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Capítulo 2:

 Qué es investigar en ciencias sociales

Sólo quien cae puede levantarse

Uno de los principales problemas con que se tropieza en el ambiente académico es reconocer la importancia de la investigación. Muchas son las cosas buenas que se puede decir de la investigación, pero la utilidad práctica queda reducida muchas veces a un decálogo de buenas intenciones. Así, uno de los puntos que debe considerarse antes de abordar la temática de la investigación, amplia de por sí, es la importancia de ésta. El propósito del presente capítulo es esclarecer éste y otros puntos.

Ciencia y sentido común

A lo largo de su evolución, la humanidad se enfrentó con innumerables interrogantes. Los fenómenos naturales, los cambios en el clima, las diferencias entre animales y plantas: todo era un misterio y pocas las respuestas (que en muchos casos eran solo intentos de respuesta). Los conocimientos existentes a lo largo de los primeros pasos de la humanidad eran tan escasos y a menudo errados, que se tuvo que apelar a la magia y la creación de una multiplicidad de dioses como medio de explicación del mundo.[3]

Sin embargo, con el transcurrir de los años y los siglos, el conocimiento se fue incrementando, y una de las herramientas más valiosas fue sin duda la escritura. Desde que ésta existe, la condición privilegiada del hombre respecto al reino animal fue acentuándose. La escritura permitió almacenar un cúmulo de información que de otro modo se habría perdido.[4] Aunque con datos errados, muchos de los escritos preservados durante siglos tuvieron la virtud de conservar una cantidad importante de experiencias, reflexiones y creencias.[5] De ese legado se sirve aún hoy en día todo aquel que se interese por la historia de la humanidad.

Lo antes señalado no es sino un intento por explicar la importancia del conocimiento para la humanidad. Si bien no todos los problemas fueron resueltos, y tanto el racionalismo como el cientificismo aún no hallan las respuestas para todos los males que padece la humanidad, los saltos dados durante los últimos siglos no habrían sido posibles sin la existencia de la ciencia y su inseparable compañera, la investigación. La investigación no puede ser comprendida al margen de la ciencia, así como la ciencia no existiría sin la investigación y los métodos que el hombre fue construyendo a lo largo de la historia. La ciencia, sin embargo, parece estar reservada al cientista.[6] Se niega al hombre corriente que se sirve casi exclusivamente del sentido común, no obstante partir del mismo. Raúl Tafur (1994: 27) comenta lo siguiente respecto a la ciencia y el sentido común:

“El buen sentido o sentido común da origen a un tipo de conocimiento que es el ‘conocimiento común’ o conocimiento ordinario, el cual no debe ser despreciado del todo, pues si la ciencia pretende superar el conocimiento ordinario debe precisarlo, apreciar sus semejanzas y diferencias. Además, la ciencia parte del sentido común, precisamente marcando un deslinde con él y superándolo.”

El sentido común es el resultado de la vida del hombre en sociedad, y el conocimiento común se constituye en una facultad válida para que el individuo se oriente en la vida social. Sin embargo, y complementando lo afirmado por Tafur, es insuficiente para hacer ciencia. Jaime Burgos (2000) advertía concretamente al respecto que “quien piensa que el sentido común es suficiente para hacer ciencia social, está degradando a ésta, ya que según esta forma de ver la ciencia es una disciplina obvia que no exige investigar la realidad”.

En el campo de las ciencias sociales se puede reconocer como actividad científica todo acto efectuado por una persona que acude a cualquier institución de formación profesional con el propósito de descubrir las leyes que rigen cualesquier fenómenos sociales y/o proponer soluciones para un problema detectado y analizado.[7] La actividad científica puede ser efectuada durante el proceso de formación o en un momento posterior al mismo. Esto, sin embargo, no es algo excluyente. Existen personas que, sin haber asistido a un centro de educación superior formal, se hallan en condiciones de efectuar un trabajo de investigación semejante (y eventualmente mejor) al elaborado por un estudiante o egresado de cualquier facultad del sistema universitario. Sin embargo, tal tema pertenece a otra discusión.

De lo que se trata, en última instancia, es de poner en claro el carácter discriminador que tiene la actividad científica. Ésta, por sus características de disciplina y organización, hace un uso elaborado de las palabras.[8]Si bien los términos empleados en las ciencias sociales no se diferencian grandemente de los utilizados en forma cotidiana, revisten una mayor precisión y un uso más técnico.

El uso de determinadas palabras tales como familia, sociedad, poder, mensaje, adquisición, economía, etc., implica en las ciencias sociales un dominio singular de conceptos y categorías, lo que es producto de un análisis minucioso y la observación detallada del objeto de estudio y el contexto en que se da. Esto solo es posible si media una superación constante que se traduce en la reflexión crítica, una lectura comprensiva,[9] la elaboración de trabajos de campo serios y una sobredosis de voluntad y compromiso.

[3] Los estudios La sociedad primitiva de Lewis Morgan, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, de F. Engels, y Cómo el hombre se hizo gigante de M. Ilin y E. Segal contienen consideraciones en torno a los pasos que siguió la evolución humana con el análisis de numerosos datos proporcionados por expertos arqueólogos, antropólogos y científicos de otras disciplinas.

[4] Si bien la oralidad fue el primer recurso en la transmisión de información, ésta se vio limitada por la escasa fidelidad en la reproducción de lo dicho.

[5] Umberto Eco, en su novela El nombre de la rosa, ofrece una visión interesante de lo que significó durante la edad media la conservación de los libros. En la biblioteca de la abadía en que se suceden una serie de crímenes que debe descifrar Fray William de Baskerville, se encierra la historia escrita de la humanidad concentrada a lo largo de siglos.

[6] Contra lo que sugiere Erick Torrico (1997: 56, nota a pie 31) en el presente trabajo se insiste en el uso del anglicismo castellanizado cientista en lugar de científico social o ciencista (su propuesta) dado el arraigamiento de dicho término en nuestro contexto.

[7] Se entiende por problema social todo aquello que implica una alteración del orden establecido, denuncia una irregularidad o manifiesta una disociación de las reglas. Problemas sociales son todos aquellos hechos repetidos y cuya insistencia podría conducir a la larga en una modificación permanente de la estructura social o la desaparición de determinada sociedad. Entre la diversidad de problemas sociales puede señalarse el analfabetismo, la desnutrición, la mortalidad infantil, la violencia intrafamiliar, etc.

[8] Es importante tomar en cuenta que existen muchas palabras que tienen más de un significado, y en ocasiones asociados pero opuestos, como el caso del término huésped, que significa a la vez “el que llega” y “el que recibe”. Si en el lenguaje cotidiano se pasa por alto esta posibilidad, en el lenguaje científico esta omisión puede conducir a errores de magnitud apreciable. Por ello, la consulta periódica del diccionario y la permanente actualización deben ser una regla en el titulado que pretenda ser profesional.

[9] La lectura, especialmente, es un tema que en nuestro medio adquiere matices trágicos. No solo sucede que a la gente no le guste la lectura, sino que, más grave aun, no sabe leer. Es común en el estudiantado universitario no comprender lo que se lee, hacerlo aprisa, en un ambiente inadecuado para el estudio, que no se cuente con un método de repaso y análisis, entre otras cosas. ¿Costumbre?, ¿pobreza material?, ¿desidia? Cada cual tendrá su propia respuesta.

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