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Capýtulo 10:

 Panorama del cuento en la literatura cubana de 1959-1980

El cuento en Cuba, de 1959 a 1980.

Al triunfo de la Revolución el cuento es ya un género que ha alcanzado una madurez esencial en sus cultivadores de mayor relieve, es decir, en aquellos momentos que lograron dotarlo de un rasgo artístico de primer orden, aparte de las especificaciones compositivas y las tendencias temáticas. Es posible afirmar, pues, que la cuentística en la época de la República constituye, de cierto modo, un punto de referencia para la continuación del ejercicio del género, pero en condiciones histórico-sociales diferentes, y que tácitamente viene a promover, en las nuevas circunstancias derivadas del entonces joven proceso revolucionario, una especie de reto en términos artísticos que se acepta, sobre todo, en las muy diversas respuestas a cómo escribir en dichas circunstancias que suponen, en principio, un cambio de perspectiva.

La crítica suele observar que las modificaciones experimentadas por el cuento en la Revolución significan un rompimiento con lo antes producido, lo cual es cierto, pero no insiste con el necesario rigor de las demostraciones, en el hecho de que la cuentística de la República, en especial de la década del 50, se prolonga en el ámbito de muchos textos pertenecientes a los años iniciales de la Revolución, pues en ellos el género todavía hace suyos –en el enfoque conceptual del mundo cotidiano y del pretérito inmediato, en las formas que se utilizan para aprehender ese mundo-algunos rasgos identificadores de un cuerpote obras signado por la realidad anterior. Así conviene precisar que, entre 1959 y mediados de la década siguiente, se asiste a una suerte de interludio en la historia del género y se comprueba que los límites de ese lapso son precarios, porque se trata de un espacio donde hay renovaciones y variantes del quehacer precedente, de la misma manera que se encuentran gérmenes de una escritura cuya madurez genuina estaría vinculada a la consolidación del proceso revolucionario y sus contextos.

La primera etapa de la cuentística en la época de la Revolución constituye, como se ha dicho, un momento de transición. Los críticos señalan su comienzo en 1959 y muchas veces aseguran que acaba en 1965, porque ya en 1966 se da a conocer Los años duros de Jesús Díaz (1941-2001), quien introduce en el lenguaje una intensidad otra al adentrarse en la temática de la clandestinidad, Playa Girón, la lucha contra bandidos, los cortes de caña, la vida en las unidades militares y otros tópicos que venían cobrando relieve en la literatura al calor de los mismos acontecimientos históricos. Sin embargo no resulta tan sencillo admitir la inconmovilidad de esas fechas, pues la primera se refiere a una cuestión que no es en sí misma literaria, mientras que la segunda, aunque sí tiene en cuenta el desarrollo intrínseco del cuento pasa `por alto con demasiada facilidad otros textos.

En esta primera etapa aparecen libros escritos con anterioridad a 1959, por lo general representativo de modalidades de las vertientes urbana y campesina. A la primera pertenecen en mayor medida obras como La corteza y la savia (1959) de José Jorge Gómez Fernández que firmó siempre Baltasar Enero (1920-2003) Nueve cuentos por un peso de Jorge Guerra Debén, (1916) Yemas de coco de Antonio Ortega (1903-1970) donde aparece el impresionante relato “Chino olvidado” y algunos relatos de ambiente rural. Por otra parte se publicaron junto a narraciones concebidas ya después del triunfo de la Revolución cuentos de un valor artístico indiscutiblemente mayor y que fueron redactados en los años finales de la década del 50. Así por ejemplo, se encuentran aquellos que se dieron a conocer en Doña Velorio; nueve cuentos y una nivola (1960), de Luís Amado Blanco (1903-1975), Así en la paz como en la guerra (1960), de Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), cuentos que revela personajes frustrados, seres desarraigados, algunos de esos cuentos recurren a recursos compositivos de la vanguardia.

Sin embargo, lo más significativo del lapso 1959-1965 no es la intromisión, en una nueva realidad que exigiría una nueva literatura, de una prosa con diversos registros y condicionada por las circunstancias propias de la República, sino la manera en que la cuentística se escinde. De un lado está la perspectiva que privilegia la imaginación y del otro una optima desembozada en la que convergen el testimonio indirecto de las experiencias más reveladoras de la historia y de lo diario, los cambios sociales, los conflictos que se manifiestan en los diversos sectores de la sociedad. En la primera de las dos tendencias enunciadas, se encuentran: El acróbata (1962), de Rolando Arteaga (1933), Memorias de un decapitado (1962) de Ángela Martínez, (¿?), Mi antagonista y otras observaciones de Antón Arrufat (1935).Circulando el cuadrado de Cesar Lopez (1933) estos libros pueden incluirse en la vertiente no realista.

Se puede señalar que en esta época se publican libros como El caballo de coral (1960) y La otra muerte del gato (1964), de Onelio Jorge Cardoso(1914-1986), quien además de continuar un quehacer muy propio, vuelto a confrontar en la Revolución bajo una luz diferente (en 1962, se dan a conocer sus Cuentos Completos ) constituye un punto de referencia para otros cultivadores del género, como también lo fueron, con sus textos anteriores y posteriores a 1959, Félix Pita Rodríguez (1909-1991)-sus Cuentos Completos de entonces aparecieron en 1963-y, en menor medida Raúl Aparicio(1913-1970)-Frutos del azote, e Hijos del tiempo, son respectivamente de 1961 y 1964, y recogen buena parte de sus relatos precedentes –Virgilio Piñera –Cuentos, 1964), Dora Alonso(1910-2001) Ponolani (1966) y Once caballos( 1970) –y José M. Carballido Rey (1913-1987), El gallo pinto y otros cuentos (1965) y Cuentos dispersos (1979). Como es obvio estas figuras ya poseían determinada relevancia en el panorama literario de la República, y siguieron produciendo, en los años siguientes al triunfo revolucionario, con una inestable fidelidad a sus respectivas estéticas.

Al mismo tiempo cada uno de ellos viene a ser un modelo para otros escritores, la mayoría nuevos y con intenciones de registrar la deslumbrante epicidad de la Revolución. Hubo temáticas obligadas en el cuento de 1966 a 1970, como la lucha clandestina, la guerra de liberación nacional, el derrumbe de los viejos valores, la alfabetización, el adiestramiento defensivo en las primeras unidades militares, el ataque a Playa Girón, estos tuvieron diferentes calidades desde los textos en formas de alabanzas a la Revolución hasta donde se puso de manifiesto un adiestramiento orgánico, de dignos valores cognoscitivos.

Después de 1966 empiezan a surgir miradas distintas, perspectivas de composición que actualizaron la prosa y la dotaron de una intensidad nueva, el escritor se identifica, mucho más con el texto literario. Esta personalización tiene que ver mucho con el desarrollo de la narrativa latinoamericana, en especial, la que se dio a conocer en la segunda mitad del sesenta. Las peculiaridades formales de la nueva cuentística residen sobre todo en un marcado abandono de la omnisciencia y, la intensidad del lenguaje, en donde el discurso puede fragmentarse (en especial en los planos del acontecer y de los diálogos) y con el juego de las voces, de todo lo cual resulta una reformulación rigurosa de los conflictos y las relaciones entre los personajes. Estas cualidades se diversifican con logros e insuficiencias de diferente alcance entre estos libros mencionaremos: Tute de Reyes (1967) y El escudo de hojas secas (1969) de Antonio Benítez Rojo; El iniciado (1967), de Luís M, Sáez, Días de guerra (1967) y Los corderos beben vino (1970) de Julio Travieso, Condenados de Condado (1968), de Norberto Fuentes (1943), Los pasos en la hierba(1970) de Eduardo Heras León, Tiempo de cambio (1969) de Manuel Cofiño(1936-1987); Escambray en sombras (1969) de Hugo Chinea, entre otros.

Junto a los libros acabados de reseñar en los que se constituye la tónica dominante en el proceso evolutivo del cuento durante ese lustro, hay otros de muy acertada facturación y que son fácilmente agrupables, pues representan estéticas y modalidades genéricas afines. Onelio Jorge Cardoso, por ejemplo, da a conocer Iba caminando (1966) y En un abrir y cerrar de ojos (1969) con los cuales busca la universalidad de la experiencia cotidiana y se aleja del personaje informante, para interesarse sobre todo en las vivencias colectivas.

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