3.4 Globalización y antropo-ética
Por último, la gestión del conocimiento se da en el marco de la
globalización, en tanto este proceso trasciende cada vez más las
fronteras nacionales, insertándose en un contexto mundial. Y en
esto vienen teniendo una influencia significa las tecnologías de la
información y de la comunicación, como el Internet, la televisión
satelital, la telefonía móvil, etc., que permiten la comunicación
del conocimiento entre diferentes países de forma oportuna y
ágil.
Este análisis debe situarnos en el inicio, allí donde empieza la
globalización como la entendemos en la actualidad: como un proyecto
de los países llamados desarrollados de crear un espacio de
comercio común a nivel mundial, donde se nos invita a todos a
comercializar los bienes y servicios, mediante la comunicación
mundial. Y esto ya tiene una notable implicación ética: se trata de
que progresivamente los seres humanos interactuemos cada vez más y
abramos las puertas a otras culturas, pero el propósito es
principalmente utilitarista, en tanto es relacionarnos más a nivel
mundial, pero para hacer más negocios y abrir mercados, una
prioridad de los países desarrollados para poder exportar sus
excesos de producción.
Cuando la gestión del conocimiento se da esencialmente en este
marco de acción, es decir, cuando priorizamos trabajar con el
conocimiento al servicio del mercado mundial, que muchas veces es
al servicio de los países desarrollados, entonces se está
participando en consolidar el economicismo en la sociedad mundial,
a través de la ley de la oferta y de la demanda y el refuerzo del
individualismo, que se expresa muy bien con el término de «hommo
economicus», dejando de lado las otras dimensiones humanas,
como el amor por el conocimiento y la sabiduría en sí mismas, la
construcción del tejido social, la autorrealización personal, y la
búsqueda del desarrollo sostenible a través del equilibrio
ecológico con el medio ambiente.
Y es por eso que en todos estos aspectos estamos en crisis, y estas
crisis cada vez aumentan más su intensidad por las pocas acciones
que tenemos para afrontarlas. Miremos esto: cuando se da una crisis
económica, esto es una alerta mundial, y de inmediato todos
comienzan a participar para buscar resolverla.
Eso sucedió por ejemplo hace varios años con la crisis económica de
Argentina, y con el apoyo internacional este país se recuperó. Sin
embargo, cuando se trata de otros asuntos humanos igualmente
importantes como el problema del hambre en muchos países pobres, la
violencia sectaria, la violencia política, etc., allí si no se da
este proceso de apoyo masivo a nivel internacional. Allí no se da
la solidaridad internacional, y cuando se da ésta es porque hay
grandes intereses económicos en juego.
Estamos entonces en un proceso de mercado y de globalización desde
un pensamiento reduccionista, fragmentado, que no tiene como meta
la realización personal en correspondencia con el desarrollo social
y económico, en el marco de un desarrollo sostenible. De este modo,
la ética se reduce a códigos para regular las relaciones y
establecer sanciones, donde se desintegra como tal el sentido de
responsabilidad y solidaridad sistémica, sin buscar generar
procesos de convivencia en sí, con los otros y con el entorno en
una perspectiva del presente y pensando en las generaciones
futuras.
Entonces lo que se da es que nos movemos por códigos de ética, pero
no por una antropoética (Morin, 2002a), que logre vincular en toda
la sociedad mundial el bucle
individuo-sociedad-especie-humana-otras-especies-ambiente-cosmos.
Desde el pensamiento complejo, entonces, la ética es siempre una
antropo-ética vinculante del ecosistema en el cual está inmerso el
ser humano.
Y para ello son necesarios cuatro controles mutuos para la
regulación sistémica: los primeros dos controles son del individuo
por la sociedad y el de la sociedad por el individuo, a través de
la democracia (Morin, 2002a); el tercer control está en la
regulación social por la humanidad y viceversa mediante la
construcción de una ciudadanía terrestre en una comunidad
planetaria para generar una Tierra Patria, es decir, de un
estado-nacional mundial, para que, sin dejar de lado la pertenencia
a una región y a un estado-nación en particular, se participe en
esta comunidad mundial.
Y ello requiere, como dice Morin (2002a, b), una política de
civilización, en la cual afiancemos y construyamos políticas y
estrategias desde la antropo-ética. El cuarto control, es el
control de la especie humana por el ecosistema global y cósmico, y
viceversa, que sólo se logra con el desarrollo de la consciencia y
la sensibilidad ecológica.
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