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Bernardo de Claraval y la Orden Templaria

Autor: Agustín Fabra
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10/10 (3 opiniones) |324 alumnos|Fecha publicación: 10/09/2010
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Capítulo 2:

 La Orden del Císter

La Orden del Císter

En el siglo III los primeros monjes cristianos provenientes de Egipto y Siria eran en gran parte ascetas solitarios, anacoretas que posteriormente pasaron a vivir en comunidad por razones de supervivencia. Estas congregaciones fueron organizándose hasta establecer determinadas reglas monásticas que asegurasen la convivencia y que con el tiempo se fueron perfilando y difundiendo. Las premisas para los monakos (solitarios) consistían en dejar atrás todos sus vínculos para adaptarse a una nueva comunidad que les ofrecía una vida dedicada a la oración y al ascetismo.

En el siglo IV Benito de Nursia fundó entre Roma y Nápoles el Monasterio de Monte Cassino, donde aplicó la práctica de la Regla del Maestro, principal referente de la vida monástica cristiana del Occidente medieval. Tras la invasión lombarda, que supuso la destrucción del Monasterio y su posterior reedificación, la orden benedictina se tomó como modelo ideal de vida monástica y proliferaron fundaciones del mismo orden religioso en diferentes países. La importancia de los oratores (monjes) aumentó hasta el punto de convertirse en uno de los pilares imprescindibles de la sociedad, junto con los laboratores(trabajadores) y los bellatores (guerreros). Con el tiempo las costumbres iniciales se fueron degenerando. Los objetivos de los primeros ascetas quedaban prácticamente irreconocibles ante las prácticas y el modo de vivir de aquellos monjes. Tras el intento de reforma de la Abadía de Cluny en el año 910, nació en muchos monjes la necesidad de aplicar de nuevo los principios de ora et labora (reza y trabaja). En el año 1075 el Monasterio de Molesmes regresaba a los ideales de Monte Cassino. Desde Molesmes 21 monjes fundaron en un bosque cercano a Dijon, llamado Citeaux, una nueva comunidad que potenciaba la caridad y el voto de pobreza. La Orden se fue configurando durante medio siglo (1075 al 1125) y en el 1119 se celebró el primer Capítulo y se aprobó la Carta de la Caridad, los preceptos de la organización del monasterio. Ahí dio inicio lo que sería conocida como la Orden del Cister. Para ellos, el monje había descuidado su labor y su lugar en la iglesia. Según ellos los abades no encarnaban la imagen propuesta por la regla benedictina y se dedicaban a la vida mundana, pasando demasiado tiempo en las Cortes e interviniendo demasiado tiempo en política. Acumulaban demasiadas tierras y riquezas y hacían excesos en el comer y en el beber, todo ello muy alejado de la pobreza, penitencia y soledad que debían practicar para seguir fielmente la Regla de San Benito. El monje debía llevar una vida de oración, trabajo y acogida de peregrinos, y poseer una razonable medida de lo material.

La Orden del Císter forma parte de ese movimiento renovador. Conocida como el Císter, es una orden religiosa fundada por Roberto de Molesmes en 1098. Debe su nombre a la Abadía del Císter, donde se originó (la antigua Cistercium romana, localidad próxima a Dijon, Francia). En la Edad Media se les llamó los monjes blancos por el hábito blanco que usaban bajo sus escapularios negros, lo que les diferenciaba de los monjes negros, que eran los benedictinos. Del Císter salieron en poco tiempo más de sesenta mil monjes que se diseminaron por Francia, Italia, España y la Europa Central fundando nuevos monasterios, siempre en zonas yermas o inhóspitas pero con abundancia de agua. Durante el siglo XII, considerada su Edad de Oro, los cistercienses constituían la Orden con más influencia dentro de la Iglesia católica. Alcanzaron obispados y desempeñaron diversas funciones eclesiásticas. También tuvieron un fuerte protagonismo en la economía de la Edad Media, en especial en el desarrollo de técnicas para hacer utilizables terrenos baldíos, y en la creación de métodos de producción, distribución y venta de granos y de lana. Fueron en gran parte los responsables de la expansión de la arquitectura gótica por toda Europa y dedicaron mucho tiempo y esfuerzos en la recogida y copia de manuscritos para sus bibliotecas.

 

Cuando Roberto de Molesmes, primer Abad de la Orden, dejó la Abadía del Císter en Citeaux para regresar a su Molesmes natal, dejó el gobierno de la nueva Abadía a Alberico, quien falleció en 1109. Esteban Harding le sucedió en 1113 como tercer Abad y fue quien propició el ingreso de Bernardo de Claraval en la Orden del Císter.

 

Posteriormente Esteban Harding envió al joven Bernardo al frente de un grupo de monjes para fundar una comunidad en el valle de Absinthe, o Valle de la Amargura, en la Diócesis de Langres.

 

La Abadía de Claraval

Para erigir la Abadía Bernardo eligió un lugar apartado en el bosque donde sus monjes tuvieran que derramar el sudor de su frente para poder cosechar lo que habían sembrado por sí mismos, y le puso el nombre de Clairvaux (Claraval), que significa valle claroya que allí el sol ilumina con fuerza todo el día.

Los comienzos de Claraval fueron confusos y penosos. El régimen impuesto por Bernardo era muy austero y afectó a su salud. Cuando el Capítulo General del Císter se enteró de sus dificultades delegó en el Obispo Guillermo de Champeaux la resolución de las mismas. El Obispo, al darse cuenta de la deplorable salud de Bernardo, le obligó a suavizar la falta de alimentación y la implacable mortificación que se imponía a sí mismo. Bernardo se vió obligado a dejar la comunidad temporalmente y a trasladarse a una cabaña que le servía de enfermería y donde era atendido por otras personas ajenas a la Orden. Sin embargo el Monasterio progresó rápidamente y acudieron gran número de discípulos deseosos de ponerse bajo la dirección de Bernardo. Con ello Claraval pronto quedó pequeño para la gran cantidad de religiosos que acudieron, siendo por ello necesario enviar diferentes grupos a fundar nuevas comunidades. En el año 1118 se fundó el Monasterio de las Tres Fuentes, en la Diócesis de Chalons; en 1119 el de Fontenay, en la Diócesis de Dijon y en 1121 el de Foigny, cerca de Vervins, en la Diócesis de Soissons. A partir de 1130 se extienden las primeras abadías por Alemania, Inglaterra, Italia y España. A pesar de esa prosperidad Bernardo, Abad de Claraval, tuvo sus pruebas. Durante una ausencia suya de Claraval, el Gran Prior de Cluny, Antonio de Blé, Barón de Uxelles, influyó para atraerse al sobrino de Bernardo, Roberto de Chatillon, lo cual fue motivo de la más larga y sentida carta del Abad de Claraval. El Barón de Uxelles logró su objetivo y, ante la ausencia de Bernardo, Roberto de Chatillon junto con otros monjes salió de la Abadía de Claraval y fundó la Abadía de Noirlac, cerca de la ciudad de Saint-Amand.

Sin embargo posteriormente dio su bendición a su sobrino y a su fundación y, en un momento de gran apuro económico para la Abadía de Noirlac, fue el propio Bernardo quien hizo las gestiones necesarias ante el Abad Suger, consejero del Rey Luis VII, quien cubrió las necesidades de la Abadía enviándoles una remesa de trigo.

El Abad Bernardo de Claraval

En la historia de la Iglesia es difícil encontrar otro hombre que haya sido dotado por Dios de un poder de atracción tan grande para atraer a personas a la vida religiosa como el que recibió Bernardo.

En las universidades, en los pueblos y hasta en los campos, los jóvenes al oírle hablar de las excelencias y ventajas espirituales de la vida monástica, se iban en grupos a que él les instruyera y formara como religiosos. Incluso las muchachas tenían terror de que su novio hablara con Bernardo. Durante su vida fundó más de trescientos monasterios e hizo llegar a la santidad a muchos de sus discípulos. Le llamaban el cazador de almas y vocaciones y con su apostolado consiguió que más de novecientos monjes hicieran vocación religiosa. Las gentes llamaban a Bernardo doctor melifluo (el doctor boca de miel). Su inmenso amor a Dios y a la Virgen María y su deseo constante de salvar almas lo llevaban a estudiar durante horas cada sermón que iba a pronunciar y, como sus palabras iban precedidas de mucha oración y de grandes penitencias, el efecto era fulminante entre los oyentes. Escuchar al Abad Bernardo de Claraval era sinónimo de mejoría espiritual. Bernardo fue el gran enamorado de la Virgen María. Se adelantó en su tiempo a considerarla como medianera de todas las gracias y poderosa intercesora nuestra ante su Hijo Jesús. A Bernardo se le deben las últimas palabras de la Salve: Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María. Las dos ideas fundamentales transmitidas por Bernardo en cuanto a la Virgen María son: la mediación universal de María y la necesidad de invocarla en todas las circunstancias.

El mayor deseo de Bernardo era el de permanecer en su Monasterio de Claraval dedicado a la oración y a la meditación junto con los demás monjes. Pero tanto el Papa como los obispos, los pueblos y los gobernantes le pedían continuamente su ayuda y asesoramiento, y él siempre estuvo dispuesto a dársela.

Con una salud sumamente débil por habérsele dañado el aparato digestivo en los primeros y austeros días como monje cisterciense, Bernardo recorrió toda Europa poniendo paz donde habían guerras, deteniendo las herejías, corrigiendo errores, animando a desanimados y hasta reuniendo ejércitos para defender la fe católica. Era el árbitro deseado y aceptado por todos. Espiritualmente hablando, Bernardo fue un místico y se le considera uno de los fundadores de la mística medieval. Tuvo una gran influencia en el desarrollo de la devoción a la Virgen María.

Bernardo habitualmente se desplazaba a pie, acompañado siempre de un monje que hacía de secretario y que escribía sus dictados durante los desplazamientos. Predicó en la región del Languedoc a los cátaros o albigenses, por quienes fue elogiado. Sin embargo, en Verfeil, cerca de Toulouse, los mismos cátaros que en un principio le elogiaban, le abuchearon. Después de la muerte de Bernardo los cátaros fueron declarados herejes por el Vaticano y su comunidad fue disuelta a la fuerza. Posiblemente debido a los abucheos infringidos contra Bernardo unos años antes, muchos cistercienses se pusieron al frente de la cruzada que reprimió el movimiento cátaro.

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