El secreto del equilibrio radica en alcanzar la habilidad emocional de apreciar actitudes por encima de aptitudes
Cuando entramos a trabajar en un nuevo empleo, o nos integramos en un grupo de nuevos amigos, o conocemos a los familiares de la persona con la que vamos a prometernos sentimentalmente, adoptamos, de forma automática, una actitud prudente y positiva. Escuchamos con atención, pensamos las palabras precisas antes de hablar, nos comportamos con cuidadosa exquisitez. En suma, disciplinamos nuestra actitud pues intuimos que va a ser crucial en la imagen que ofrezcamos de nosotros mismos. En esos momentos, comprendemos que lo básico es la actitud a mantener (de respeto, por ejemplo), y sobre la misma se podrán edificar las aptitudes (por ejemplo: hacerse simpático). Las aptitudes se construyen sobre los cimientos de las actitudes. ¿Pero a qué llamamos actitudes? ¿Qué son?
En nuestra vida diaria atendemos mucho más a las aptitudes que a las actitudes, a las habilidades, a las capacidades, pensando que serán éstas las decisivas. Y a corto plazo, es muy posible que así sea. Pero a mediano y largo plazo, las que van a resultar fundamentales en nuestra relación con los demás, y con nosotros mismos, serán las actitudes. El control de las propias actitudes, y el desarrollo de las positivas y la mejora de las negativas, debe ser objeto de atención.
Estar dispuesto a buscar la actitud adecuada, implica por ende tener una correcta motivación. ¿Qué es entonces lo que nos motiva a ello? ¿Para qué hago esto? o ¿Para quién? Es importante responder estas interrogantes para poder buscar sustentabilidad en el tiempo, porque si mi motivación no es la correcta, el desarrollo de mis capacidades será tan ligero, poco perceptible o efímero, que con el tiempo, al no ver los resultados, termine produciendo en mí más decepción o desmotivación que satisfacción de logros. Aunque en otros casos también se produce otro fenómeno, que mi motivación inicial sea solo el comienzo de algo y en la medida, en que voy entendiendo mi propia necesidad de ver desarrolladas mis capacidades, voy cambiando mis motivaciones, y mayor será el resultado.
Nadie puede estar más interesado que nosotros mismos, de ver resultados provechosos en nuestras vidas. Sin embargo, a veces la desmotivación, bloquea la percepción de nuestra necesidad. Hay momentos en los que sentimos que ni siquiera merecemos lo mejor, o sencillamente buscar mejorar, en esos momentos somos atacados por la baja autoestima que paraliza el deseo de movernos, cambiar de actitud, de actividad u ocupación, limitando el hecho de que en ese cambio, pudiese estar oculto la posibilidad de recuperar el sentido y la alegría de vivir.
Cuando entiendo que el mayor motivador soy yo mismo (auto-motivación), se abre una puerta en el universo que le permite ofrecerme lo que merezco por derecho de vida, dándome el derecho a la felicidad sin que esto signifique ignorar o atentar contra el derecho de otros. Cuando entiendo que para lograrlo solo necesito, desearlo, por amor a mí, entiendo que solo puedo ver resultados, si comienzo de adentro, eso es lo que entendemos como: Renovados espiritualmente.
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