En el momento de decidirnos por la entrada en el hogar de uno u otro tipo de mascota, nos veremos influidos por nuestros gustos personales, por nuestras fobias o filias a determinadas especies y, quizá en demasiados casos, ¡por muy poco más!
En este preciso instante deberíamos hacer uso del menos común de los sentidos: del sentido común. Deberíamos valorar si tenemos tiempo para pasear al perro, si nos encontraremos a gusto con la especial forma de ser del gato o si estaremos dispuestos a cumplir con todas las pautas que exige el mantenimiento del acuario.
Desgraciadamente, en un gran número de ocasiones la elección de la mascota nace en nuestro interior y, tras escasos pasos, sin apenas un instante para la reflexión, como por arte de magia, aparece un nuevo componente vivo en nuestro hogar. La elección debería aliñarse con unas gotas de objetividad, con grandes dosis de autoevaluación , con la participación de todos los miembros de la familia en la elaboración de tan importante receta y ¡cómo no!, todo ello guiado y supervisado por un experto y profesional chef por ejemplo, el veterinario.
Si nos dejamos llevar solamente por nuestro corazón, la elección se fundamentará, entre otras razones, en nuestro instinto maternal o paternal. La morfología, los comportamientos y las expresiones de ciertos animales de compañía nos producen una inmensa ternura, principalmente las de aquellos que más se aproximan a los que nos recuerdan a un bebé.
Puede que no estemos de acuerdo con esta consideración, pero lo que es poco discutible es nuestra actitud y expresión verbal "ñoñita" ante la presencia de tan maravillosas criaturas. ¿No utilizamos con nuestras mascotas los mismos arrullos y onomatopeyas que empleamos con los más pequeños de la casa?
En la elección del tipo de mascota podemos decir que una mayoría siente atracción por aquellas dotadas de demostrada inteligencia o habilidades simpáticas; se suelen preferir los animales de sangre caliente sobre los de sangre fría, por una simple cuestión de tacto; son más "apetecibles" los de pelo largo que los de pelo corto o desnudos; solemos buscar aquellos más dóciles, manejables y exentos de riesgo. Por supuesto que todo lo dicho es una tremenda generalización: un escorpión no se aproxima, ni por asomo, a la tierna imagen de un bebé; su inteligencia es difícilmente valorable; su tacto dista mucho de ser cálido y agradable; no tiene pelo y algunas especies plantean algo más que dudas sobre su peligrosidad potencial. ¿Cómo pueden ciertas personas llegar a la conclusión de que este animal es su mascota soñada?
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