Aprender a vivir mejor. Una tarea
difícil cuando se trata de reflexionar sobre un tema que no
responde a una ciencia exacta. La felicidad no responde a las
características de una ecuación matemática sino que
es un proceso de largo recorrido: un viaje interior interminable
sin dirección clara ni rumbo permanente. Las circunstancias
personales y los deseos cambian continuamente, por eso, el mayor
bienestar que puede experimentar el ser humano a nivel interior
reside en la actitud que adopta ante los hechos externos.
Aristóteles daba el nombre de eudaimonía a la felicidad;
el mayor deseo humano y el bien más preciado. Se trata de un
bienestar interno que va más allá de toda emoción
que por sus características siempre tiende a ser pasajera como
muestra la tristeza, la alegría, el gozo, la
envidia...
Del mismo modo, cualquier sensación
física agradable o desagradable es también efímera
aunque pueda durar más o menos tiempo. De hecho, hoy día
que ha avanzado tanto la ciencia médica es mucho más
difícil sobrellevar el sufrimiento anímico que el dolor
físico que puede ser aliviado a través de determinados
medicamentos. Y el hombre queda a la intemperie de su propio
sufrimiento anímico. Un sufrimiento que puede ser mitigado en
parte a través del consuelo propio de los amigos y la
compañía de la familia pero que en ningún caso puede
ser erradicado de golpe como sucede cuando alguien se toma una
aspirina para el dolor de cabeza. No es fácil enfrentarse al
misterio de la interioridad humana que va más allá de
toda biología. En la mayoría de las ocasiones, será
el tiempo el que poco a poco vaya mitigando ese sentimiento
doloroso que al principio de todo el proceso se experimenta en su
grado más álgido.
La felicidad tampoco debe confundirse con el
placer corporal; el deleite físico puede ser un ingrediente de
la misma pero en ningún caso el bien máximo al que puede
aspirar el ser humano dotado de conocimiento y voluntad. El placer
remite directamente al sentido del tacto. El placer propio del
sexo, por ejemplo, está conectado al sentido de la piel. Sin
embargo, el placer del sexo no lo es siempre y bajo cualquier
circunstancia como queda de manifiesto en el caso concreto de una
agresión sexual donde la víctima experimenta dolor y
sufrimiento.
Por otra parte, existe algún tipo de
placeres que tienen la capacidad de generar gozo. Así sucede
por ejemplo cuando alguien contempla a través del sentido de
la vista un bello paisaje o se alegra a través del sentido del
oído de una melodía que le emociona. A nivel mental el
hombre tiene la capacidad de hacer interpretaciones de cualquier
hecho relacionado a un sentido, por esta razón, algo puede
producir no sólo gozo sino tristeza.
Aprender a vivir es simplemente tener el deseo
interior de querer vivir más plena e intensamente ya que la
oportunidad de la vida es única y merece la pena disfrutarla.
Además, el ser humano avanza cuando toma conciencia de que
cada día supone un nuevo aprendizaje. Sería conveniente
que el hombre aprendiese a valorar todo lo que posee como lo
haría si lo hubiese perdido. Entonces, el bien anhelado se
convierte en un tesoro que se añora cada instante. Es posible
sumar calidad a la vida tomando conciencia del valor de un
amanecer, una sonrisa, una palabra de consuelo, un gesto de
cariño, la importancia de la familia, la amistad, el
amor... la verdadera felicidad reside en los pequeños
detalles de la vida cotidiana. La realidad siempre es mejor que la
ficción simplemente porque es real. Las cosas son tal como se
dan. Aceptarlas es la mejor forma de sentirse satisfecho y no sumar
frustración al propio desencanto. En ocasiones, la mayor
fuente de insatisfacción se produce por las elevadas
expectativas que el hombre pone ante un hecho determinado. Cuando
las expectativas son elevadas es fácil que se experimente
frustración ya que el nivel de perfección que se espera
es desmedido. Curiosamente, es mucho más fácil sentirse
satisfecho y contento por cómo se han dado las cosas cuando el
nivel de espera previa no era tan alto.
Del mismo modo, otra fuente de frustración
puede surgir de la tendencia que algunas personas, por ejemplo, las
envidiosas o las soberbias tienen para compararse con los
demás. Cada persona es única e irrepetible; cada historia
es diferente. Por tanto, no puede observarse y analizarse bajo la
perspectiva de la comparación. La envidia y la soberbia
manifiestan un tipo de tristeza. En el caso de la envidia se trata
de la tristeza de aquel que se entristece ante el bien ajeno en
tanto que es un bien del que uno mismo carece. Por esta razón,
aunque el sentimiento de la envidia es muy dañino para aquel
que lo experimenta todavía lo es más la emoción del
odio que se caracteriza por el deseo del mal del otro. Es
decir, el odio es más fuerte que la envidia ya que el
envidioso aunque se entristezca del mal ajeno no desea su mal. Por
otra parte, el soberbio llevado por su deseo desmedido de
excelencia personal desea sobresalir por encima del otro. Por esta
razón, pone su felicidad en el lugar equivocado ya que la base
de su bienestar interior es el aplauso ajeno que propicia la fama.
Por tanto, pone su felicidad no en su decisión personal sino
en las manos del otro que puede optar o no por alabarle. En el caso
de que lo haga, el soberbio se sentirá bien, sin embargo, no
sucederá lo mismo en el caso de que no lo haga. Entonces se
sentirá triste y decepcionado.
El ejemplo del soberbio sirve para ejemplificar
algo muy evidente: para encontrar la felicidad debemos buscarla en
el lugar adecuado. ¿Dónde está la felicidad? Dentro
de ti mismo.
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