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La búsqueda de la felicidad

Autor: Osvaldo González Rojas
Curso:
9/10 (2 opiniones) |528 alumnos|Fecha publicación: 01/12/2009
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Capítulo 2:

 Del origen de las necesidades, sufrimientos y placeres

Muy cierto parece afirmar que los inquietantes y a veces desagradables estados de necesidad o de dolor tienen tres orígenes espaciales distintos: el medio ambiente, los demás seres humanos y el propio cuerpo. El mundo, o medio ambiente, nos impone las consecuencias de los fenómenos y desastres naturales, del frío y del calor, de las agresiones de otros seres vivos etc. Las demás personas, que en rigor también forman parte de nuestro medio ambiente, nos pueden agredir, física y psicológicamente pero también reflejar sobre nuestras mentes, sus propias necesidades y sufrimientos, con todos los problemas que ello conlleva pero estimulando también, de esa manera, nuestra compasión, la cual se traduce en el deseo de ayudarles. Nuestro cuerpo nos hace cargar con sus necesidades básicas, con las consecuencia de sus defectos, de sus limitaciones, de las enfermedades que lo aquejan y de los problemas derivados de su envejecimiento, entre tantos otros sufrimientos, necesidades y angustias de toda índole, en particular espirituales, que sería imposible enumerarlas. Con el fin de visualizar mejor las causas que ellas tienen, su importancia y sus soluciones, intentaremos una clasificación, comenzando por separarlas en físicas y en mentales (o espirituales) a pesar que todas, en último término, se perciben en el cerebro. Así, las netamente físicas son aquellas provocados por el procesamiento automático de las señales recogidas por los sensores orgánicos, los cuales, tras su interacción con el medio ambiente que envuelve al cuerpo y a sus constituyentes, informan al cerebro acerca de ellas, generándose en así la correspondiente necesidad o dolor, que da origen al deseo de anularlos.

Los sufrimientos mentales, o espirituales, son originados por el procesamiento consciente de la información captada por dichos sensores y/o por el procesamiento, consciente o subconsciente, de la información extraída de la memoria. Nótese, además, que el procesamiento de la información por parte del cerebro y la existencia de la memoria, les asina a los estados mentales de necesidad, un origen temporal diferente porque, a pesar que la mayoría de ellos tiene su génesis en las vivencias del presente, muchos provienen de las experiencias psíquico-sensoriales del pasado, mientras que otros, de aquellas que el sujeto imagina que podrían llegar a tener lugar en el futuro. Por una parte, los recuerdos causados por la activación de la memoria hacen revivir la sensación provocada por los dolores directamente experimentados o por aquellos que se reflejaron sobre nosotros, tras haber afectado a otros seres y, por otra, la adquisición de conciencia sobre aquellos dolores que hemos causado en otros seres o, simplemente, sobre acciones intrínsecamente incorrectas que realizamos en el pasado, se traducen en los sentimientos de pesar, rencor y remordimiento. Adicionalmente, el procesamiento intelectual, con su característica capacidad de permitir una compleja proyección del ego hacia el futuro, puede provocar también los sufrimientos denominados angustia y ansiedad. La angustia es la inquietud generada por los sufrimientos o problemas que se supone podrían acaecer, a uno mismo o a otros, mientras que la ansiedad, muy relacionada con la inquietud anterior, es la expectación por constatar si lo que se imagina, bueno o malo, ocurrirá en realidad. La angustia y la ansiedad son sufrimientos muy significativos en la especie humana pero no exclusivos de ella, en especial la segunda.

Sabemos, por otra parte, que las necesidades y dolores se manifiestan en muy diversas formas y grados, desde una picazón en la espalda hasta el dolor paroxístico que acompaña a ciertas enfermedades; desde una simple inconfortabilidad hasta la verdadera desesperación que lleva al suicidio; desde la casi agradable sensación de hambre que precede al almuerzo, hasta el dolor y desesperación de aquel que se ve obligado a no comer durante varios días; sabemos también que todas crean, en el cuerpo y por supuesto en esa percepción de él que es la mente, una mayor o menor intranquilidad que hace imposible experimentar, en plenitud, ese agradable y pacífico estado de ánimo que hemos identificado con la felicidad.

Continuando con el intento de clasificación de las necesidades y sufrimientos y para precisar mejor la forma en la que las que ellos condicionan nuestro proceder, recordaremos aquella propuesta por A. H. Maslow en 1968, la cual afirma que la conducta de un ser humano queda determinada por la siguiente regla: la necesidad más fuerte que acucie a un sujeto, de entre las que siguen, en orden descendente, establece sus pautas de conducta: 1) Necesidades fisiológicas; 2) Necesidad de salvaguardar la existencia propia; 3) Necesidad de crear vínculos personales; 4) Necesidad de auto-estima y 5) Necesidad de auto-realización o de satisfacción personal.

Los cuatro primeros grupos, con los matices lógicos, son comunes a casi todos los miembros del Reino Animal, mientras que el último es exclusivo de nuestra especie.

Sin duda que el primer gran grupo de necesidades, cuya satisfacción es obligada en todos los seres vivos, es el constituido por las llamadas básicas o fisiológicas y que corresponden a las que les son impuestas por la supervivencia del cuerpo y de la mente; entre las de este último tipo y que muy claramente compartimos con los otros seres vivos, están: respirar, alimentarnos, excretar, contar con un territorio y vivienda, sentirnos libres, realizar una adecuada actividad física, reproducirnos, jugar, defendernos de las agresiones, eludir las amenazas, adaptarnos a las variaciones que sufren los parámetros del medio ambiente que nos rodea, etc. Luego, dentro de la misma categoría, se puede mencionar a las necesidades intelectuales fundamentales, que son mayormente exclusivas de nuestra especie y que nos caracterizan: necesidad de pensar, de amar y de ser amado, de creer, de aprender, de idear, de entretenerse, de disfrutar de la música, de comunicarse y, tantas otras, que sería interminable su enumeración detallada.

La obligación de satisfacer estas necesidades básicas es el principal tributo que se paga por el privilegio de vivir. La salud del cuerpo y de la mente está condicionada por una oportuna y adecuada satisfacción de ellas, aunque no menos importante sea, también, el efecto de las enfermedades, físicas o psíquicas que nos puedan afectar y las consecuencias de las posibles lesiones que suframos, accidentales o provocadas.

A través de la satisfacción adecuada y oportuna de las necesidades básicas, a través de la prevención y control de los riesgos físicos a los que estamos expuestos y a través de la pronta acción de la ayuda médica, aumentamos la probabilidad de gozar, continua y por largo tiempo, de una buena salud física y mental, uno de los factores claves en la tríada con la que casi partimos en este escrito.

Si nuestra salud es buena y las necesidades básicas están satisfechas, el cuerpo está en silencio y sólo lo que ocurre adicionalmente en nuestra mente puede alterar la sensación de paz que se requiere, como base, para la felicidad; este aspecto nos diferencia de los animales, quienes no necesitan, al igual que nosotros, de una satisfacción adicional, tan acentuada, de las necesidades de origen mental aunque igual requieren de crear vínculos con otros miembros de su especie y con los humanos, a los cuales pudiesen servir de mascotas y también requieren del refuerzo de su autoestima, a través del establecimiento de jerarquías dentro del grupo social al que pertenecen y del reconocimiento de sus amos, cuando corresponde.

Sin duda alguna, buena parte de las necesidades y sufrimientos experimentados por los seres humanos tiene sus raíces en sus propias mentes y, todas ellas, impulsan las actividades de búsqueda, adquisición, memorización, procesamiento y diseminación de información; estas funciones, que si bien son compartimos con todas las demás estructuras materiales, se manifiestan con extraordinaria claridad e intensidad en el ser humano, al punto que, aún después de satisfechas las necesidades básicas del cuerpo, la mente sigue en continua efervescencia, generando ideas y evolución intelectual que, tarde o temprano, buscarán traducirse en acciones para lograr su comprobación a través de obras en el mundo externo; es a través de estas realizaciones que se produce la realimentación necesaria para el perfeccionamiento de los conceptos y de las obras a las ellos dieron lugar, proceso que constituye lo que se denomina aprendizaje. Al igual que con la satisfacción de otras necesidades, las acciones gatilladas por la actividad intelectual, por la constatación de la coherencia entre ellas y del resultado obtenido, provoca placer y la paz transitoria que le sigue, felicidad. Sin embargo, si la coherencia mencionada no es alta, es decir, si las cosas no resultan como la mente esperaba, no hay satisfacción de la necesidad intelectual y el placer es conseguido a medias o reemplazado por ese dolor difuso que llamamos frustración; las ideas erróneas o incompletas, las acciones equivocadas, o sólo aproximadamente correctas, están en su origen.

A la frustración puede agregarse, además, el dolor que nos podría imponer la inesperada reacción de las personas con las que debemos sostener inevitables relaciones; las causas usuales de los enfrentamientos de este tipo se encuentran en el equivocado actuar, consciente o inconsciente, de una o ambas partes, o en la errónea comprensión de nuestras acciones por parte de los demás.

El quinto grupo de necesidades, el que Maslow denomina "de satisfacción personal" y que yo designo como "de necesidades derivadas del Proyecto de Vida de cada cual", es el que desarrolla la mayoría de las necesidades y sufrimientos de tipo mental, pudiendo adquirir, en ciertos individuos, una intensidad tal que apague o controle, en gran medida, a buena parte de las necesidades pertenecientes a los cuatro primeros, convirtiéndose, así, en el factor de dominio primordial de su comportamiento. Es la actividad para desarrollar este punto la que nos diferencia claramente del resto de los animales, quienes sólo llegan a elaborar proyectos de vida básicos y de muy corto plazo, y es también la que da origen al mayor volumen de necesidades y de sufrimientos. Los Proyectos de Vida tienen que ver con lo que los seres esperan poder realizar en el futuro y con lo que realizan hoy para conseguirlo; tienen que ver, entonces, con la forma en la cual ellos se ven a corto, mediano y largo plazo, y también con las tácticas, estrategias y acciones que elaboran y realizan, para poder convertir aquella imagen en realidad. Es en función de los objetivos a conseguir que los seres humanos, algunos más que otros, pueden hacer grandes sacrificios en el tiempo presente y en el corto plazo, con el propósito de avanzar en pos de sus proyectos personales.

En todo caso, parece ser la consecución de logros parciales, concordantes con las ideas que dieron origen al actuar y conducentes al todo, lo que domina la posibilidad de experimentar felicidad en nosotros y lo que explica, en parte, la gran diversidad de acciones que se realiza y de caminos que se sigue, muchas veces contrapuestos, en pos de sentirse "realizado personalmente" [ Nota 2 ].

En cuanto a los dolores, esos gritos del cuerpo o de la mente enfrentados a necesidades extremas, que compartimos más acusadamente que las anteriores con los otros miembros del Reino Animal, pueden, si son intensos, acallar completamente a toda la lista mencionada y convertirse en los dueños del comportamiento de cualquier ser.

Resumamos algo, antes de continuar, lo revisado hasta ahora:

El análisis del comportamiento de los seres vivos, lleva a concluir que toda necesidad o sufrimiento desencadena el deseo consciente o inconsciente de actuar para suprimirlo; toda acción es gatillada por alguna necesidad.

Por su parte, la forma de actuar es determinada por el conocimiento y su resultado o consecuencia, por las posibilidades de ponerlo en ejecución y por lo completo y correcto de él.

Note que el conocimiento, que puede ser adquirido genética, experimental o teóricamente, se define aquí como aquello que permite que algo sea hecho de acuerdo a la idea, consciente o inconsciente, que dio origen al deseo de actuar.

La magnitud de la diferencia entre lo proyectado y el resultado obtenido determina el grado de frustración que la realización de toda acción genera.

Frustración es el nombre que recibe el tipo de sufrimiento mental que se experimenta cuando el resultado de una acción no es el esperado por aquel que la ejecuta.

Insistamos en que, solamente tras la anulación de un dolor o necesidad puede sobrevenir ese estado de paz interna, de paz de cuerpo y de alma, que corresponde a la felicidad. Insistamos, también, en que ella será tanto más apreciada, cuanto mayor haya sido el estado de angustia o necesidad precedente y tanto más duradera e intensa, cuanto más perfecto haya sido el proceso de extinción de ese dolor o necesidad; obsérvese que de la perfección mencionada depende que no se provoque, con la realización de la acción o conjunto de acciones que conforman ese proceso, otras necesidades o sufrimientos no esperados e incluso mayores que el suprimido; véase pues que la perfección de ese proceso de extinción condiciona la magnitud de la frustración que siempre corre el riesgo de experimentar la mente de quien lo lleva a cabo.

La sensación-premio que la naturaleza instituyó para los seres que realizan la acción o secuencia de acciones correctas, conducentes a la extinción de un dolor o necesidad y a la subsecuente felicidad, corresponde a lo que sentimos y definimos como placer, constatándose que él es tanto más intenso cuanto mayor es la necesidad experimentada y cuanto más rápido ella ha sido extinguida.

Inútil es, entonces, buscar el placer, sí es que previamente no existe o no se desarrolla y, mejor aún, se exacerba, un determinado estado de necesidad o sufrimiento, que se pueda extinguir y que se sepa cómo hacerlo.

Tras la anulación de la necesidad o sufrimiento y la experimentación de la sensación de placer o alivio, sobreviene la transitoria sensación de paz y tranquilidad que asociamos a la felicidad.

Aparentemente paradójico es que, siendo la felicidad perpetua lo que más anhelamos para nuestras vidas, si llegásemos a conseguirla en esa forma, pronto no sería reconocida como tal, pues la percepción de cualquier aspecto de nuestra realidad sólo puede serlo a través de los contrastes que ella misma ofrece; así ocurre con la audición, con la visión, con el tacto y también, de igual forma, con la paz del alma y del cuerpo que llamamos felicidad.

La felicidad es sólo apreciada porque precede o sucede a la inquietud o dolor que caracteriza a los estados de necesidad o sufrimiento que la impiden.

Note también, en consecuencia con lo anterior, que es poco aconsejable buscar la felicidad sin reflexionar cuidadosamente en cómo se lo hará, pues al realizar actos erróneos en su búsqueda, se corre el riesgo cierto de sustituir el dolor o necesidad que se deseaba suprimir, por otro, incluso mayor, alejándose así la posibilidad de ese tan deseado estado del alma.

No pierda de vista, en la continuación de nuestra búsqueda, que el grado de felicidad sentido depende, entonces, de la forma en la que se perciba, controle y extinga, las necesidades y sufrimientos pero también, de la forma en la que se maneje la inevitable frustración que, a menudo, sobreviene tras los últimos procesos.

Téngase presente, además, que el organismo humano, incluida su mente, es un muy complejo sistema que regula su comportamiento y operación, continua y automáticamente, en respuesta a las variaciones que sufren los parámetros internos y externos a él. Es así que el cuerpo y la mente (perdón por insistir en separar lo inseparable) ajustan sus niveles de sensibilidad, tanto a la intensidad de los estímulos físicos (aquellos provocados por la luz, por el calor, por el sonido, por el roce, por la acción de substancias químicas externas o internas etc.) como a las consecuencias que de ellos y de su procesamiento se derivan (en particular, al dolor, a la angustia y al placer). Recordemos además, el efecto de un par de factores que influencian la forma en la cual percibimos las duplas necesidades-sufrimientos y satisfacciones-placeres y, por supuesto, la relación felicidad/desgracia que son experimentadas; se trata de los fenómenos de "saturación" y de "efecto de máscara", que afectan a los conjuntos ya mencionados de manera similar a como lo hacen con la percepción sensorial (de hecho, estos fenómenos son muy conocidos por quienes trabajan con esto último y con sus aplicaciones).

El fenómeno de saturación consiste, básicamente, en que frente a un incremento excesivo de un estímulo, siempre se llega a un punto en el que la reacción a él no crece más. También ocurre, que con el aumento en la intensidad de un tipo de estímulo, se provoca una pérdida de sensibilidad a otros (por saturación de las vías de comunicación o de los sistemas de procesamiento de ellos). En el tema que nos ocupa, esto significa que un sufrimiento provoca la diminución de la sensibilidad a otros y también al placer que de la satisfacción de alguno de ellos pudiese derivarse. Lo contrario también se da: un gran placer, es decir la extinción de una gran necesidad o sufrimiento, atenúa o bloquea la percepción de otros sufrimientos (esto lo entenderán muy bien quienes hayan recibido una herencia tras la pérdida de un ser querido, o el pago de una indemnización, por parte de una Compañía de Seguros, como compensación por la ocurrencia de un siniestro).

Emparentado con lo anterior está el "efecto de máscara", que puede ser descrito como el fenómeno de ocultamiento de los estímulos débiles por parte de otros más intensos. Se lo aprovecha, por ejemplo, en la técnica de registro y de reproducción del sonido para hacer más eficientes y económicos a los sistemas involucrados en ello; una aplicación, basada en él ha sido recientemente puesta de moda con los nuevos minidiscos compactos grabables, lanzados al mercado por SONY; el efecto de enmascaramiento, en este caso, puede ser descrito como la incapacidad del oído para escuchar sonidos débiles en presencia de otros fuertes pues estos últimos enmascaran a los primero, haciéndolos inaudibles; así pues y por lo tanto, en el sistema mencionado, sencillamente no se graba ni reproduce los sonidos más débiles, sin que ello ocasione una degradación perceptible en la calidad del sonido percibido, con el consiguiente ahorro en soporte de grabación. Fenómenos semejantes ocurren con todos los demás sentidos y también con las necesidades-sufrimientos y con sus satisfacciones-placeres, caso en el cual, repitamos la idea, la sensación más intensa oculta a las más débiles, ya sean del mismo tipo, o distintas.

No está de más recordar, también, que la intensidad y amplitud de la percepción sensorial, así como la capacidad de adaptación a los cambios y la disposición para exponerse a las inquietudes que prometen posibles placeres y disfrutes futuros, dependen, en alguna forma inversa, de la edad de cada persona.

Es así pues, por todo lo ya dicho, la percepción de la felicidad es algo propio de cada cual, característica esencial y que permite comprender el por qué personas tan disímiles en su condición de edad, de salud, de riqueza, de belleza o de cultura, tienen acceso, en su medida, a ese tan especial y grato estado; ello lleva a pensar que la felicidad debiera ser considerada, entonces, como un nivel promedio y particular de la relación silencio/ruido del sistema organismo-mente (o, sí se prefiere, de la magnitud de las relaciones paz/inquietud o necesidades-satisfechas/necesidades-insatisfechas) en un individuo. Sería ese nivel promedio el que constituiría lo que cada cual percibe o considera como su nivel de felicidad personal; sería ese nivel, pues, una especie de frontera entre subsecuentes estados de felicidad o de desgracia incrementados y a la cual el sistema cuerpo-mente adapta, continuamente, sus niveles de sensibilidad, de tal forma tal que cada persona, salvo extremos inmanejables, siempre tiene la opción de sentirse razonablemente feliz, a pesar de los muy disímiles niveles absolutos individuales de necesidad-sufrimiento y de satisfacción-extinción de estos.

Sin embargo, es conveniente notar que aquel que posee un bajo nivel de satisfacción de sus necesidades, o casi lo mismo, un bajo nivel absoluto de felicidad, responde más fácilmente a las variaciones positivas de éste, que otro que está en la situación opuesta; en estos últimos se produce una mayor dificultad para reconocer estados puntuales sobresalientes de placer y de felicidad, constatándose, con frecuencia, que la monotonía, que tiende a apoderarse de sus vidas, les impulsa a buscar experiencias distintas y poco usuales para romperla; dado que ese objetivo se vuelve progresivamente más difícil de lograr, se puede generar, en esos individuos, una muy sofisticada búsqueda de placeres y de felicidad, casi incomprensible y hasta algo ridícula, según el punto de vista de la mayoría de las demás personas. Por otra parte, la mayor sensibilidad que ellos poseen a las variaciones negativas de felicidad, les lleva a sentirse más fácilmente desgraciados, incluso en situaciones que para otros serían casi normales.

Habremos de tener en cuenta estas particularidades del sistema de percepción y procesamiento de la mente humana cuando examinemos, más de cerca, los detalles de la búsqueda que se intenta clarificar y, aunque todavía es prematuro entrar de lleno en este asunto, conviene agregar lo siguiente: es frecuente que la búsqueda de la felicidad se asocie casi exclusivamente con la adquisición y posesión de bienes materiales pero, dado que esa vía de satisfacción es interminable y requiere de más y más dinero, tiempo y trabajo para seguirla, siempre llega un momento en el cual con ella no se va a parte alguna, salvo a niveles crecientes de preocupación y de angustia; a niveles mayores de preocupación porque el cuidado y la protección de los bienes materiales pueden llegar a ser cosa seria; a mayores niveles de angustia y de tensión, porque se tiene más cosas de las cuales ocuparse y, usualmente también, mayor dependencia del propio esfuerzo, en forma de más trabajo, para continuar en la senda elegida para intentar conseguir y mantener la felicidad así buscada. En los casos extremos, que se dan con mucha frecuencia en los países ricos y aún en los estratos altos de la población de todos los demás, hay personas que procuran aliviar, mediante el uso de drogas, tanto la pérdida de sensibilidad a los estímulos, como los incrementos en los niveles de angustia y de cansancio cuyo origen, ya se dijo, es el exceso de trabajo y de preocupaciones, las cuales impiden o dificultan, paradójicamente, disfrutar del producto que ellos mismos han procurado.

En referencia a las drogas, incluidos el alcohol y la nicotina, es intrigante constatar que todas ellas tienen relación con la dupla placer-felicidad [ Nota 3 ].

Examinemos ahora, con algo más de detalle, lo referente a la generación, control y satisfacción de los sufrimientos y necesidades en el presente, considerando el efecto que tienen aquellas otras que provienen del pasado o del futuro que se imagina.

Capítulo anterior - Introducción

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