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La comida. El cerebro adicto

Autor: Felix Larocca
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10/10 (1 opinión) |40 alumnos|Fecha publicación: 03/08/2011
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Capítulo 12:

 Adicción drogas. Situación especial

La adicción a las drogas como situación especial

La adicción a las drogas ha sido un problema que nos ha preocupado, en una u otra forma, por miles de años. Pero es muy reciente que los científicos han podido comenzar a entender claramente una de las razones por qué existe y aún persiste:                                             

La razón que los científicos actualmente invocan para explicar las adicciones, es que las sustancias que las producen, causan cambios en las funciones cerebrales que son difíciles de revertir.

Esto significa que en el mundo existen muchos cerebros adictos, alterados por las drogas, como, en seguida, veremos.

En los Estados Unidos, solamente, podemos contar, casi 2 millones de adictos a la cocaína y a la heroína, quizás 15 millones de alcohólicos, y decenas de millones de fumadores de cigarrillos sin esperanza de soluciones tempranas. Porque aún no entendemos, con precisión o certidumbre, los mecanismos cerebrales de la adicción.

Nos preguntamos, ¿por qué el cerebro prefiere el opio a las comidas puras y simples?

La respuesta a esta cuestión no es tan simple, ya que involucra las actividades del núcleo accumbens, ese manojo de células nerviosas que está localizado debajo de los dos hemisferios cerebrales.

Veamos

Cuando un ser humano u otro animal ejecutan una acción que satisface una necesidad o sacia un deseo, el neurotransmisor, dopamina, se descarga dentro de este núcleo, produciendo una sensación de placer. Esta descarga actúa como señal de que la actividad que la desencadenó promueve la supervivencia y la reproducción, directa o indirectamente. El grupo celular que la produce se llama el sistema del placer. Cuando nosotros activamos este sistema, el cerebro hace un récord de la experiencia y almacena esta nueva memoria para procurarla de nuevo.

En la Naturaleza, las recompensas usualmente, nos llegan luego de mucho esfuerzo y con alguna dilación. Las drogas adictivas nos proporcionan un atajo para lograr el placer. Cada una de ellas, a su manera, desencadena los mecanismos biológicos que inundan el núcleo accumbens con dopamina. Esta acción no sirve los propósitos de reproducción o supervivencia, por ello la evolución no había programado para esta responder a esta imprevista inundación --- como tampoco lo había hecho para manejar las ‘jarturas’ que abarrotan el cuerpo con calorías que engordan.

En la persona que se vuelve adicta, el uso repetido de las drogas requiere una cesación del ‘ataque’ químico que estas sustancias representan. La capacidad natural de producir dopamina dentro del sistema de recompensa, se atenúa, mientras que el deseo persiste, la droga siendo la única manera de satisfacerlo. Para lograrlo los adictos requerirán constantemente dosis mayores de la substancia y medios de envío más rápidos para que éstas lleguen al cerebro.

Ellos desean más drogas, aún si, a veces, las mismas no proporcionan el placer que al principio proporcionaran.

Los cambios en los circuitos cerebrales del sistema de recompensa no pueden, por sí solos, explicar las razones por las que las adicciones persisten. Los adictos también pueden ser víctimas de condicionamiento en sus comportamientos. El uso de las drogas se asocia con circunstancias accesorias que pueden reactivar los reflejos dormidos. Personas, lugares, situaciones especiales, o la droga misma pueden actuar como detonadores de la recidiva.                                           

Es el primer trago el que te emborracha’ como dicen en AA.

Los estreses, tanto internos como internos, participan activamente en este mecanismo. Cuando tensiones se acumulan, el núcleo accumbens envía señales a la amígdala y al hipocampo cerebral, los que registran y consolidan memorias que evocan sentimientos poderosos. Los niveles de la hormona liberadora de la corticotropina (CRH), la sustancia cerebral que regula la actividad del sistema endocrino del estrés, a menudo se eleva en los adictos, inmediatamente antes del relapso, cuando la amígdala se vuelve más activa.

¿Por qué, entonces, no todos somos adictos?

La susceptibilidad a la adicción no nos afecta a todos de igual manera. Existen personas que son más vulnerables que otras. Lo que se cree que responda a algún factor hereditario. Estudios de gemelos tienden a soportar esta última especulación. 

Los individuos tienden a diferir entre sí en la capacidad de aplicar el uso del buen juicio para inhibir los impulsos, cuando esta respuesta resultaría ser la más conveniente como no pudo hacerlo Ricitos de Oro. Parece ser que en este respecto la actividad de los lóbulos prefrontales son factores de importancia.

Ronald K. Siegel en su substancial contribución al campo de las adicciones, en su libro Intoxication: Life in Pursuit of the Artificial Paradise, nos aconseja, el uso y la adicción a las drogas componen lo que él denomina la ‘cuarta pulsión’ que acompaña a las recompensas de la comida, la sed y el sexo.  Pulsión que existe tanto en las aves y los insectos, como en algunos vertebrados superiores.

Las investigaciones recientes nos iluminan con el conocimiento de que el cerebro de quienes caen víctimas de las adicciones cualesquiera que estas sean son víctimas de un serio problema que, afectando de manera profunda la fisiología de este órgano, representa algo más que una simple metáfora.

{salto de capitulo}                  El desayuno. Caso de Scott

Volviendo al asunto polemizado del desayuno

La producción de la serotonina, está asimismo bajo el control de la luz solar, por medio de las actividades de la glándula pineal (como ya hemos visto). La que se activa al anochecer y mengua en sus actividades con la alboreada.

Esta elevación fisiológica de la serotonina, persistiendo durante horas de la mañana, hace que para muchos les resulte difícil apetecer el desayuno. Lo que está de acuerdo al plan de la Naturaleza para el ser humano. A medida que pasa el día, la serotonina disminuye, y deseamos comer la comida que procuráramos en nuestras exploraciones cotidianas cuando fuéramos esencialmente un ser primitivo tribal.

Pero, cuando la comida se nos presenta a todas horas, sin tener que trabajar para buscarla, y ésta, además, sabe muy rica, cargada de carbohidratos en exceso, el deseo se vuelve incontenible, con la resultante gordura.

Pero, antes de proseguir, veamos la razón por qué al cerebro no sólo le ‘deleitan’  los dulces…

Parece ser que el sabor dulce del azúcar no es el único factor que entra en acción durante el proceso metabólico de la dopamina en los centros de la recompensa cerebrales. 

Un artículo reciente en la revista Neuron, demuestra que ratas privadas de la capacidad de percibir el dulzor de la comida, aún preferían las comidas azucaradas a otras que habían sido adulteradas, para saber dulce, por medio de sustitutos del azúcar utilizando productos comerciales sin contenido calórico.

Los investigadores determinaron que es la densidad calórica, que siendo mayor en las comidas azucaradas, la que resulta siendo el factor determinante por la selección de éstas, con la elevación concomitante de la dopamina.

Esta hipótesis, aun en sus fases de ser confirmada añade un elemento de certidumbre al asunto de la posición que hemos mantenido por muchos años, de que las dietas engordan porque el cerebro, bajo la dirección de su director de orquesta el hipotálamo es así como lo decreta.

El caso de Scott

Scott era obeso. Hijo único, que a los dieciséis años se había destacado con mucha simpleza, por haber ganado un torneo de comer el mayor número de hamburguesas en su colegio este logro se justificó porque con el dinero acumulado su clase pensaba hacer ‘algo’ para combatir la diabetes juvenil. Acerca de esto último, un proverbio que data desde hace unos mil años antes del nacimiento de Cristo nos dice: ‘El camino al infierno está empedrado con buenas intenciones’. Además de comer en exceso, para combatir una enfermedad debida al comer en exceso, Scott también gozaría del dudoso honor de haber sido seleccionado todas las pascuas para ser Santa Claus en la velada tradicional, y de haber sido votado, anual y unánimemente, como ‘la persona más gorda de la comarca’.

Como es de imaginarse, sus padres devotos no escatimaron dinero para que Scott tratara todas las dietas y spas disponibles en los Estados Unidos, y en algunos países europeos para que fuera delgado, algo que el joven opusiera enfáticamente, replicando a mí ser gordo no me molesta para nada. Los resultados serían frustrantes, ya que Scott, con su actitud, continuaba ganado de peso progresiva e inconteniblemente.

Sus problemas adquirieron un turno casi fatal cuando una dietista decidiría que lo que Scott necesitaba era algo que le ‘regulara la serotonina’ recetándole suplementos de L-triptófano.

Lo que comenzó con síntomas de una gripe inocente evolucionó a presentar el cuadro diagnóstico del Síndrome de la Eosinofilia-Mialgia, una condición neurológica, en este caso, iatrogénica, que puede tener desenlace fatal. (Véase mi artículo: Los dietistas, quienes los siguen y el pensamiento del satírico romano Juvenal, en monografías.com).

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