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Las Cruzadas

Autor: Mª Belén
Curso: 0/5 |1601 alumnos|Fecha publicación: 24/05/2006

Capítulo 2:

 La caída de Jerusalén

En 1076 los turcos selyúcidas (llamados así por su mítico líder Selyuk) conquistaron Jerusalén, después de conseguir todas las ciudades del Mediterráneo Oriental y la mayor parte de Asia Menor. Hasta el momento estos territorios pertenecían al Imperio Bizantino, cuya capital, Constantinopla, se erigía como la ciudad más próspera y poderosa del mundo conocido.

El 1081, tras una sucesión desafortunada de monarcas poco capaces, sube al trono bizantino el general Alejo Comneno, que decide hacer frente a la amenaza turca. Pero para ello necesitaba la ayuda de Occidente, que contaba con un ejército mercenario muy capaz.

Alejo envía emisarios para hablar con el Papa Urbano II y pedirle su intercesión en el reclutamiento de los mercenarios, a pesar de que las ramas occidental y oriental de la cristiandad habían roto relaciones en 1054. Era, pues, un buen momento para lograr la reunificación de la iglesia ortodoxa griega con la romana.

El mundo Oriental no fue el único que se estremeció ante la invasión de los selyúcidas: la caída de la Ciudad Santa del cristianismo conmocionó a los estados europeos, que empezaron a temer que los turcos hicieran desaparecer su religión.

Empezaron a llegar a Europa numerosos rumores acerca de torturas y otros horrores cometidos contra peregrinos en Jerusalén por las autoridades turcas. También se decía que los Lugares Santos estaban en peligro, lo que era falso. Los Lugares Santos para los cristianos también lo eran para los musulmanes que los ocupaban desde el año 638. A diferencia de los cristianos, que eran completamente intolerantes con las otras creencias religiosas, los musulmanes en general toleraban a los cristianos y las otras creencias, siempre que no causaran problemas. En Tierra Santa los cristianos convivían con musulmanes y judíos, y a los peregrinos se les permitía la visita a los Lugares Santos tras el pago de un impuesto. Mahoma hacía referencia a los cristianos como "el pueblo del Libro" y, por lo tanto, "más cerca de los creyentes". El historiador Ibn al-Atir, basándose en testimonios dejados por los contemporáneos, describía la situación de los ciudadanos cristianos de la ciudad de Antioquia ante el peligro de las Cruzadas:

"Cuando al señor de Antioquia, Yaghi Siyan, los informaron de que se acercaban los frany [palabra con la que los musulmanes designaban a los occidentales], temió un movimiento de sedición por parte de los cristianos de la ciudad, por tanto, decidió expulsarlos.

El primer día, Yaghi Siyan ordenó a los musulmanes que salieran a limpiar los pozos que rodean la ciudad. Al día siguiente, para efectuar el mismo trabajo, envió sólo a los cristianos. Les hizo trabajar hasta la caída de la tarde y, cuando quisieron volver a la ciudad, se lo impidió diciendo: `Antioquía es vuestra, pero tenéis que dejármela hasta que haya solucionado nuestros problemas con los frany´. Le preguntaron: `¿Quién protegerá a nuestros hijos y a nuestras mujeres?´. El emir contestó: `Yo me ocuparé de ellos en vuestro lugar´. Protegió efectivamente a las familias de los expulsados y no permitió que se les tocara ni un pelo de la cabeza". (Los testimonios de Ibn al-Atir y otros cronistas árabes están extraídos del libro Las cruzadas vistas por los árabes, de Amin Maalouf).

En este estado de cosas, Urbano II sondea los ánimos de la gente de Europa y encuentra la mejor predisposición posible para su llamada, ya que los ciudadanos arden de ira por las supuestas atrocidades de los turcos. Aprovecha los sentimientos de los europeos para dos cosas: una, enviarle un ejército a Alejo, y dos, entretener a los nobles con una tarea común para que olvidaran los enfrentamientos internos que estaban desangrando sus países. La Iglesia estaba preocupada desde antiguo por el problema de las "guerras fraternales", de las luchas entre cristianos, y vio en la Cruzada el medio de poner fin -al menos momentáneamente- a los conflictos que sufría la cristiandad. Además, la misión aumentaría el prestigio y la autoridad de la Iglesia y confirmaría el poder de Urbano, amenazado por la aparición de un anti-papa apoyado por el Sacro Emperador Romano Germánico, Enrique IV.

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