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Crecimiento espiritual

Autor: Patricia Rousselot
Curso: 5/5 5/5 (3 opiniones) |4101 alumnos|Fecha publicación: 22/03/2007

Capítulo 4:

 Iniciación Maestro

El Dharma

es la naturaleza interior que ha alcanzado, en cada hombre un cierto "grado de desarrollo y florecimiento". Esta naturaleza interior es la que modela la vida exterior, la que se expresa por los pensamien­tos, palabras y acciones y a la que el nacimiento físico ha colocado en un medio favorable a su crecimiento. Lo primero que hay que compren­der bien es que el Dharma no es una cosa ex­terior como la ley, la virtud, la religión o la justicia. Es la ley de la vida que se desarrolla y modela a su propia imagen todo lo que le es exterior.

Llamamos humani­dad tienen un pasado mayor que todos los demás. Cada gran clase se distingue, por su anti­güedad. Lo mismo en un hombre, la vida se­parada e individual (entiéndase, no la vida esen­cial, sino la vida individual y separada) difiere de la de otro hombre. Diferimos por la edad de nuestras existencias individuales, como dife­rimos por la edad de nuestros cuerpos físicos. La vida es una, una en todo, pero ha sido invo­lucionada en épocas diferentes, si se tiene en cuenta el punto de partida dado al germen que crece. Es necesario comprender bien esta idea. Cuando un universo toca a su fin, se encuen­tran en él entidades que han alcanzado diversos grados de desenvolvimiento. Ya he dicho que un mundo se relacionaba a otro mundo y un Universo a otro Universo. Ciertas unidades se encontrarán al principio en un período de evo­lución poco avanzado; otras, muy cerca del mo­mento en que su conciencia se extenderá hasta Dios. En este Universo habrá cuando su periodo de existencia llegue a su fin, todas las diferen­cias de crecimiento resultantes de las diferencias de edad. No hay más que una vida en todos; pero el grado de desenvolvimiento de una vida particular depende del tiempo desde que ha co­menzado a evolucionar separadamente. Tocamos aquí a la misma raíz de nuestro problema, una sola vida inmortal, eterna, infinita por su origen y por su fin. Solamente que esta vida se manifiesta siguiendo diferentes grados de evolución, diferentes periodos de desenvolvimiento. Las facultades inherentes se manifiestan más o menos y proporcionalmente a la edad de la vida separada.

La naturaleza misma determina el grado de evolución alcanzado. Después vienen las condiciones a que están subordinados los progresos ulteriores de su evolución. Poned estas dos ideas en con­tacto y comprenderéis porqué nuestro propio Dharma es el único camino que lleva a la per­fección. Mi Dharma es el grado de evolución alcanzado por mi naturaleza en el desenvolvimiento de la semilla divina que está en mi misma, mas la ley de vida que determina la manera de que yo debo elevarme al grado siguiente. El pertenece al yo separado. Es pre­ciso que yo conozca el grado de mi desenvolvi­miento y que conozca también la ley que me permite llevarlo más lejos. Entonces yo conoceré mi Dharma y siguiéndole iré hacia la perfección. Realizando el sentido de lo que precede, ve­mos claramente la razón por la cual es preciso estudiar esta condición presente y este período que va a seguir. Si no conocemos el grado alcanzado actualmente, forzosamente ignoraremos el grado siguiente que debe ser nuestro obje­tivo y por lo tanto actuamos contra nuestro Dharma y retardamos nuestra evolución. En cambio, conociendo una y otro podemos tra­bajar de una manera conforme a nuestro Dharma y apresurar nuestra evolución.

Esto explica porqué la moralidad es una cosa relativa, porqué el deber debe ser diferente para cada alma según su grado de evolución. Si aplicamos esto a las disquisiciones del bien y del mal, veremos que nos será posible resolver algunos de los problemas de más sutil moralidad considerándolos según este principio. En un Universo condicional, el bien y el mal absolutos no son encontrados nunca, sino solamente el bien y el mal relativos

La vida contiene todo potencialmente, pero nada manifestado de an­temano. Contiene todo en germen, pero nada como organismo desenvuelto. La semilla es lo que está colocado en las olas inmensas de la materia.

Nuestro punto de partida es la vida que se mezcla a la materia. Estos gérmenes de vida, estas miríadas de simientes, o, para emplear la expresión de los Upanishads, estas innume­rables chispas, emanan todas de la Llama única, que es el Supremo Bráhman. Es necesario que en estas simientes se despierten las cualidades. Estas cualidades son fuerzas, pero fuerzas ma­nifestadas a través de la materia. Una tras otra

El Dharma, recordadlo, comprende dos elementos: la naturaleza interior en el punto a que ha llegado y la ley que determina su desenvolvi­miento en el período que se va a abrir ante ella. El Dharma debe ser proclamado por cada uno. El primer Dharma es el del servicio. Cualquiera que sea el país en que las almas sean nacidas, desde el momento en que han dejado tras ellas los períodos preliminares, su naturaleza interior exige que sean sometidas a la disciplina del servicio y que adquieran, sirviendo, las cualidades necesarias para su crecimiento en el pe­riodo que comienza. La facultad de actuar con independencia queda ahora muy restringida. En este período relativamente poco avanzado, hay más tendencia a ceder a las impulsiones exteriores que a manifestar un juicio formado tomando un partido determinado emanado del interior.

Si presenta­mos a un alma que no está preparada, un ideal tan elevado que no se sienta conmovida, impedimos su evolución. Si le presentáis a un hom­bre vulgar el ideal de un Brahman, le ofreceréis un ideal imposible de perseguir y por consi­guiente, no hará nada. Si dirigís a un hombre palabras que no están a su alcance, creerá que no tenéis razón, porque le impulsáis a hacer algo de que no es capaz. Vuestra locura le ha presentado móviles que no le atañen. Eran más sabios los maestros de antaño, que daban a los niños golosinas y después lecciones más avan­zadas. Nosotros, en nuestra habilidad, hacemos valer a los ojos del más abyecto pecador, mó­viles que corresponden a un gran santo y así, en lugar de ayudar su evolución, la retardamos. Colocad vuestro propio ideal tan alto como sea posible, pero no lo impongáis a vuestro her­mano, pues la ley de su crecimiento puede ser enteramente diferente de la vuestra. Aprended la tolerancia que ayuda a cada hombre a hacer, donde quiera que esté, lo que para él es bueno hacer y lo que su naturaleza le impulsa a realizar. Dejándolo en su sitio, ayudadlo. Apren­ded esta tolerancia, que no siente alejamiento por nadie, ni aún por los pecadores, que ve una divinidad trabajando en cada hombre y está cer­ca de el para ayudarle. En vez de permanecer apartado a causa de un pique espiritual y de predicar a este hombre una doctrina de renunciamiento que es superior a él, haced, para ins­truir su joven alma, que su egoísmo superior sir­va para destruir su egoísmo inferior. No digáis al hombre vulgar que si no es trabajador traiciona su ideal. Decidle más bien: He aquí vuestra mujer a quien amáis y se muere de hambre. Trabajad para mantenerla, al hacer, valer este móvil, seguramente egoísta, haréis más por el avance de este hombre, que disertando ante él sobre  lo no condicionado y lo inmani­festado.

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