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La búsqueda de la felicidad

Autor: Osvaldo González Rojas
Curso:
9/10 (2 opiniones) |528 alumnos|Fecha publicaciýn: 01/12/2009
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Capýtulo 4:

 Desde el futuro y a través del presente

Al igual como los sufrimientos del pasado afectan a nuestras acciones del presente y a las que podríamos realizar en el futuro, nuestra visión de este último condiciona los actos que ejecutamos en el presente y, con ello, también las características del que será nuestro pasado. Cierto es que vivimos en el presente pero no seríamos humanos si no nos preocupásemos del futuro: del futuro nuestro y de nuestra familia, de aquel de los amigos y conocidos, del de nuestra casa y otras cosas, del de nuestra fuente de trabajo y de la ciudad en la que vivimos, del de nuestro país y del planeta que nos cobija, ¡hasta del futuro del sol y del Universo nos preocupamos!. Nada de raro tiene, entonces, que buena parte de lo que hacemos en el presente sea en función del futuro que prevemos; sin esta humana característica no existiría ni el trabajo, ni la educación, ni las AFP, ni el ahorro, ni el conocimiento, ni nada de lo que consideramos como obras humanas. Aprendemos y, es más, se nos enseña, a preocuparnos del futuro desde que vamos al colegio, cosa que crea nuestras primeras angustias y ansiedades. Sabemos, por la enseñanza recibida y por la experiencia, que el futuro es, casi por definición, incierto; sabemos también que cuanto más incierto lo creemos, tanto más inquietante nos parece y que es por esa inquietante conciencia acerca de sus característica que se ha actuado en el presente de todos los tiempos; con el actuar hemos aprendido que el conocimiento, el cual requiere de la información para ser ejercido, reduce las incertidumbres en el actuar y en el predecir y es por ello que lo buscamos, consciente, afanosa y hasta genéticamente. Es por esto, también, que sentimos que el dinero, ese equivalente convencional de la información y del conocimiento que las cosas almacenan, incrementa nuestra seguridad, pues él reduce ciertas y muchas de las incertidumbres acerca de nuestro futuro.

Preocuparse del futuro tiene, entonces, aspectos muy positivos pero que, de no ser controlados adecuadamente, podrían tornarse en lo contrario; de esto y de los sufrimientos que, efectiva o imaginariamente podría depararnos el porvenir, nos ocuparemos a continuación [ Nota 5 ].

Se sabe que el ser humano tiene, como característica esencial, la capacidad de proyectarse al futuro, es decir, tiene la capacidad de verse en él, usualmente en una posición distinta a la actual, aspecto que lo impulsa a planear lo que debería hacer para conseguirla o evitarla; es esa capacidad la que lo impulsa a buscar los objetivos que se ha propuesto hoy y es ella la que lo obliga a crearse necesidades en función de lo que, supuestamente, sucederá. Se sabe bien, por otra parte, que cuando los hechos esperados prometen agrado y placer, el ser humano se lanza en pos de ellos con energía y ansiedad cinetogénica, siendo éste el factor que lo impulsa a crear y a evolucionar positivamente. Sin embargo, sabido es también que cuando los hechos esperados no parecen ser placenteros ni conducentes a la felicidad sobrevienen la angustia y la ansiedad paralizante, que arruinan el presente y atenúan, debido al efecto de máscara y de saturación, a las necesidades esenciales, afectando negativamente al cuerpo y a la mente. En la Segunda Parte de esta búsqueda, se procurará afinar los conceptos que permitirían controlar los factores anteriores y diseñar, correctamente, las estrategias para planear adecuadamente el futuro, es decir, para planear un Proyecto de Vida adaptable, realista y optimista, que no deje en un terreno seleccionado por el azar la posibilidad de aproximarse, sin demasiados trastornos, a la buscada felicidad. Por ahora, nos ocuparemos de los factores que, de no ser debidamente controlados, pueden volverse en contra nuestra. Abordemos, pues, el análisis de esos dolores y necesidades que sufrimos hoy, porque imaginamos que podrían afectarnos, o afectar a los que amamos, cuando el futuro se transforme en presente. No perdamos de vista que son estas necesidades y dolores los que dan forma, principalmente, al sufrimiento conocido como angustia y en parte, también, a su derivado, la ansiedad.

Contra la angustia, el mejor antídoto es el conocimiento; es por experiencia que el ser humano ha aprendido que es él quien le permite disminuir la incertidumbre por el futuro y tomar y mantener el control de sus actos y de las situaciones en las que se ve involucrado en el presente. Ha aprendido también que la posesión de ese control le garantiza experimentar confianza, seguridad y satisfacción; es natural, por ello, que al enfrentar situaciones que le son algo desconocidas, o simplemente imprevistas, tal como ocurre con muchos de los sucesos que depara el futuro, se le genere las sensaciones opuestas, las cuales dan forma a la angustia.

Es porque el ser humano siente y sabe que el conocimiento incrementa la predictibilidad del futuro y su consecuente sensación de seguridad, que busca adquirirlo y diseminarlo, impulso que se manifiesta en todos los aspectos de su vida y, en particular, en sus relaciones comunitarias; en este último caso, para que el habitante de una sociedad civilizada sepa como enfrentar las situaciones que se le podrían presentar en la vida diaria, ya sea conflictos humanos, accidentes, fatalidades, etc., se ha creado esa forma particular de conocimiento que es la Ley; es Ella la que hace, en los aspectos concernientes, más tranquilo el presente y más predecible el futuro del ciudadano; es Ella la destinada a incrementar la confianza y seguridad en la convivencia, pero siempre bajo la condición que sea acatada por todos (de aquí la importancia que sea mayoritariamente percibida como justa). Es dentro de la Ley también, y para prevenirse de algunas consecuencias de todo aquello que tiene alguna probabilidad no demasiado pequeña de ocurrir (un accidente, una enfermedad, un incendio, un asalto, perder el trabajo) que la sociedad ha creado una serie de mecanismos confiables para conseguirlo (Seguros de todo tipo, ahorro previsional, etc.) que mucho ayudan a reducir la incertidumbre por el futuro.

Intentar mantener el control en aquellas situaciones inesperadas o incontrolables, o en aquellas que con toda certeza ocurrirán y que se convertirán en tales, como la muerte, también preocupa significativamente a muchos (a otros, en cambio, no tanto, pues son más bien fieles a la posición filosófica que postula que sólo se debe intentar resolver los problemas que son, es decir , aquellos que tienen solución posible pero no los demás, es decir, aquellos que no la tienen, porque esos seguirán un curso independiente de cualquier cosa que se haga). Frente a estas situaciones y a otras que pueden parecer incontrolables, cada cual buscará la solución que le parezca más adecuada, incluida la que ofrece la religión; frente a las otras, me permito recordar aquí una máxima, de la cual es autor Henry Ford y que me parece muy adecuada para aplicar a esos casos y a los demás, al menos inicialmente, "No olvides que la mano más cercana que te puede brindar ayuda, es la que está en el extremo de tu propio brazo". En otras palabras, enfrentados a situaciones presentes inesperadas o a las no deseadas que imaginamos podría traernos el futuro, el mejor procedimiento para extinguir la inquietud o la ansiedad paralizante es procurar actuar, pero siempre después de reflexionar sobre el problema, es decir, actuar sí es que la razón así nos lo indica. Se debería actuar, pero siempre que se esté preparado para ello, condición básica para tener éxito en nuestros propósitos; si no se está seguro de cumplir esa condición, el objetivo previo debe ser el de prepararnos, adquiriendo el conocimiento requerido, para enfrentar, posteriormente, el problema, pero siempre buscando que ello se logre a la brevedad, para intentar resolverlo y transformarlo, así, en cosa pasada.

El actuar debe ser, entonces, siempre razonado y empático, ajustado a la Ley y a principios éticos universalmente aceptados. Si esto se practica como norma de vida, se hará costumbre resolver rápidamente los problemas que se presenten, sin dañar a otras personas ni a otros seres y evitando acumular angustias y ansiedades, las cuales son conducentes a tensiones patogénicas, que mucho podrían alterar la salud y otros factores de los cuales depende el nivel de felicidad percibido.

El actuar debe ser, además, honesto; honesto consigo mismo y con los demás; honesto, no sólo en sentido legal, sino que también en sentido ético, es decir, se debe actuar como se piensa (no decir una cosa y hacer de otra manera) y muy bueno es que los demás conozcan nuestro pensar. Se debe pues procurar, a humana ultranza, ser consecuente con las propias ideas, es decir, coherente en todos los aspectos de la vida. El que se acostumbra a aparentar lo que no es, puede que termine convirtiéndose en aquel cuya imagen desea proyectar pero, lo usual es que, en el intertanto, viva angustiado por la posibilidad de ser desenmascarado (tal como un calvo con peluca...).

Muy bueno es que los demás conozcan nuestro pensar y lo identifiquen en nuestro actuar; la base de la confianza de otros en cada uno de nosotros está en la transparencia, en el buen pensar y en la coherencia de nuestro actuar.

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