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La búsqueda de la felicidad

Autor: Osvaldo González Rojas
Curso:
9/10 (2 opiniones) |528 alumnos|Fecha publicaciýn: 01/12/2009
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Capýtulo 6:

 Escudarse con la razón o la fe

Otra manera de controlar las necesidades y sufrimientos desagradables es la de evitar su aparición o de no permitirles que adquieran una magnitud que llegue a dominar nuestros actos. En ello, la razón y la fe pueden ayudar, ya sea para atenuar una necesidad inconveniente o para resistir a la necesidad de satisfacerla.

En referencia a las acciones que se realiza, se sabe que, casi todas ellas, tanto las mentales como las físicas, lo son para satisfacer alguna necesidad o para extinguir algún sufrimiento. Dado que estos factores impulsores de la acción tienen una dimensión temporal (algunos provienen del pasado, otros se originan en el presente y los demás se los prevé en el futuro) los actos, mentales y físicos, que se realiza en el presente tienen como objetivo suprimir los actuales, o prepararse para ser capaz de hacerlo con los que se cree aparecerán, cuando el futuro se convierta en presente. Advierta que no siempre los actos realizados son para extinguir directamente necesidades o sufrimientos propios; muy frecuentemente, ellos están al servicio de los demás, ya sea por amor o por trabajo (o sea, por servicio remunerado hacia los demás). Aquellos realizados por amor (por caridad, por afecto, por amistad o por erotismo) pueden serlo para suprimir alguna necesidad o sufrimiento ajeno, que se ha reflejado en nuestro propio espíritu.

Los actos realizados por trabajo tampoco tienen como objetivo suprimir necesidades propias inmediatas ni directas, sino que preparar al sujeto para eliminar, en el futuro y a través del pago recibido, necesidades postergadas o posibles de ser; el estudio personal y el servicio remunerado, realizado para satisfacer una necesidad propia y directa, no puede calificarse de trabajo, aunque tenga la apariencia de tal. No hay que olvidar tampoco que, ciertos actos, no muy correctos y más comúnmente realizados que lo deseable, son realizados a pesar de dañar a otros (recuerdo que se dice que "la necesidad tiene cara de hereje") y por ello es imprescindible reflexionar, también, acerca del tipo de ética o moral que debiera ser la rectora de ellos, no para ganar un cielo o evitar un infierno en una hipotética vida post mortem, sino porque la experiencia y la razón muestran que de la ética o de la moral practicada depende que, con la realización de nuestras acciones, no se cause a otros ni provoquemos, a nosotros mismos, sufrimientos y necesidades mayores que aquellas que se ha pretendido eliminar. De la correcta ética o moral practicada en este mundo, el único del cual tenemos certeza, depende que en él vivamos el Paraíso La razón o la fe proporcionan las bases para desarrollar y ejercer la ética o moral que fortalece las virtudes y nos protege de realizar actos que podrían aumentar las probabilidades de incrementar nuestro grado de infelicidad (la razón podría estar representada por el refrán "agua que no has de beber, déjala correr" y la fe, por "¡Vade retro Satanás!).

Con respecto a las virtudes, recordemos que se las puede clasificar en dos grandes grupos: físicas e intelectuales (o espirituales). Entre las físicas mencionaremos a la belleza y a una serie de aptitudes, como aquellas que permiten el bien cantar y tocar instrumentos, o el desarrollar actividades deportivas en forma sobresaliente, o destacarse en habilidades manuales y artísticas, etc.; entre las intelectuales se identifica a la inteligencia, en sus diferentes aspectos y a un conjunto conocido como "virtudes éticas", conformado por la prudencia, la justicia, la templanza, la fortaleza y la caridad. Aunque todas ellas son disposiciones naturales, en algunos casos muy destacadas, siempre requieren de ser cultivadas para desarrollarse en plenitud y convertirse, así, en nuestros mejores escudos contra la infelicidad y también en dignas de suscitar la admiración y los deseos de emulación por parte de los demás. Ayudar a identificar, en cada ser humano, las virtudes físicas e intelectuales destacadas, es una tarea conjunta de los sistemas educativos, de los padres y de cada individuo; del éxito que en ello se tenga dependerá la facilidad y precisión con la cual cada uno podrá descubrir y desarrollar su vocación, para bien propio y comunitario.

Dado que buena parte de la vida de cada individuo está dedicada al trabajo que realiza para sustentar su vida y la de su familia, bien se comprende, entonces, la importancia que posee la coincidencia entre éste y la vocación pues, sólo en ese caso, el servicio remunerado hacia otros será un continuo satisfacer de necesidades personales, con máximo beneficio para el que lo otorga y para el que lo recibe. La motivación es máxima cuando se desarrolla un trabajo dentro de la vocación personal y es obvio, entonces, que esta situación será la ideal, tanto para el trabajador como para su empleador. Sin embargo, en la vida, casi nunca las cosas son ideales y lo usual no será lo anterior, de forma tal que, tanto el empleado como el empleador, deberían buscar la forma de adaptarse y encontrar mecanismos que aseguren una razonable satisfacción de las necesidades de ambos. Útil es, para el trabajador, cuando no cree posible o conveniente el cambiar de trabajo, tratar de reorientar su actividad, dentro de la propia empresa, para aproximar, en ella misma, las funciones que realiza a su propia vocación; más, si ello no fuese definitivamente realizable, se revela, como muy conveniente, el darle curso asumiéndola como una entretención. Deseable es, por otra parte, que los empleadores otorguen las facilidades y los incentivos adecuados para que el personal a su cargo acomode sus tareas, se capacite o estudie, de manera que puedan desarrollar sus actividades dentro del área en la cual se sienten más a gusto; no cabe duda, además, que dentro de los grupos artísticos, sindicales, deportivos y otros, que las empresas patrocinan internamente, muchos trabajadores encuentran un cierto modo, no remunerado, de practicar vocaciones latentes, incrementando con ello el grado de satisfacción que el laborar allí les produce.

Pero, claro está, no basta con hacer bien lo que se hace, incluso si se lo disfruta; es necesario, además, saber si aquello es correcto, es decir, si está hecho de acuerdo al Bien. El ejercicio de las virtudes éticas le aseguran eso y, además, la paz de su alma. La primera de las cinco que mencioné, hace algunas líneas, es la prudencia. La prudencia se describe como aquello que caracteriza al actuar reflexivo, honesto y que huye de la temeridad; que el actuar sea reflexivo significa que ha sido consecuencia de una evaluación racional y certera del problema; que sea honesto, implica que lo ha sido de acuerdo con las capacidades e ideas de quien actúa y, que huye de la temeridad, implica que ha tenido lugar después que se ha sopesado cuidadosamente los peligros o riesgos potenciales consecuentes. La virtud de la prudencia está íntimamente asociada con lo que se denomina "sexto sentido" o sentido común y su ejercicio asegura una vida poco expuesta a riesgos físicos, económicos y emocionales.

La justicia es descrita como la capacidad de dar a cada uno lo que le corresponde, en el contexto en el cual se practica. Requiere de una evaluación honesta de los antecedentes con los que se cuenta para ello, del ejercicio de la empatía y de una buena comunicación con los actores involucrados en el proceso. Obrar justamente y en forma reconocida como tal, garantiza que no seremos fácil objeto de rencores, a causa de acciones nuestras que hayan podido afectar a otros, ni tampoco que sufriremos de remordimientos posteriores.

La templanza se refiere a la capacidad para resistir la tentación de obrar mal, cediendo a impulsos o deseos que nuestra conciencia señala, anticipadamente, como incorrectos. Significa huir de lo que sabemos nos hará daño, o que hará daño a otros, renunciando, voluntariamente, a la gratificación de un placer momentáneo. La templanza es la fuerza para resistir a los excesos y es también la fuerza para resistir al influjo de las pasiones, a la debilidad de cometer traición y al deseo de practicar la deshonestidad. La templanza es forjada por el conocimiento, la reflexión o la oración, fundándose en una conciencia sólida y trabajada; como las demás virtudes, llega con nosotros al mundo pero debe cultivarse. La templanza protege nuestra conciencia y nuestra salud.

La fortaleza es la valentía para obrar, de acuerdo con las convicciones de nuestra conciencia, a pesar que ello implique el peligro o la realidad de sufrir dolores o necesidades. Como ocurre con la templanza, la fortaleza protege nuestra conciencia de los remordimientos y aumenta nuestra autoestima.

La caridad es una de las formas en las que se expresa el amor por los demás seres; la empatía, que da origen a la simpatía y a la compasión está en su origen. La caridad se ejerce a favor de los sufrientes y necesitados, de los débiles y de los enfermos, tanto si son seres humanos como animales; se pone en práctica deseando y actuando para anular el sufrimiento o necesidades de otros seres, aún a expensas de los nuestros y sin esperar retribución alguna, salvo la satisfacción reflejada por dicha acción sobre nuestro propio espíritu. El "Ama a tu prójimo como a ti mismo", complementado por el necesario "y también al planeta que te cobija y a los demás seres vivos que en él te acompañan", duramente aprendido hacia el final del segundo milenio, parece ser un muy buen consejo a recordar siempre, pero que será realmente efectivo si primero aprendemos a amarnos a nosotros mismos.

La práctica del amor, el desear y gozar con la felicidad ajena legítima, nos protege, además, de la envidia, sobre todo de la mala. La envidia, es ese sentimiento de inconfortabilidad, cuyo origen se encuentra en la constatación de aquellos hechos lícitos que, según suponemos, causan la felicidad de otros (¿por qué él (o ella) y no yo?); la envidia jamás coopera a nuestra felicidad, aunque sea de la "buena" (aquella que nos impulsa a intentar emular al que es feliz) y con mayor razón es nociva la "mala", es decir, esa que nos impulsa a actuar para intentar suprimir o disminuir la felicidad del otro. El antídoto contra la mala envidia es, sin duda, el amor por el prójimo en general, que nos hace ser felices con la felicidad ajena.

Pudiera parecer que una vida virtuosa, por el hecho de estar exenta de grandes sobresaltos negativos, debiera ser sinónimo de aburrimiento y ascetismo pero, sin embargo, no necesariamente ello debe ser así; sobresaltos positivos, convenientemente elegidos, pueden compensar, perfectamente y con ventajas, a los desagradables y peligrosos primeros, otorgándonos satisfacciones más intensas y duraderas y, sobre todo, aproximándonos mucho más confortable y seguramente, a la elusiva felicidad [ Nota 6 ].

Exacerbar ciertas necesidades

Sabido es, por experiencia, que la intensidad del placer, o sensación experimentada por la supresión de una necesidad o sufrimiento, es tanto mayor cuanto mayores estos hayan sido y, también, cuanto más rápido y profundo fue el proceso de extinción. Es notable constatar que además de aquellas acciones para extinguir alguna necesidad o sufrimiento, las demás que el ser humano realiza están destinadas a exacerbar alguno de esos dolores con el objeto de procurarse un placer posterior mayor. Según parece, el ser humano es el único animal que busca conscientemente el placer y su intensificación, comportamiento que me parece perfectamente lícito, inteligente y deseable, siempre que sea realizado sin provocar daño a otros seres [ Nota 7 ].

La exacerbación de las necesidades se puede lograr postergando su satisfacción, realimentando la mente con visiones anticipatorias del placer que se tendrá (¡imaginación!) y sobre-estimulando adecuadamente los sensores fisiológicos (con imágenes, con sonidos, con aromas, con sabores, con estímulos táctiles, con substancias químicas no demasiado dañinas, con sensaciones físicas, como las de caída, de alta velocidad etc.).

Aprovechar conscientemente estos factores de control y modulación de los placeres, permite extraer las máximas satisfacciones de la vida, sobre todo si de ella se aprovecha aquellos que ofrece gratuitamente (o casi) como los que disfrutaban usualmente nuestros antepasados, quienes, por vivir en mayor comunión con la naturaleza, aprovechaban de su armonía para gozar de las cosas simples y de ellos mismos.

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