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Un diálogo entre Frida Kahlo y Horacio Quiroga. La selva como escenario de la Modernidad.

Rebecca Beltrán Jiménez

Autor: Rebecca Beltrán Jiménez
Curso:
9,37/10 (30 opiniones) |3104 alumnos|Fecha publicación: 05/11/2004

Capítulo 17:

 Conclusiones (III): Frida, musa del Surrealismo

Esta especial querencia de su pintura por la mezcla de lo natural y lo sobrenatural provocó una reacción inmediata en los círculos surrealistas de París. André Breton viajó a México en 1938 enviado por el ministerio de Asuntos Exteriores francés para ofrecer una serie de conferencias. En este país, alojado durante un tiempo en la casa del matrimonio Kahlo-Rivera en San Ángel, el líder del surrealismo quedó maravillado con obra de la pintora. Y no resulta difícil imaginar la razón de esta fascinación en los términos en que lo hace Hayden Herrera:

Resulta fácil ver por qué tanta gente ha calificado a Frida de surrealista. Sus retratos, en los que se mortifica a sí misma, ponen un énfasis surrealista en el dolor y manifiestan una corriente clara de erotismo suprimido. El uso que hace de las figuras híbridas (compuestas por elementos animales, de plantas y humanos) ya aparece en la iconografía surrealista, en el cual los miembros humanos echan ramas y una persona puede tener la cabeza de un pájaro o un toro. Las aperturas o cortadas que Frida frecuentemente produce en un cuerpo humano hacen pensar en las cabezas y manos amputadas o en los torsos huecos que se ven a menudo en la pintura surrealista. También es posible interpretar su costumbre de colocar escenas de dramática inactividad en medio de espacios abiertos, muy extensos, espacios que se apartan de la realidad cotidiana, como un modo surrealista de disociar al espectador del mundo racional. Aun las áreas cerradas causantes de claustrofobia que ella representa pueden ser de origen surrealista: los muros formados por hojas tropicales, de aspecto omnívoro e hirviendo de insectos disimulados hacen recordar las exuberantes selvas pintadas por Max Ernst. [29]

Frida Kahlo, sin embargo, no es surrealista. Si bien es cierto que muchos de sus cuadros aceptan una interpretación desde esa premisa estética, la pintora jamás lo pretendió. El surrealismo europeo fue acreedor de un sentimiento de desencanto y desilusión que vivieron algunas esferas artísticas de la época. Estos intelectuales decidieron bucear en el subconsciente para buscar unas nuevas fronteras más allá de la lógica imperante hasta el momento, una lógica que había dejado de serles útil y con la que les fue imposible explicar los grandes acontecimientos que habían provocado este desconcierto. Frida no acude a lo fantástico en su pintura para ilustrar este tipo de sensaciones, sino que lo fantástico ha estado siempre presente en su vida. El surrealismo de esta pintora es un surrealismo genético, natural, inocente, espontáneo y nunca buscado. Para ella la realidad que pinta es la existente y por eso no necesita buscar otros lenguajes expresivos en existencias «paralelas». Hace cotidiano lo sobrenatural, no explora otros mundos ni otros niveles de conciencia porque lo que puedan ofrecerle es lo que ya tiene y con lo que ya trabaja. Al contrario de lo que en ocasiones ocurre con la pintura surrealista, los cuadros de Frida provocan una reacción inmediata en la conciencia del espectador. No es necesario interpretar los cuadros de Kahlo para que te sacuda la fuerza de su contenido: las pinturas de Frida sobresalen del lienzo, agarran al espectador por las solapas y le gritan a la cara su sufrimiento.

«El surrealismo es la sorpresa mágica de encontrar un león en el armario donde uno quería tomar una camisa». Así define Frida este movimiento, y es que ella no encerraría jamás a un león en un armario. Como mucho se retrataría con sus garras, pero huiría de los golpes de efecto provocados por el desconcierto. El componente fantástico se inserta en los cuadros de Frida Kahlo con toda la naturalidad posible, como si no existiera una verdadera separación entre el mundo de lo tangible y el mundo de lo posible; y esta grieta es el espacio en el que colocan el caballete los pintores surrealistas, como Magritte o el tardío Kandinski.

[29]Hayden Herrera, Frida. Una biografía de Frida Kahlo, Planeta, Barcelona, 2002, p. 328.

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