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Capítulo 6:

 Estudios sobre la mente humana

Introducción 

Nosotros estamos viviendo en este mundo por algún motivo, para algo, por algún factor especial...

Obviamente en nosotros hay mucho que debemos ver, estudiar y comprender, si es que en realidad anhelamos saber algo sobre nosotros mismos, sobre nuestra propia vida...

Trágica es la existencia de aquel que muere sin haber conocido el motivo de su vida...

Cada uno de nosotros debe descubrir por si mismo el sentido de su propia vida, aquello que lo mantiene prisionero en la cárcel del dolor...

Ostensiblemente hay en cada uno de nosotros algo que nos amarga la vida y contra lo cual necesitamos luchar firmemente...

No es indispensable que continuemos en desgracia, es impostergable reducir a polvareda cósmica eso que nos hace tan débiles e infelices.

Sólo así podremos experimentar en nuestro interior un cambio y por ende lo reflejaremos en nuestro mundo exterior.

En el trabajo sobre sí mismos debemos comprender muchos aspectos, para cambiar nuestra forma de pensar y vivir.

Hoy estudiaremos los funcionalismos de la Mente, tratando de comprender el origen de nuestra desdicha, y como trabajarlo en el diario vivir.

El Estudio de la Mente

En Dinámica Mental necesitamos saber algo sobre el cómo y el por qué funciona la mente.

La mente, incuestionablemente, es un instrumento que noso­tros debemos aprender a manejar conscientemente. Pero sería ab­surdo que tal instrumento fuese eficiente si antes no conocemos el cómo y el por qué de la mente.

Cuando uno conoce el cómo y el por qué de la mente, cuan­do conoce los diversos funcionamientos de la misma, puede con­trolarla y ésta se convierte en un instrumento útil y perfecto, en un maravilloso vehículo, mediante el cual, podemos nosotros la­borar en beneficio de la humanidad.

Se necesita, en verdad, de un sistema realista si es que verda­deramente queremos conocer el potencial de la mente humana.

Por estos tiempos, abundan muchos temas para el control de la mente. Hay quienes piensan que ciertos ejercicios artificio­sos pueden ser magníficos para el control del entendimiento. Hay escuelas, existe mucha teoría sobre la mente, muchos sistemas, mas, ¿cómo sería posible hacer de la mente algo útil? Reflexio­nemos que si nosotros no conocemos el cómo y el por qué de la mente, no podremos conseguir que ésta sea perfecta.

Necesitamos conocer los diversos funcionalismos de la men­te si es que queremos que la misma sea perfecta. ¿Cómo funcio­na? ¿Por qué funciona? Ese cómo y por qué son definitivos.

Si, por ejemplo, lanzamos una piedra a un lago, veremos que se forman ondas, éstas son la reacción del lago, del agua, contra la piedra. Similarmente, si alguien nos dice una palabra irónica, esta palabra llega a la mente y la mente reacciona contra tal pa­labra; entonces vienen los conflictos.

Todo el mundo está en problemas, todo el mundo vive en conflictos. Yo he observado cuidadosamente las mesas de deba­tes de muchas organizaciones, escuelas, etc., no se respetan los unos a los otros. ¿Por qué? Porque no se respetan a sí mismos.

Obsérvese un Senado, una Cámara de Representantes, o simplemente una mesa de escuela: si alguien dice algo, otro se siente aludido, se enoja y dice algo peor, riñen entre sí y termi­nan en un gran caos los miembros de la mesa directiva. Esto de que la mente de cada uno de ellos reacciona contra los impactos del mundo exterior, resulta gravísimo.

Se hace necesario auto-cono­cernos un poco más dentro de lo intelectual. Por ejemplo, ¿por qué reaccionamos ante la palabra de un semejante? En estas condiciones, nosotros siempre somos víctimas... Si alguien quie­re que estemos contentos, basta que nos dé unas palmaditas en el hombro y nos diga algunas palabras amables. Si alguien quiere vernos disgustados, bastaría que nos dijera algunas palabras desagradables.

Entonces, ¿dónde está nuestra verdadera libertad intelec­tual? ¿Cuál es? Dependemos concretamente de los demás, somos esclavos, nuestros procesos psicológicos dependen exclusivamen­te de otras personas, no mandamos en nuestros procesos psicológicos y esto es terribles.

Otros son los que mandan en nosotros y en nuestros proce­sos íntimos. Un amigo, de pronto viene y nos invita a una fiesta, vamos a la casa del amigo, nos brinda una copa, nos da pena no aceptarla, nos la tomamos, viene otra copa y también nos la to­mamos; luego otra y otra hasta que terminamos embriagados. El amigo fue dueño y señor de nuestros procesos psicológicos.

Una mente así, ¿puede acaso servir para algo? Si alguien manda en nosotros, si todo el mundo tiene derecho a mandar en nosotros, entonces, ¿dónde está nuestra libertad intelectual? ¿Cuál es?

De pronto, nos hallamos ante una persona del sexo opues­to, nos identificamos mucho con esa persona y a la larga, termi­namos metidos en fornicaciones o adulterios. Quiere decir que aquella persona del sexo opuesto pudo más y venció nuestro proceso psicológico, nos controló, nos sometió a su propia vo­luntad. ¿Esto es libertad?

El ser humano, en rea­lidad de verdad, se ha educado para negar su auténtica identidad, valores e imagen. ¿Cuál será la auténtica identidad, valores e ima­gen íntima de cada uno de nosotros? ¿Será acaso el ego o la perso­nalidad? ¡No! Mediante el psicoanálisis introspectivo podemos pasar más allá del ego y descubrir al Ser.

Incuestionablemente, el Ser en sí mismo es nuestra auténti­ca identidad, valores e imagen. El Ser en sí mismo es el K-H, el Kosmos Hombre o el Hombre Kosmos. Desgraciadamente, como ya lo he dicho, el animal, falsamente llamado hombre, se ha auto­educado para negar sus valores íntimos, ha caído en el materia­lismo de esta época degenerada, se ha entregado a todos los vicios de la tierra y marcha por el camino del error.

Aceptar la cultura negativa inspirada subjetivamente en nues­tro interior, siguiendo el camino de la menor resistencia, es un absurdo. Desgraciadamente, las gentes por esta época, gozan si­guiendo el camino de la menor resistencia y aceptan la falsa cultura materialista de estos tiempos, la dejan o permiten que sea instalada en su psiquis y así es como llegan a la negación de los ver­daderos valores del Ser.

Realidad o Ilusión

Sólo libertándonos de la mente podemos vivenciar de verdad eso que hay de real, aquello que se encuentra en estado potencial tras cualquier fenómeno.

El mundo es tan solo una forma ilusoria, que algún día se disolverá.

Mi persona, tu cuerpo, mis amigos, las cosas, mi familia, etc., son en el fondo, eso que los indostanes llaman "maya", la ilusión; formas mentales vanas que tarde o temprano se reducirán a polva­reda cósmica.

Mis afectos, los seres más queridos que nos rodean, etc., son simples formas mentales que no tienen existencia real.

El dualismo intelectual tal como el placer y el dolor, las ala­banzas y el vituperio, el triunfo y la derrota, la riqueza y la mise­ria, constituyen el doloroso mecanismo de la mente.

No puede existir la auto-idea y la verdadera felicidad dentro de nosotros, mientras seamos esclavos de la mente.

Nadie puede desarrollar la auto-idea mientras sea esclavo de la mente. Eso que es lo Real no es cuestión de suposiciones li­brescas o de ideas ajenas, sino de la experiencia directa.

Quien se libera del intelecto puede experimentar y sentir un elemento que transforma radicalmente.

Cuando nos libertamos de la mente, ésta se convierte en un vehículo dúctil, elástico y útil, mediante el cual nos expresamos.

La Lógica superior nos invita a pensar que emanciparse de la mente equivale, de hecho, a despertar conciencia, a terminar con el automatismo.

Pero, vamos al grano: ¿Quién o qué es lo que debe zafarse de las mortificantes ideas ajenas? Resulta obvio contestar a estos inte­rrogantes diciendo: ¡La conciencia! Eso que hay de alma dentro de nosotros, es lo que puede y debe liberarse.

Las ideas ajenas de la pseudo-literatura sólo sirven para amar­garnos la existencia. La felicidad auténtica sólo es posible cuando nos emancipamos del intelecto.

Empero, debemos reconocer que existe un inconveniente ma­yúsculo para esa anhelada liberación de la conciencia, quiero refe­rirme al tremendo batallar de las antítesis.

La Esencia o Conciencia vive, desgraciadamente, embotellada entre el aparatoso dualismo intelectivo de los opuestos: si y no, bueno y malo, alto y bajo, mío y tuyo, gusto y disgusto, placer y dolor, etc.

A todas luces resulta brillante comprender a fondo que cuan­do cesa la tempestad de ideas prestadas en el océano de la mente y termina la lucha de los opuestos, la Esencia se escapa, se sumer­ge en Aquello que es lo Real y emana con todo su esplendor la auto-idea, la idea germen.

La Lucha de los Opuestos

Debemos estudiar la mente, si realmente queremos vivenciar la Gran Realidad, la Verdad de las cosas.

Todo razonamiento se fundamenta en el batallar de los opuestos.

Si decimos: Fulano de tal es alto; queremos decir que no es bajo. Si decimos: Estoy entrando; queremos decir que no esta­mos saliendo. Si decimos: Estoy alegre; afirmamos con ello que no estamos tristes, etc.

Los problemas de la vida no son sino formas mentales con dos polos: uno positivo y otro negativo. Los problemas se sostie­nen por la mente y son creados por la mente. Cuando dejamos de pensar en un problema, éste termina, inevitablemente.

Alegría y tristeza, placer y dolor, bien y mal, triunfo y derro­ta, constituyen el batallar de los opuestos en el cual se fundamen­ta el Yo.

Vivimos miserablemente toda la vida de un opuesto a otro: triunfo-derrota, gusto-disgusto, placer-dolor, fracaso-éxito, esto ­aquello, etc.

Necesitamos liberarnos de los opuestos. Esto sólo es posible aprendiendo a vivir de instante en instante, sin abstracciones de ninguna especie, sin sueños, sin fantasías.

¿Habéis observado cómo las piedras del camino están páli­das y puras después de un torrencial aguacero? Uno, sólo puede murmurar un ¡Oh! de admiración. Nosotros debemos compren­der ese ¡Oh! de las cosas sin deformar esa exclamación divina con la batalla de los opuestos. (Sin calificar las cosas,  sin lindo o feo, de alto o bajo, de bueno o malo, etc. etc.)

Le preguntaron al Maestro Bokujo:

-¿Tendremos que vestir y comer todos los días? ¿Cómo po­dríamos escapar de todo esto?

El Maestro respondió:

-Comemos, nos vestimos...

-No comprendo-dijo el discípulo.

-Entonces, vístete y come-dijo el Maestro.

Esta es, precisamente, la acción libre de los opuestos. ¿Come­mos? ¿Nos vestimos? ¿Por qué hacer un problema de eso? ¿Por qué estar pensando en otras cosas mientras estamos comiendo o vistiéndonos?

Si estás comiendo, come, y si estás vistiéndote, vístete, y si estás andando por la calle, anda, anda, anda, pero no pienses en otra cosa, haz únicamente lo que estás haciendo, no huyas de lo que estás haciendo, no huyas de los hechos, no los llenes de tantos significados, símbolos, sermones y advertencias. Vívelos sin alegorías, vívelos con mente receptiva de instante en instante.

Comprended que os estoy hablando del sendero de acción libre del batallar doloroso de los opuestos.

Acción sin distracciones, sin escapatorias, sin fantasías, sin abstracciones de ninguna especie.

Cambiad vuestro carácter, amadísimos, cambiadlo a través de la acción inteligente, libre del batallar de los opuestos.

Cuando se les cierran las puertas a las fantasías, se despierta el órgano de la intuición.

La acción, libre del batallar de los opuestos, es acción intui­tiva, es acción plena. Donde hay plenitud, el Yo está ausente.

La acción intuitiva nos conduce de la mano hasta el desper­tar de la conciencia.

Un gran Maestro decía: "Buscad la iluminación, que todo lo demás se os dará por añadidura".

El peor enemigo de la iluminación es el Yo. Es necesario sa­ber que el Yo es un nudo en el fluir de la existencia, una obstruc­ción fatal en el flujo de la vida libre en su movimiento.

Se le preguntó a un Maestro:

-¿Cual es el camino?

-¡Qué magnífica montaña!-dijo, refiriéndose a la montaña donde tenía su retiro.

-No os pregunto acerca de la montaña, sino acerca del ca­mino.

-Mientras no puedas ir más allá de la montaña, no podrás encontrar el camino-replicó el Maestro.

Otro monje hizo la misma pregunta a ese mismo Maestro:

-¡Allá está, justo delante de tus ojos,-respondió el Maestro.

-¿Por qué no puedo verlo?

-¡Porque tienes ideas egoístas!

-¿Podré verlo, Señor?

-Mientras tengas una visión dualista y digas: Yo no puedo, y así por el estilo, tus ojos estarán obscurecidos por esa visión relativa.

-Cuando no hay ni yo, ni tú, ¿se le puede ver?

-Cuando no hay yo ni tú, ¿quién quiere ver?

El fundamento del Yo es el dualismo de la mente. El Yo se sostiene por el batallar de los opuestos.

Esta acción inteligente, libre del batallar de los opuestos nos eleva a un punto en el cual algo debe romperse. Cuando todo mar­cha bien, se rompe el techo rígido de pensar, y la luz y el poder del Íntimo, entran a raudales en la mente que ha dejado de soñar.

Esta disciplina, nos lleva al despertar de la conciencia. La acción, libre de dualismo mental, produce el despertar de la conciencia.

Debemos acabar con la comparación para vivenciar el verdadero Amor.  El hombre compara una novia con otra. La mujer compara un hombre con otro. El maestro compara a un alumno con otro, a una alumna con otra, como si todos sus alumnos no mereciesen el mismo aprecio. Realmente la comparación es abominable.

Quien contempla una bella puesta de Sol y la compara con otra, no sabe realmente comprender la belleza que tiene ante sus ojos.

Quien contempla una bella montaña y la compara con otra que vio ayer, no está realmente comprendiendo la belleza de la montaña que tiene ante sus ojos.

Donde existe comparación no existe el Amor Verdadero. El padre y la madre que aman a sus hijos de verdad, jamás los comparan con nadie, les aman y eso es todo.

Aprender a utilizar la conciencia en lo que hacemos

Si se quiere cambiar, vamos a cambiar desde ahora mismo, a cambiar nuestros hábitos mentales, nuestra forma de pensar. Cuando uno cambia de verdad, origina cambios interiores. Cuando uno recambia su forma de pensar, puede entonces pensar en cambiar totalmente en su interior.

Pero si uno no cambia en su forma de pensar, aquí en esta mente y siguen existiendo los viejos hábitos extemporáneos, ¿cómo puede uno decir que va a provocar un cambio en su Conciencia interior? Eso no es posible, sería contradictorio que pensáramos una cosa e hiciéramos otra, realmente no es posible. Así que necesitamos hacernos dueños de nuestra propia Conciencia, colocarla donde debe colocarse, ubicarla donde debe ubicarse, aprenderla a poner en un lugar...

Gracias a Dios tenemos nosotros en nuestro interior la Conciencia, es precisamente el don más precioso, lástima que esté enfrascada en el Ego, pero si conseguimos libertar a la Conciencia, entonces estaremos listos para el gran salto, para el salto supremo.

La Conciencia debemos aprender a colocarla donde debe ser colocada. Donde esté nuestra Conciencia, allí estaremos nosotros. Ustedes que me escuchan en estos momentos, ¿están seguros de que la Conciencia  de cada uno está aquí? Si está aquí, me place, pero, ¿estamos seguros de que está aquí? Puede ser que esté en este momento en la casa, puede ser que esté en la cantina, puede ser que esté en el supermercado y que aquí tan sólo aquí estemos viendo la personalidad de fachada de tal o cual hermano.

Así pues, donde está la Conciencia, ahí estamos nosotros. La Conciencia es algo que hay que aprender a colocar inteligentemente donde debe ser colocada. Si colocamos nuestra Conciencia en una cantina, se procesará en virtud de la cantina y si la colocamos nosotros en una casa de citas, se procesará allí y si la colocamos nosotros en un mercado, tendremos un buen mercadero o un mal mercadero. Donde quiera esté la Conciencia, allí estaremos nosotros.

La Conciencia está desgraciadamente embotellada. Y un "yo" de Lujuria podrá llevar nuestra Conciencia pues, a una casa de citas. Un "yo"  de  borrachera, se la podrá cargar para una cantina; un "yo"  codicioso se la llevará por allá, para algún mercado; un "yo" asesino se la llevará por allá a la casa de algún enemigo, etc. ¿A ustedes les parece acaso correcto no saber manejar la Conciencia?

Tengo entendido que es absurdo llevarla a lugares donde no debe estar, eso es obvio. Desgraciadamente, repito, nuestra Conciencia actualmente está enfrascada, sí, embotellada entre distintos elementos inhumanos que en nuestro interior cargamos.

Necesitamos quebrar todos esos elementos dentro de los cuales se haya embotellada la Conciencia. Pero díganme, ¿haríamos eso si no cambiáramos nuestra forma de pensar, si estamos contentísimos con nuestros viejos hábitos caducos y extemporáneos que tenemos en la mente? ¿Nos preocuparíamos acaso, por despertar la Conciencia? Es claro que no.

El Auto-respeto y la Auto-imagen

El Auto-respeto: Necesitamos el Bienestar Integral. Todos sufrimos, tenemos amarguras en la vida y queremos cambiar.

En todo caso, pienso en que el Bienestar Integral es el resul­tado del auto-respeto. Esto parecería bastante extraño a un eco­nomista, a un teósofo, etc.

¿Qué tendría que ver el auto-respeto con la cuestión econó­mica? ¿Con los problemas relacionados con el trabajo o con la fuerza del trabajo, con el capital, etc.?

¿Qué se entiende por respetarse a sí mismo? Dejar la delin­cuencia, no robar, no fornicar, no adulterar, no envidiar el bienes­tar del prójimo, ser humilde y sencillo, abandonar la pereza y convertirse en una persona activa, aseada, decente, etc.

Al respetarse un ciudadano a sí mismo cambia de nivel del Ser y al cambiar de nivel del Ser, incuestionablemente, atrae nuevas circunstancias, pues se relaciona con gentes más decentes, con personas distintas, y posiblemente, ese motivo de relaciones provoca un cambio económico y social en su existencia. Así se cumpliría esto que estoy diciendo, de que el auto-respeto inte­gral viene a provocar el bienestar social y económico. Pero si uno no se sabe respetar a sí mismo, tampoco respetará a sus semejan­tes y se condenará a sí mismo a una vida infeliz y desventurada. El principio del Bienestar Integral está en el auto-respeto.

Quiero comentar lo siguiente: El nivel del Ser atrae nuestra propia vida... Vivíamos nosotros en una casa muy hermosa en la ciudad de México. Tras esa casa existía un terreno amplio que estaba vacío. Un día cualquiera, un grupo de "paracaidistas", co­mo les llamamos, invadió aquel terreno. Pronto edificaron sus chozas de cartón y se establecieron allí. Incuestionablemente, se convirtieron en algo sucio dentro de aquella colonia. No quiero subestimarlos, pero si realmente sus chozas de cartón estuvieran aseadas, nada les objetaría. Desgraciadamente, había entre esas gentes un desaseo espantoso.

Observé cuidadosamente desde la azotea de la casa, la vida de aquellas personas: se insultaban, se herían a sí mismos, no respetaban a sus semejantes; su vida, en síntesis, era horripilante, con miserias y abominaciones.

Si antes no se veían por ahí las patrullas de la policía, des­pués éstas andaban siempre visitando la colonia. Si antes esa colonia era pacífica, después se convirtió en un infierno. Así pude evidenciar que el nivel del Ser atrae nuestra propia vida, eso es obvio.

Supongamos que uno de esos habitantes resolviera de la no­che a la mañana respetarse a sí mismo y respetar a los demás, ob­viamente cambiaría.

La Auto imagen: Necesitamos tener un concepto exacto sobre nosotros mis­mos. Cada cual tiene un concepto falso sobre sí mismo.

Resulta impostergable reencontrarnos a nosotros mismos, auto-conocernos, reeducarnos y revalorizarnos correctamente.

La mente embotellada dentro del ego, desconoce los autén­ticos valores del Ser. ¿Cómo podría la mente reconocer lo que jamás ha conocido?

La libertad mental sólo es posible liberando la mente.

La imagen de un hombre da origen a su imagen exterior. El exterior es el espejo donde se refleja el interior. Cualquier persona es el resultado de sus propios procesos mentales.

El hombre debe auto-explorar su propia mente si desea valorarse y auto-imaginarse correctamente.

No olvidemos que lo exterior es tan solo la reflexión de lo interior, eso ya lo dijo Emmanuel Kant, el filósofo de Königsberg. Si estudiamos cuidadosamente la "Crítica de la Razón Pura", des­cubrimos ciertamente que lo exterior es lo interior, palabras tex­tuales de uno de los grandes pensadores de todos los tiempos.

La imagen exterior del hombre y las circunstancias que le rodean son el resultado de la auto-imagen. Todos tenemos una auto-imagen; esta palabra compuesta, "auto" e "imagen", es profundamente significativa.

Precisamente, me viene a la memoria en estos momentos la fotografía aquella de Santiago. Se le saca una fotografía a nuestro amigo Santiago y como cosa curiosa, salen dos Santiagos: uno muy quieto, en posición de firmes, con el rostro hacia el frente; el otro, aparece caminando frente a él con el rostro en forma diferente, etcétera. ¿Cómo es posible que en una foto salgan dos Santiagos?

Yo creo que esta foto vale la pena ampliarla, porque puede servir para mostrarla a todas las personas que se interesan por es­tos estudios. Obviamente, pienso que el segundo Santiago sería la auto-reflexión del primer Santiago, eso es obvio; porque escrito está que la imagen exterior del hombre y las circunstancias que le rodean, son el resultado de la auto-imagen.

También está escrito que lo exterior es tan solo la reflexión de lo interior. Así es que si nosotros no nos respetamos, si la imagen interior de nosotros mismos es muy pobre, si estamos lle­nos de defectos psicológicos, incuestionable­mente, surgirán eventos desagradables en el mundo exterior, como dificultades económicas, sociales, etc. No olvidemos que la imagen exterior del hombre y las circunstancias que le rodean, son el resul­tado de su auto-imagen.

Todos tenemos una auto-imagen y fuera existe la imagen física que puede ser fotografiada, pero dentro tenemos otra ima­gen. Para aclarar mejor, diremos que fuera tenemos la imagen físi­ca y sensible y dentro tenemos la imagen de tipo psicológico e hipersensible.

Si fuera tenemos una imagen pobre y miserable y si a esta imagen le acompañan circunstancias desagradables, una situación económica difícil, problemas de toda especie, conflictos, ya sea en la casa, en el trabajo, en la calle, etc., esto se debe sencillamente a que nuestra imagen psicológica es pobre, defectuosa y horripilante; y en el medio ambiente reflejamos nuestra miseria, nuestra nadi­dad, lo que somos.

Si queremos cambiar, necesitamos un cambio total y magno. Imagen, valores e identidad, deben cambiar radicalmente.

Necesitamos una nueva identidad, nuevos valores y nueva imagen, esto es revolución psicológica, revolución íntima. Es ab­surdo continuar dentro del círculo vicioso en el que actualmente nos movemos. Necesitamos cambiar integralmente.

La auto-imagen de un hombre da origen a su imagen exterior. Al decir auto-imagen, me refiero a la imagen psicológica que tene­mos dentro. ¿Cuál será nuestra imagen psicológica? ¿Será la del iracundo, la del codicioso, la del lujurioso, la del envidioso, la del orgulloso, la del perezoso, la del glotón, o qué? Cualquiera que sea la imagen que de sí mismos tengamos, o mejor dijéramos, la au­to-imagen, dará origen como es natural, a la imagen exterior.

La imagen exterior, aunque esté muy bien vestida, podría ser pobre. ¿Es acaso bella la imagen de un orgulloso, de alguien que se ha vuelto insoportable, que no tiene un grano de humildad? ¿Es acaso agradable la imagen de un lujurioso? ¿Cómo actúa un luju­rioso, cómo vive, qué aspecto presenta su recámara, cuál es su comportamiento en la vida íntima con el sexo opuesto, o tal vez está ya degenerado? ¿Cuál sería la imagen externa de un envidio­so, de alguien que sufre por el bienestar del prójimo y que en se­creto hace daño a los otros por envidia? ¿Cuál es la imagen de un perezoso que no quiere trabajar y que está sucio y abominable? ¿Y la de un glotón...?

Así que en verdad, la imagen exterior es el resultado de la imagen interior y esto es irrefutable.

Si un hombre aprende a respetarse a sí mismo, cambia su vida, no solamente dentro del terreno de la Ética o del de la Psi­cología, sino también dentro del terreno social, económico y hasta político. Pero hay que cambiar. Por eso, insisto que identi­dad, valores e imagen deben ser cambiados.

La identidad, valores e imagen actuales que de sí mismos tenemos son miserables. Debido a eso la vida social está llena de conflictos y problemas económicos. Nadie es feliz por estos tiem­pos, nadie es dichoso. Incuestionablemente, necesitaríamos desintegrar el ego.

El dominio de la mente

Es claro que nos toca irnos independizando cada vez más y más de la mente. La mente es un calabozo, una cárcel donde to­dos estamos prisioneros. Necesitamos evadirnos de esa cárcel si es que realmente queremos saber qué cosa es la libertad, esa libertad que no es del tiempo, esa libertad que no es de la mente.

Ante todo, debemos considerar a la mente como algo que no es del Ser. La gente, desafortunadamente, muy identificada con la mente, dice: ¡Estoy pensando! Y se siente siendo mente.

Hay escuelas que se dedican a fortalecer la mente. Dan cursos por correspondencia, enseñan a desarrollar la fuerza mental, etc., mas todo eso es absurdo. No es fortificando los barrotes de la pri­sión donde estamos metidos, lo indicado, lo que necesitamos es destruir esos barrotes para conocer la verdadera libertad, que, co­mo he dicho, no es del tiempo.

Mientras estemos en la cárcel del intelecto, no seremos capa­ces de experimentar la verdadera libertad.

La mente, en sí misma, es una cárcel muy dolorosa, nadie ha sido feliz con la mente. Hasta la fecha no se ha conocido el primer hombre que sea feliz con la mente. La mente hace desdichadas a todas las criaturas, las hace infelices. Los momentos más dichosos que hemos tenido todos en la vida, han sido siempre en ausencia de la mente, han sido un instante, sí, pero que ya no se nos podrá olvidar en la vida; en tal segundo hemos sabido lo que es la felici­dad, pero esto sólo ha durado un segundo. La mente no sabe qué cosa es felicidad, ¡ella es una cárcel!

Hay que aprender a dominar la mente, no la ajena, sino la propia, si es que queremos independizarnos de ella.

Se hace indispensable aprender a mirar a la mente como algo que debemos dominar, como algo que, digamos, necesitamos amansar. Recordemos al Divino Maestro Jesús entrando en su bo­rrico a Jerusalén en Domingo de Ramos, ese borrico es la mente que hay que someter. Debemos montar en el borrico, no que él monte sobre nosotros. Desgraciadamente, la gente es víctima de la mente puesto que no sabe montar en el borrico. La mente es un borrico demasiado torpe que hay que dominar si es que verdadera­mente queremos montar en él.

Durante la meditación debemos platicar con la mente. Si alguna duda se atraviesa, necesitamos hacerle la disección a la du­da. Cuando una duda ha sido debidamente estudiada, cuando se le ha hecho la disección, no deja en nuestra memoria rastro alguno, desaparece. Pero cuando una duda persiste, cuando queremos no­sotros combatirla incesantemente, entonces se forma conflicto. Toda duda es un obstáculo para la meditación. Pero no es recha­zando las dudas como vamos a eliminarlas, es haciéndoles la disec­ción para ver qué es lo que esconden de real.

Cualquier duda que persista en la mente se convierte en una traba para la meditación. Entonces, hay que analizar, descuartizar, reducir a polvo la duda, no combatiéndola, sino abriéndola con el escalpelo de la autocrítica, haciéndole una disección rigurosa, im­placable. Sólo así vendremos a descubrir qué es lo que no había de importante en la duda, qué era lo que había de real en la duda y qué de irreal.

Entonces, es necesario interrogar a la mente, decirle: Pero bue­no, ¿qué es lo que tú quieres, mente? Bien, ¡contéstame! Si la meditación es profunda, puede surgir en nosotros alguna represen­tación; en esa representación, en esa figura, en esa imagen, está la respuesta. Debemos entonces platicar con la mente y hacerle ver la realidad de las cosas, hasta hacerle ver que su respuesta está equivocada; hacerle caer en cuenta que sus preocupaciones son inútiles y el motivo por el cuál son inútiles. Y al fin, la mente que­da quieta, en silencio. Mas, si notamos que no surge la iluminación todavía, que aún persiste en nosotros el estado caótico, la confu­sión incoherente con su lucha y parloteo incesante, entonces, tene­mos que llamar nuevamente a la mente al orden, interrogarla: ¿Qué es lo que tú quieres? ¿Qué es lo que andas buscando? ¿Por qué no me dejas en paz? Hay que hablar claro y platicar con la mente como si fuera un sujeto extraño, porque ciertamente ella es un sujeto extraño, porque ella no es del Ser. Hay que tratarla co­mo a un sujeto extraño, hay que recriminarla y hay que regañarla.

El dominio de la mente va más allá de la meditación de los opuestos. Así, si por ejemplo, nos asalta un pensamiento de odio, un recuerdo malvado, pues hay que tratar de comprenderlo, tratar de ver su antítesis que es el amor. Si hay amor, ¿por qué ese odio? ¿Con qué objeto?

Surge, por ejemplo, el recuerdo de un acto lujurioso. Enton­ces, hay que decir: ¿Por qué he de profanar lo santo con mis pensamientos morbosos?

Si surge el recuerdo de una persona alta, se le debe ver bajita y eso estaría correcto puesto que en la síntesis está la clave.

Saber buscar siempre la síntesis es benéfico porque de la tesis hay que pasar a la antítesis pero la verdad no se encuentra ni en la antítesis ni en la tesis. En la tesis y en la antítesis hay discusión y eso es lo que realmente se quiere; afirmación, negación, discusión y solución. Afirmación de un mal pensamiento, negación del mis­mo mediante la comprensión de su opuesto. Discusión: hay que discutir qué es lo que tiene de real de uno y otro hasta llegar a la sabiduría y dejar la mente quieta y en silencio. Así es como se de­be practicar.

Todo eso es una parte de las prácticas conscientes, de la ob­servación de lo que hay de inatento. Pero si decimos simplemente: es el recuerda de una persona alta y le ponemos enfrente a una persona bajita y punto; no está correcto. Lo correcto seria decir, lo alto y lo bajo no son sino dos aspectos de una misma cosa, lo que importa no es lo alto ni lo bajo sino lo que hay de verdad de­trás de todo eso. Lo alto y lo bajo son dos fenómenos ilusorios de la mente. Así es como se llega a la síntesis y a la solución.

Hay que hacer de la vida corriente una continua meditación. Así es como viene la verdad realmente.

Lo importante es li­berarse de la mente, y siendo libres de ella, hay que aprender a de­senvolvernos en el mundo del Espíritu Puro sin la mente.

Cuán necios son aquéllos que hacen propagandas mentales, aquéllos que prometen poderes mentales, que les enseñan a otros a dominar la mente ajena, etc. La mente no ha hecho feliz a nadie. La verdadera felicidad está mucho más allá de la mente. Uno no puede llegar a conocer la felicidad hasta que no se independice de la mente.

No negamos el poder creador de la mente, es claro que todo lo que existe es mente condensada. Pero, ¿qué ganamos con eso? ¿Acaso la mente nos ha dado felicidad? Podemos nosotros hacer maravillas con la mente, crearnos muchas cosas en la vida. Los grandes inventos son mente condensada pero este tipo de creacio­nes no nos ha hecho felices.

Lo que necesitamos es independizarnos, salir de ese calabozo de la materia porque la mente es materia. Hay que salirnos de la materia, vivir en función de espíritus, como seres, como criaturas felices más allá de la materia. A nadie le hace feliz la materia, la materia siempre es grosera aunque asuma formas hermosas.

Si nosotros buscamos la auténtica felicidad, no la encontra­remos en la materia sino en el espíritu. Necesitamos libertarnos de la mente. La verdadera felicidad viene a nosotros cuando nos sali­mos del calabozo de la mente. No negamos que la mente pueda ser la creadora de las cosas, de los inventos, de las maravillas y de los prodigios, pero, ¿acaso, eso nos da la felicidad? ¿Cuál de nosotros es feliz?

El hombre que permite que se exprese en él de manera espon­tánea eso que se llama el autojuicio o juicio interior, será guiado por la voz de la conciencia y marchará por el camino recto.

Todo hombre sometido al autojuicio se convierte de hecho y por derecho propio en un buen ciudadano, en buen esposo, en un buen misionero, en un buen padre, etc.

Para conocer nuestras íntimas contradicciones, es necesario auto-descubrirnos. Quien se auto-descubre puede trabajar con éxito en la disolución del yo pluralizado.

Las íntimas contradicciones se fundamentan en la pluralidad del yo, las tremendas contradicciones que cargamos dentro, nos amargan la vida lastimosamente. Somos obreros y queremos ser potentados; soldados y queremos ser generales. Pensamos conse­guir una casa propia y luego que ya la conseguimos, la vendemos porque nos cansa y queremos otra.

Con nada estamos contentos, buscamos la felicidad en las ideas y éstas también desfilan y pasan. Buscamos la felicidad en la convivencia, con las amistades, que hoy están con nosotros y mañana contra nosotros. Vemos pues que todo es ilusorio.

Nada en la vida puede darnos la felicidad. Con tantas con­tradicciones somos unos miserables.

Es necesario acabar con el yo pluralizado, sólo así podemos acabar con el origen secreto de todas nuestras contradicciones y amarguras.

Epidemias Mentales

Si un hombre piensa tanto en sentido bueno como malo, las ondas que emanan de su mente llegarán a la mente de cada individuo. Las ondas mentales se propagan por todas partes. Cuando las ondas son de sabiduría y amor, benefician a todos aquellos que las reciben. Cuando las ondas están permeadas con la devoción y veneración hacia Dios, llevan paz y consuelo a todos aquellos que están en sufrimiento. Las ondas mentales venenosas dañan la mente ajena. Las ondas mentales de odios, envidias, codicia, lujuria, orgullo, pereza, gula, etc., producen epidemias mentales. Las ondas mentales perversas envenenan con su radiactividad a muchas mentes débiles. El caso de "los rebeldes sin causa" es un buen ejemplo de lo que son las epidemias mentales. Los "rebeldes sin causa" se han convertido en una plaga mala y dañosa. La causa de esta epidemia mental debemos buscarla en la imaginación mal usada.

Los salones de cine exhiben películas de bandidos y pistoleros que luego se graban en la mente de los jovencitos. Los padres de familia regalan a sus niños; pistolas, carritos de guerra, cañoncitos, soldaditos de plomo, ametralladoras de juguete, etc., etc. Todo esto se refleja con fuerza en la imaginación de niños y adolescentes. Vienen luego las revistas y cuentos de ladrones y policías, las revistas pornográficas, etc. El resultado de todo esto no se hace esperar, y al poco tiempo, el niño, el adolescente se convierte de hecho en el rebelde sin causa, y más tarde, en el ladrón, en el bandido profesional, en el timador, etc.

Se necesita practicar higiene mental. Es urgente una medicina preventiva. Cultive usted la sabiduría y el amor. Haga usted mucha oración diariamente. Seleccione usted las obras de arte: le aconsejamos la buena música, la música clásica, la buena pintura, las obras de un Miguel Ángel, las grandes óperas, etc. Evite usted los espectáculos dañosos para la mente: los espectáculos sangrientos como el boxeo, la lucha libre, los toros, etc. Esta clase de espectáculos producen epidemias mentales. Cuide usted su mente: no permita usted que dentro del templo de la mente penetren los malos pensamientos. Sea usted puro en pensamiento, palabra y obra. Enséñeles a sus hijos todo lo bueno, lo verdadero y lo bello

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