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Un diálogo entre Frida Kahlo y Horacio Quiroga. La selva como escenario de la Modernidad.

Rebecca Beltrán Jiménez

Autor: Rebecca Beltrán Jiménez
Curso:
9,37/10 (30 opiniones) |3104 alumnos|Fecha publicaciýn: 05/11/2004

Capýtulo 12:

 Kahlo en la ciudad: la pesadilla de "gringolandia" (I)

La ciudad, en oposición con la selva, tan sólo proporcionó a ambos autores el dinero necesario para no tener que instalarse en ella. Quiroga, por un lado, tan sólo acudía a Buenos Aires para solucionar temas burocráticos que le permitieran pasar más tiempo en San Ignacio. Y, mientras vivía en la ciudad, aprovechaba cualquier momento para escapar a su refugio selvático. Frida, por el otro, acompañó a Diego Rivera en su andadura norteamericana y vivió en «gringolandia» una época de la que nos han quedado unas pinturas con un tono y una técnica muy diferente a lo que Kahlo nos tiene acostumbrados. A contrario que en el caso de Quiroga, la civilización no neutraliza la creatividad de la pintora, sino que la redirige hacia temas y espacios nunca antes explorados por ella.

A finales de 1930 el matrimonio Kahlo-Rivera se traslada a Estados Unidos, donde permanecerán durante cuatro años en diferentes ciudades. Diego Rivera suscitó un gran interés en este país y fruto de la fascinación por el «renacimiento mexicano» recibió varios encargos para pintar murales en algunos edificios emblemáticos.

Sería tremendamente fácil trazar las diferencias que separan los cuadros gringos de Frida de sus obras mexicanas. La pintora expresó su malestar casi desde el principio de su estancia en Estados Unidos, país que no comprendía y en el que le costó mucho afianzar amistades. El cuadro en el que se desquitó con más amargura es, sin duda, Autorretrato en la frontera entre México y los Estados Unidos. No podía aguantar durante más tiempo sin provocar con su paleta a la puritana sociedad estadounidense, y para ello confrontó los dos mundos que conocía: el suyo y en el que nació, y este nuevo en el que vivía por amor a Diego. En el reparto, Estados Unidos no habría podido quedar peor parado: frente a la riquísima historia de México, a la fertilidad y belleza de sus tierras, sitúa una tecnológica, humeante, gris y monótona Norteamérica, cuya bandera sólo se intuye tras de una nube de polución.

Kahlo en la ciudad: la pesadilla de gringolandia (I)  

 Autorretrato en la frontera entre México y los Estados Unidos, 1932

Es esta una obra amarga, de protesta ante Diego y de bofetada estética ante todos aquellos norteamericanos que defienden su patria por encima de todas las cosas que tanto disgustaban a Frida. En una carta que envió a una amiga suya en México se desquitó detallándole todo lo que le molestaba de la sociedad estadounidense: «El gringuerío no me cae del todo bien. Son gente muy sosa y todos tienen caras de bizcochos crudos (sobre todo las viejas).» [22]

En otra misiva a su confidente el Doctor Eloesser también renegó de esta nueva sociedad a la que acababa de conocer y de la que tanto le molestaba su clasismo: «La High-Society de aquí me saca de quicio y me sublevan todos estos tipos ricos, pues he visto a miles de personas en la peor de las miserias, sin lo mínimo para comer y sin un lugar donde dormir; es lo que más me ha impresionado; es espantoso ver a estos ricos que celebran fiestas de día y de noche, mientras miles y más miles de personas mueren de hambre... Aún cuando me interesa mucho todo este progreso industrial y mecánico de USA, encuentro que los americanos carecen de toda sensibilidad y sentido del decoro. Viven como en un enorme gallinero sucio e incómodo. Las casas parecen hornos de pan y el tan traído y llevado confort no es más que un mito.» [23]

            La destrucción de los valores humanos que ella siempre defendió, esa igualdad social que a finales de su vida se convirtió en una de sus mayores obsesiones y que no encontró en este país... El sistema americano se le aparecía como envuelto en un raído y descolorido papel de celofán, y no lograron engañarla con falsa palabrería.

[22]Andrea Kettenmann, Frida. Dolor y pasión, Taschen, Colonia, 2002, p. 36.

[23] Op. cit., p. 36.

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