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Desobediencia en la familia

Autor: Centre Londres 94
Curso:
9,50/10 (2 opiniones) |630 alumnos|Fecha publicación: 15/04/2010

Capítulo 4:

 El respeto y la autoridad

Sin autoridad no es posible la educación. La autoridad es una cualidad mediante la cual una persona tiene un ascendente sobre otra. Son sinónimos de ascendente: influencia, prestigio, poder, y fuerza moral.

La autoridad nos la ganamos o nos la perdemos cada uno de nosotros. La madre no puede beneficiarse de la del padre ni viceversa, ni un maestro de la de su compañero.

Repitámoslo: es cuestión de ganarse el prestigio, la fuerza moral, el poder, o la influencia sobre el hijo. Lógicamente todo dependerá de la relación que hayas podido establecer entre él y tú. Es una relación fundamental entre dos personas.

¿Sabes qué te permitirá actuar con sabia y serena autoridad? Que entre tu hijo y tú haya nacido una buena relación amorosa. Si los lazos afectivos son primordiales en todo el proceso educativo, para que nazca la autoridad también.

A menudo usamos metáforas para ayudar a entender las bases sobre las que se fundamenta la educación. Compararemos al niño a una locomotora que para andar el largo camino de la maduración va a necesitar dos raíles por los que circular. Con sólo un rail descarrila y no llega a ningún sitio. Son necesarios pues dos raíles. Uno es el del afecto que conlleva una buena dosis de tolerancia: La actitud tolerante, la aceptación del hijo, el dejarle respirar, el saber hacer ver que no ves y que no oyes, crea un ambiente de paz y afecto. Es pues un rail fundamental.

Pero con amor no basta. Es preciso otro rail que es el de la autoridad.¿Quieres a tu hijo?¿El lo sabe? ¿Te quiere él? ¿Lo notas? Pues bien, si eso es cierto, cuando estas por él, cuando lo alimentas, cuando juegas, lo lavas, lo besuqueas, pero también cuando le pones un horario, lo vacunas, le evitas los peligros, estas ejerciendo tú autoridad, y quizás no te das cuenta de ello.

Más adelante vendrán las ordenes verbales, el "sí" y el "no", el "más" y el "basta". ¿Quizás esto será mucho más difícil? No lo creas; ya comentaremos como hay que enfocarlo.

Insistimos en que el fundamento de la autoridad nace de una buena relación afectiva.

Si tu hijo se siente gratificado por ti, si sabe que él es importante para ti, de esta buena relación amorosa nacerá por parte del hijo un respeto profundo y auténtico, una admiración e incluso unas ganas de imitar a los padres.

Pero la autoridad no es solamente poner límites induciendo al hijo a no hacer lo que esta mal, sino que, básicamente, es aquella cualidad del educador que da un impulso al niño, unas ganas de hacer lo que está bien, por imitación de sus educadores. Esto es la autoridad, la influencia que ejerces sobre el otro sin imponer nada, por afecto, por ejemplo, por admiración. Y esto, a los padres nos compromete.

En la relación padres-hijos pesa más lo que sentimos y somos que lo que decimos. No los podemos educar sobre una escala de valores si no somos consecuentes. Si no somos sinceros sonará a falso y con toda la razón del mundo no conseguiremos nuestro propósito.

Decíamos que en el rail del afecto había incorporada la tolerancia, esta sabia actitud de los padres con experiencia, que saben crear la paz ambiental, algo tan imprescindible para madurar. Pero sabido es que la tolerancia tiene un límite.

A veces hay que decir "basta" y "no" pero también el "más" y el "vamos allá", que va indicando al hijo hasta donde puede llegar. La autoridad es necesaria para hacerlo efectivo.

La autoridad se puede comparar al cauce del río que contiene el agua corriente y (evitando que salga de madre) la conduce al mar. El lecho del río lo podemos hacer mas amplio o angosto según las circunstancias (si somos tolerantes, más amplio; si intervenimos más, más angosto). Lo importante es que la autoridad, (las paredes del río), contengan siempre las aguas, y eviten su desbordamiento por lo que el río podrá seguir su camino.

La autoridad da seguridad y la seguridad permite crecer y avanzar.

Vamos a comentar sucintamente algunas reglas para hacer eficaz nuestra autoridad, porque la autoridad es eficaz o no es:

3.1.- Hay que hacer cumplir lo que ordenamos.

Los padres debemos administrar la autoridad con serenidad, sabiendo siempre lo que ordenamos, porque lo ordenamos y, sobretodo, si seremos capaces de hacerlo cumplir. Si no somos capaces de hacer cumplir una orden es mejor no darla; la única cosa que conseguiremos será desautorizarnos y que el niño aprenda a desobedecer. Cuantas más órdenes damos que no se cumplen más nos desautorizamos y más desobediente hacemos al niño. Porque la terrible pregunta es: ¿Hijos desobedientes o padres sin autoridad? Si el niño descubre que cuando le ordenas una cosa no lo haces nunca en vano, y te muestras enérgico haciendo cumplir la orden dada, el niño aprende a obedecer. Y aunque esté molesto y frustrado por la contrariedad, si se sabe mandado por un ser querido, que además se muestra fuerte y enérgico, ello le da mucha, muchísima seguridad. De él se fía. El adulto gana crédito, confianza, respeto e incluso aumenta su cariño.

No se trata pues de dar muchas órdenes, ni de hacer muchos reglamentos, ni de chillar; hay que saber dar una orden y ser capaces de hacerla cumplir, sin nada a cambio: ni premios ni castigos.

3.2. Mandar poco.

Hay que acostumbrarse a dar el mínimo de órdenes posible. La autoridad de un padre o una madre es inversamente proporcional al número de órdenes que da. Es decir: quien más autoridad tiene, menos órdenes da.

El autoritarismo es el abuso de la autoridad (que no se tiene)y se compensa ordenando mucho, amenazando, chillando y castigando. Un desastre total, una relación deteriorada, un caos con la tremenda sensación de fracaso personal y educativo.

Hay que mandar poco, muy poco, porque habremos de hacerlo cumplir.

3.3. Tarea irrenunciable.

Los padres tenemos el derecho y sobretodo el deber de actuar con autoridad ante nuestros hijos. De no hacerlo caeríamos en la actitud más nefasta que podemos evidenciar ante un hijo: el abandono.

Renunciar a la autoridad por miedo a actuar, por pereza, por desidia, por principios libertarios, etc., es un grave error (o pecado de omisión para algunos) que nuestros hijos jamás nos perdonaran.

Ceder por comodidad es lo más fácil (ejercer la autoridad no es cómodo, ni fácil, ni bonito) pero no es la mejor manifestación de amor paterno.

Por desgracia en nuestro tiempo son muchos los niños y los adolescentes que marcan las normas del comportamiento al resto de la familia. Son pequeños dictadores que tiranizan sus padres. Aunque no nos guste hablar de culpables, en estos casos, son casi siempre los padres los responsables de estas actitudes que no han querido o sabido atajar a tiempo.

El padre y la madre deben ganarse la autoridad y el respeto. También deben reforzarse uno al otro, pero cada uno debe ser dueño de su autoridad, lo cual es garantía de seguridad para los hijos.

3.4. La edad.

Es evidente que la autoridad deberá ser muy directiva los primeros años de vida. El niño no puede decidir nada por su cuenta y sin quererlo está sometido absolutamente a nuestra autoridad.

Durante los seis primeros años de vida, y de forma progresiva, esta educación directiva se transforma en una educación responsabilizadora. La autoridad inicial, impuesta por necesidad, debe derivar a través del tiempo en una autoridad que nuestro hijo nos va a reconocer.

Si la relación familiar entre padres e hijos es buena, de los seis a los doce años, las vías afectivas y de autoridad deberían facilitar una buena marcha en la maduración y la adquisición de responsabilidades. El niño debe llegar a ser plenamente autónomo de sus actividades, colaborar en la familia, para abrirse al mundo aportando sus ideas, su esfuerzo, reforzando así su autoestima.

En la adolescencia esto debería ser mucho más marcado. La educación si las cosas se han hecho bien, deberá ser esencialmente responsabilizadora de manera que la autoridad y el respeto deberán estar plenamente reconocidos por el propio adolescente (autoridad autoimpuesta). La intervención directiva en este período debería ser mínima. El diálogo, la comprensión, y la confianza deberían presidir las relaciones.

Hay que entender que, cuando un adolescente hace caso de sus padres, es por que quiere, porque les reconoce su autoridad. Cuando las cosas van mal, los padres ya pueden dar órdenes y más órdenes, que de nada van a servir. Al menos de nada positivo. Si durante los primeros doce años, las relaciones han sido sanas, salvo excepciones, no debería haber graves problemas de autoridad.

3.5. No os quejéis. Actuar padre y madre.

Si la autoridad funciona, es decir, si nosotros, los educadores, hacemos las cosas bien, no tendremos motivo de queja. Si tenemos algún conflicto miraremos de solucionarlo. Lo que no haremos será quejarnos del comportamiento del niño, ni en privado ni en público, y evitaremos una triste exhibición de impotencia y de ridículo a la vez.

Que la madre no crea que, por el mero hecho de serlo, el hijo va a ser obediente con ella. Esto se lo gana cada uno. No vale advertir al hijo que (ante la impotencia materna) se lo dirá todo a su padre, para que este tome medidas. Triste, lamentable y espantoso ridículo el de la madre que actúa así.

Lo mismo decimos a los padres. Muchos hombres, ven como las madres salen más airosas de los conflictos cotidianos, y se refugian en ello diciendo en voz alta: "mamá, mira que hace tú hijo..." para que venga la matrona y arregle el desaguisado. No. Esto es cobardia, jeta, abandono, pereza o debilidad. Cinco lacras que no podemos tolerar, si es que queremos a nuestros hijos, y entendemos que de la relación con ellos, no sólo es necesaria la vía del afecto, la comprensión y la tolerancia, sino que es necesario, actuar con autoridad (quizás el aspecto más desagradable de la educación) cuando sea necesario.

Capítulo siguiente - El perfil del niño difícil

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