está pintado a la manera de un exvoto, intercalando elementos biográficos y fantásticos. Frida pintó su realidad no tal como era sino tal como la sentía, y esta peculiar perspectiva la abocó a crear uno de sus lienzos más crudos.

 Kahlo en la ciudad: la pesadilla de gringolandia (II)   

Henry Ford Hospital o La cama volando, 1932

        Mas allá de la angustia que produce este cuadro con un simple golpe de vista, su exégesis es de las que más placer me ha producido, tanto por su sinceridad como por la simplicidad de su ejecución. Sobre una sábana blanca, Frida se desangra por la pelvis y sobre su vientre, todavía abultado por el reciente aborto, sujeta seis cintas semejantes a venas y que enlazan seis objetos definitorios de su estado de ánimo.

El elemento central es un feto masculino cuya desproporción en sus dimensiones acentúa todavía más su carácter embrionario. Se trata del «pequeño Dieguito» que ella deseaba parir, ese niño que tantas veces intentó engendrar a pesar de que todos sus embarazos resultaran malogrados. A su derecha Frida pintó un caracol, un símbolo según ella de la lentitud de este aborto, que le debió marcar especialmente si tenemos en cuenta que en sus trece días de convalecencia hospitalaria ya comenzó a trazar un esbozo de esta pintura. El caracol, asimismo, es un motivo recurrente en la obra de Kahlo, ya que las culturas precolombinas lo consideran una representación de la vida y el sexo, así como un emblema del embarazo y el parto debido a su caparazón protector. En tercer lugar, el caracol actúa como un trasunto de la luna por sacar y meter constantemente la cabeza en el caparazón, como si se tratase de la luna creciente y menguante y del efecto que este fenómeno tiene con el ciclo fértil femenino y, en consecuencia, con la sexualidad de la mujer.

Al otro lado del feto Frida pintó una maqueta médica de la zona pélvica de una mujer. Con esta figura parece que la artista reproduzca en el espectador las explicaciones de sus médicos acerca de su incapacidad para llevar un embarazo adelante por culpa de las lesiones en la pelvis y la columna que le quedaron tras el accidente con el tranvía. Y no es este el único elemento mecánico, no biológico, del exvoto, sino también un objeto metálico que la pintora situó justo debajo de la maqueta. La observación más detenida de este elemento no me llevó a ninguna conclusión sostenible debido a que no sé qué artefacto está representado y, por tanto, no logro establecer la relación con los demás componentes de la pintura. La explicación que de este objeto nos brinda Andrea Kettenmann, no obstante, sí resulta interesante:

El objeto es, posiblemente, parte de un esterilizador de vapor, como los que se utilizaban entonces en los hospitales. Se trata de una pieza mecánica que se utilizaba como tapa de cierre para depósitos de gas o de aire comprimido, sirviendo como regulador de presión. Frida Kahlo ha debido encontrar paralelismos, durante su estancia en el hospital, entre este mecanismo de cierre y su propia musculatura «defectuosa», que le impedía conservar al niño en su cuerpo. [24]

La cadera que Frida pinta en el extremo derecho inferior mantiene un vínculo muy estrecho tanto con la maqueta médica como con este aparato metálico, ya que representa la dañada estructura ósea de Frida que tanto marcará su vida y que, finalmente, acabará por ser la causa de su muerte.

La flor marchita, por último, se parece a una de las orquídeas violetas que Diego Rivera le regalaba y, al mismo tiempo, el reflejo de su decaído estado de ánimo. Una vez más la referencia a la sexualidad parece inevitable al referirnos a la naturaleza, y es que la peculiar forma de algunas orquídeas ha provocado que se las considere la representación de los genitales femeninos. En este caso, aparece una flor moribunda y desvitalizada que no puede ser más significativa si nos atenemos al calvario que tuvo que sufrir Frida por las lesiones en su cuerpo.

En los tres cuadros norteamericanos aquí glosados destaca la posición de los trasuntos de la autora: en ninguno roza el suelo. En el Henry Ford Hospital está echada sobre una cama de proporciones exageradas. La diminuta Frida se sentía así de sola y desubicada en Estados Unidos, como una niña perdida en una gigantesca cama. En Autorretrato en  la frontera entre México y los Estados Unidos se sube a una pequeña peana sobre el límite de ambos territorios, como si no quisiera pisar el suelo urbano por su incapacidad por echar raíces allí o, al menos, como si la sola idea de tomar un contacto más estrecho con ese lugar le fuera insoportable. Sin duda, en el cuadro en el que es más explícita en su rechazo a la ciudad es Allá cuelga mi vestido, ya que logra con la representación de su vestido de tehuana ubicar un autorretrato suyo en el centro de la pintura pero sin dibujarse a ella misma. En mi opinión, es éste el autorretrato más singular por su ejecución, ya que consiguió elevar el vestido típico de las mujeres mexicanas a la categoría de símbolo que la representa a ella misma y a su ideología. Consciente o no de eso, lo cierto es que todos podemos imaginar a una Frida Kahlo vestida con ese conjunto.


[24]Andrea Ketenmann, Frida Kahlo. Dolor y pasión, Taschen, Colonia, 2002, p. 34.

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