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Capítulo 2:

 Crecimiento personal. El punto de partida (2/2)

Y aparecemos nosotros.

Con la explicación del origen de la vida pasa algo similar a lo que sucede con la del origen del universo, hay dos versiones principales.

Está la bíblica, en la que Dios creó al hombre y a la mujer en el sexto día:

“Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó.” (Génesis 1-27.)

Y también tenemos la teoría de la evolución de las especies, de la que sabemos que la vida se originó en nuestro planeta a partir de organismos unicelulares, acuáticos, y fue evolucionando, según las necesidades de adaptación al medio ambiente.

Conviene destacar que cuando se dice que sobreviven los más fuertes, se sobreentiende que la fuerza de la que se habla es la habilidad para adaptarse al medio y a los cambios.

Casi todos los procesos que se dan en la vida, en el sentido más amplio del concepto, se repiten en cada uno de nosotros. Hay una relación directa entre lo que sucede en las grandes dimensiones, la humanidad en su conjunto, por ejemplo, y lo que sucede en las pequeñas dimensiones, la vida particular de cualquier persona.

Si lo pensamos con detenimiento, veremos que en la misma evolución normal de un ser humano, desde antes de nacer, se repite la historia de toda la existencia de la vida en este planeta.

Todas las personas son generadas por la unión de dos células, una masculina y otra femenina, que, al unirse pierden su forma original y con la energía que liberan en ese proceso, constituyen una nueva y única célula, que se llama zigoto.

Esta es la primera forma en la que existimos, con una sola célula, después, por división de ésta en dos, comienza el crecimiento, también por división, de otras células y va formándose, en un medio líquido, poco a poco, y con distintas formas, hasta lograr la que tendrá al nacer.

Todo propiciado por la memoria biológica inconsciente. Puro Impulso Vital.

Parece que todas las distintas líneas de pensamiento están de acuerdo en que la energía es primordial y dirigente. Nos quedemos con la teoría que nos que-demos, las personas actuales somos como el “último y más desarrollado modelo” de nuestra propia evolución.

En la doctrina bíblica, que está totalmente integrada en nuestra cultura, como una explicación del origen y del desarrollo de nuestra propia vida, vemos que, Adán y Eva fueron echados del paraíso, por lo que conocemos como el pecado original. Este relato nos señala como descendientes de aquellos que se dejaron tentar.

Por lo que, si la serpiente tentó a Eva con la manzana, convendría pensar en los efectos que producía esa manzana, que era el fruto del árbol del bien y del mal. O en el poder que tenía la serpiente, a la que en otras culturas, tanto y más antiguas que la bíblica, se le atribuye la fuerza de la vida.

Porque luego de la expulsión y como consecuencia, se iniciaron como personas, ganándose el pan con el sudor de su frente, y el parto con dolor, pero con un elemento muy potente a su disposición, el mismo poder que parecía tener la manzana, o la serpiente, el deseo vital, que es la forma que toma la energía universal en los seres humanos.

El deseo, con todos sus riesgos, como Adán y Eva.

El deseo como instrumento

El deseo es la manifestación psíquica de una necesidad.

Aquí vuelven a cruzarse las dos líneas que definen nuestra individualidad. La vertical, que indica la necesidad de supervivencia, reproducción y desarrollo de nuestra especie. Y la horizontal, más sutil, que señala las necesidades propias de cada uno de nosotros, que se manifiestan en una necesidad básica, que es la misma en todas las personas.

Es la necesidad de amor. De querer y ser querido, atendido, cuidado y alimentado. Esto se ve claramente en los bebes. Después vamos creciendo y aprendiendo, y la necesidad básica va tomando formas más específicas, el niño ya puede comer solo y, además, le apetece mostrar su habilidad.

El deseo, entonces, se va abriendo en distintas ramas, como en un árbol, cada rama se subdivide en dos o en tres más. Siempre permanecen el tronco y las ramas principales, otras siguen brotando, y otras se caen. Así como en la necesidad pasa con el deseo, que es quien debe instrumentar los medios para satisfacer dichas necesidades.

Tiene una línea principal y se subdivide, según lo marquen las nuevas necesidades. Éstas pueden originar nuevos deseos más y más sofisticados, según los gustos o las posibilidades, aunque siempre siguen siendo del mismo tronco.

Lo que sucede con el universo y con la humanidad, que es el conjunto de todos, sucede también con cada uno de nosotros, estamos evolucionando, a los tropezones y accidentes, matanzas, personas que mueren de hambre, pero evolucionamos.

Nuestro deseo sigue siendo igual que el de nuestros antepasados, con una parte consciente y la otra inconsciente, la que se percibe en los sueños, por ejemplo. Las dos partes apuntan a lo mismo, a vivir más y mejor, a mejorar nuestra calidad de vida. Siguiendo los propios criterios sobre el significado de calidad de vida.

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