En primer lugar hablaremos de la imagen; la incorporación de una u otra especie animal, de una u otra raza, es en el fondo una clara y abierta declaración de cuál es nuestra forma de ser, de la imagen que tenemos de nosotros mismos, o de la que queremos ofrecer a nuestro entorno. ¿Cuántas veces hemos oído que las mascotas y el dueño comparten un curioso parecido?
Evidentemente estas similitudes no son fruto del azar, no es que la convivencia diaria haya conseguido que nuestros rasgos confluyan en una apariencia externa simbiótica. Los parecidos entre hombre y animal están presentes desde el principio, desde el mismo momento de la elección por parte del propietario.
Al elegir mascota buscamos características en las que nos veamos reflejados, detalles compartidos, comportamientos cercanos; nuestro nuevo compañero dará una imagen de nosotros mismos a los demás; algo así como nuestro estilo de ropa, nuestro coche, nuestros hábitos, nuestro peinado. En definitiva, el animal de compañía es una forma más de expresar nuestra personalidad.
Pensémoslo un momento; miremos a nuestra mascota y luego observémonos en el espejo, o si no, pensemos en la mascota de algún amigo, familiar o vecino y luego en ellos. ¿Son o no son las mascotas un claro reflejo de nuestra forma de ser?
No nos sugiere lo mismo el que pasea con un pastor alemán que quien lo hace con un caniche; no nos provoca las mismas sensaciones el que tiene serpientes en casa que aquel que cuida de su acuario.
Si hablamos, por ejemplo, de perros supuestamente peligrosos, ¿no tenemos en nuestra mente una clarísima imagen del tipo de humanos, supuestamente racionales, que lo acompañan?
Un animal de compañía puede ser también un indicativo de estatus social: los perros de gran tamaño suelen acompañar a familias acomodadas que viven en grandes hogares, los reyes y emperadores se hacían acompañar de elefantes y grandes felinos.
Actualmente, ciertos famosos con abundantes recursos económicos, también se hacen acompañar o se han acompañado de grandes felinos, como tigres. La posesión de estos animales pretende evidenciar un claro distanciamiento de las clases sociales "inferiores", las cuales jamás podrían ni tan siquiera plantearse la adquisición, tenencia y cuidados que requieren estos exclusivos animales.
Lástima que la legislación actual no ponga freno a estos actos de prepotencia y estupidez mental; situación que permite que ciertos acaudalados de escasa sesera manipulen y jueguen con la vida de seres vivos tan especiales.
En algunos casos, la relación entre hombre y mascota se hace tan estrecha que podemos llegar a compartir absolutamente todo, ya sea el lujo o la escasez, pero todo al fin y al cabo.
En los casos de propietarios sin problemas económicos, la mascota puede ser sometida a continuas sesiones de peluquería y belleza, al "disfrute" de alimentos tan inadecuados e innecesarios como selectos y de elevado precio; estos animales se verán enfundados en ropas exclusivas y complementos super-fashion.
Algunos autores describen esta relación como un tipo singular de fetichismo, al que denominan "mascotichismo"; una situación que desgraciadamente podemos observar a la vuelta de cualquier esquina.
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