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La búsqueda de la felicidad

Autor: Osvaldo González Rojas
Curso:
9/10 (2 opiniones) |528 alumnos|Fecha publicación: 01/12/2009
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Capítulo 3:

 En el presente pero desde el pasado

Comencemos este conjunto de puntos con una reflexión: ¿se ha dado cuenta usted que nada hay más efímero que el presente?... ¿se ha dado cuenta que el futuro no existe mientras no llega y que, cuando lo hace, en un suspiro (el presente) se transforma de inmediato en pasado?. Más aún, cuando nos percatamos del presente, éste ya ha dejado de ser. Por otra parte, se pudiera querer pensar que el pasado, como pasado que está, no debiera tener real importancia, más la vida nos enseña que eso no es así; nacemos con un trauma y, desde entonces, a través de toda la existencia, experimentamos sufrimientos, dolores y placeres, mediante los cuales aprendemos, sin pausa; de ellos guarda registro nuestro cuerpo, para hacerlos revivir en el presente, afectando a los actos que condicionan la forma en la que enfrentaremos nuestro futuro. Sí, ciertamente, los agrados y placeres del ayer son muy importantes para dirigirnos en la búsqueda de lo que vendrá (ya hablaremos de ellos) pero mucho más lo son aquellos sufrimientos que él mismo nos legó y son estos los que debemos procurar eliminar de nuestro pasado-pasado, aprendiendo, adicionalmente, a no continuar acumulándolos a través de los actos erróneos que realizamos en el presente.

Sin duda, nuestro pasado es muy importante, pues somos lo que él ha hecho de nosotros; vivimos hoy (el único tiempo para vivir) con la carga que el pasado nos legó y con la ayuda que él mismo nos ofrece. Si nos decimos, ¡ojalá siempre fuese ligera esa carga y enorme su ayuda!, debiéramos recordar, simultáneamente, que en nuestros actos de hoy está el poder conseguirlo. Ciertamente que es importante el pasado pero, considerando que a él lo construimos día a día con nuestros actos del presente, lo más importante, entonces, es la forma en la cual estos son llevados a cabo hoy, ¡de ello depende, pues, que la carga legada por el pasado nos sea liviana y, grande en cambio, la ayuda que él nos ofrece, sobre todo para hacer más fácil la ineludible y constante tarea de hacer realidad nuestra visión del futuro!.

A los sufrimientos del ayer, constituidos por las consecuencias de alteraciones de nuestra salud, por agresiones externas de diverso origen, por la no satisfacción adecuada de necesidades (muy probablemente debido a falta de dinero) y por fallas en nuestra posibilidad y deseo de dar y recibir amor (caridad, afecto, amistad y erotismo) se los puede clasificar en tres grandes tipos: pesares, remordimientos y rencores, que serán examinados a continuación.

Los pesares son aquellos recuerdos de dolores, sufrimientos y miedos, que experimentamos en el pasado y cuyas causas fueron nuestras propias acciones, o aquellas que otros realizaron, pero que nos afectaron, directa o reflejadamente. Su origen pudo ser cualquiera de los mencionados en una de las páginas anteriores y, como todos los dolores, están allí para incitar a nuestro cuerpo y mente a la acción, fundamentalmente para protegernos, sirviéndonos de advertencia y de guía en nuestro camino presente hacia el futuro; lamentablemente, sucede también que si no aprendemos a controlarlos, pueden conseguir atormentarnos indebidamente y por ello tienen, en consecuencia, tal y como ocurre con todos los dolores y necesidades, una faceta positiva y otra negativa; naturalmente, sacar el mayor provecho de la primera y atenuar al máximo la segunda, es una de nuestras tareas fundamentales en la vida.

Mucho es lo que se puede hacer para evitar los inútiles tormentos que los pesares pueden imponernos; lo mejor es conocerlos muy bien, examinándolos a la luz de la experiencia actual y aceptando que, por estar en el pasado, el cual no puede volver ni ser modificado, nada terrible debieran ser capaces de hacernos, aunque nada podamos hacer, tampoco, para borrarlos de nuestra memoria. Lo más positivo parece ser mirarlos como desagradables experiencias que debemos usar para nuestro beneficio, esperando y buscando que no se repitan; sabido es que, para sobrellevarlos, ayuda mucho el compartir los sentimientos que ellos nos inspiran, porque, primero, en la comprensión expresada por los demás, en su apoyo, en su consejo y en el conocimiento de situaciones parecidas, podremos encontrar consuelo y valor para restarles importancia y, segundo, porque ello también coopera para elevar el nivel general de conciencia acerca de aquellas acciones que generan sufrimiento y pesar. Desafortunadamente, no siempre estamos conscientes del efecto que los pesares nos causan; sabido es que la mente, cuando son demasiado incapacitantes, procura eliminarlos, haciéndonos creer que los hemos olvidado, aunque solamente los ha enviado a ese desván que llamamos subconsciente y desde el cual pueden salir, cuando menos se lo espera, para afectarnos de manera incontrolada e indeseable (no se debe olvidar, si se constata que resulta imposible o difícil dominar sus consecuencias, que puede ser muy útil recurrir a sacerdotes, a sicólogos o a médicos siquiatras, en procura de ayuda para resolver el problema que ellos pudieran causar).

Asociados a ciertos pesares están los rencores, que son una consecuencia de los sufrimientos que se nos infligió por maldad, o por lo que creemos pudo serlo; esos sentimientos nos impulsan a odiar, es decir a desear el mal, e incluso a practicarlo en contra de aquellas personas o entes a las que creemos responsables de ellos. Los rencores nos impulsan a buscar la venganza y el castigo para aquellos seres o instituciones a quienes culpamos de algún mal o daño sufrido pero siempre deberíamos resistir la tentación de tomar el desquite o el castigo por nuestra mano, por más intenso y legítimo que sea aquel sentir, pues caeríamos en el mismo juego del ofensor, exponiéndonos a recibir aún más daño, incluso por parte de la comunidad toda. En la sociedad civilizada, reconociéndose la frecuencia de los conflictos a los cuales dan lugar los rencores, se ha dispuesto los mecanismos para ayudar a extinguir este sufrimiento y es por ello, en parte, que nació la Ley, en todos sus aspectos y modalidades; es a Ella a la que se debería recurrir para obtener las compensaciones espirituales y materiales que pudieran corresponder. Podríamos agregar que, aún cuando es muy humano y común experimentar rencor, tal como en el caso de cualquier otro dolor, deberíamos procurar suprimirlo a la brevedad, pero siempre actuando de la manera correcta, ya sea perdonando o buscando el auxilio de la Ley. No es beneficioso, en ningún caso, rumiar, indefinidamente, los rencores en nuestra mente, ni actuar personalmente, de pensamiento u obra, en contra del ofensor o de quien se cree que pudo serlo.

Los remordimientos, por su parte, pueden ser descritos como aquellos sufrimientos que se producen tras la constatación o reflexión acerca del mal que hemos hecho y del bien que, pudiendo, no hemos realizado. Si se los tiene, es gracias a que se posee conciencia del Bien, la cual se adquiere y perfecciona, gradualmente, a medida que se aprende, tal como ocurre con cualquier otro conocimiento.

Es indudable que adquirir conciencia, a través del conocimiento, requiere esfuerzo, reflexión y aprendizaje, ya sea de tipo experimental o teórico; clara es la importancia de este último, en todos sus aspectos posibles, ya que es él quien nos prepara para bien y rápido interpretar las señales derivadas de la práctica. Si bien de la difusión del conocimiento, incluso del ético y moral, se encargan los sistemas educativos, la familia, las iglesias de las distintas religiones, y otras instituciones, no es menos importante considerar la responsabilidad individual que en ello nos cabe.

Humano es procurar adquirir conciencia; humano y deseable es pues buscar y adquirir conocimiento, incluido el del Bien. El conocimiento, en cualquiera de sus áreas, nos prepara para que nuestras acciones sean más precisas y con resultados más aproximados a la idea que nos impulsó a actuar; nos permite lograr, entonces, que lo que hacemos, sea bien hecho. El conocimiento del Bien, en particular, nos permite, un accionar presente menos probable de provocar indebido dolor en otros y menos dado, también, a desarrollar remordimientos personales; en suma, nos permite saber, más claramente, si lo que hacemos hoy, posiblemente muy bien, es, además, bueno o correcto.

Pero, volvamos al control de los remordimientos; cierto es que ellos provienen del pasado, sobre el cual nada podemos cambiar y cierto es, también, que hay ocasiones en las que nada más que tratar de olvidar y procurar no repetir la mala acción queda; más existe, sin embargo, un enorme número de casos en los cuales podríamos y deberíamos actuar para atenuar las consecuencias del mal que hicimos o del bien que no realizamos; de ese modo, al suprimir el remordimiento, permitiríamos el retorno de las condiciones para que el presente nos sea más placentero y la visualización del futuro menos inquietante [ Nota 4 ].

Antes de abordar el próximo tema, bueno es recordar el significado del término empatía. La empatía puede ser descrita como esa habilidad (casi una virtud) que permite ponerse en el lugar de otros seres vivos y sentir y razonar, muy aproximadamente, como ellos lo harían, en una circunstancia determinada. La empatía es una virtud que, en distintos grados, todos tienen, porque es una de las características de la especie humana; es ella la que permite "ponerse en la piel o en los zapatos de otros" y es, también, el factor principal que conforma la base del sentido comunitario, pues es ella quien impulsa a la compasión, a la comprensión de los demás, a la caridad y, en suma, a ejercer el sentido solidario. La he recordado aquí para señalar y destacar el hecho, sabido por cierto, que no sólo usted o yo experimentamos pesares, rencores y remordimientos sino que eso les ocurre a todos, en una red, a veces tan tupida e intrincada, que cuesta separar las causas de las consecuencias; señalemos que para destejer esas tramas es imprescindible comunicarse, especialmente con los objetos de nuestros propios rencores, pesares y remordimientos, pues ello facilita llegar al punto a partir del cual se podrá extinguir, más fácilmente, los mutuos dolores que arrastramos desde el pasado o que se nos generan en el presente.

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