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Curso de autodefensa psíquica

Autor: Gustavo Fernández
Curso:
8,89/10 (44 opiniones) |32129 alumnos|Fecha publicación: 23/06/2006
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Capítulo 32:

 Preparación de amuletos y talismanes IV

El entrenamiento mental (parte dos)

Técnica de refuerzo de mirada

Aclarados ya en la lección anterior los motivos que hacen imprescindible (y no sólo en el proceso de preparación de amuletos y talismanes, sino en un amplio espectro de circunstancias de la vida cotidiana) la práctica de este ejercicio, pasaremos a la descripción del mismo como entrenamiento, así como algunas observaciones respecto a circunstancias específicas de su aplicación.

Para una buena ejercitación se precisan dos personas, que trabajarán conjuntamente.

Deberán sentarse frente a frente, separados los rostros de ambos unos cuarenta centímetros. Respirando lenta y profundamente, el ejercicio consistirá, nada más (pero también, nada menos) que en permanecer en silencio mirando atentamente los ojos de la persona que está frente a nosotros, sin desviar la vista hacia ningún otro punto que no sean esos ojos. Nuestro "paternaire", obviamente, estará haciendo exactamente lo mismo.

Esto parecerá la mar de sencillo. ¿Cómo -se preguntarán ustedes- no podré estar quince o veinte minutos (que es el tiempo que debe durar el ejercicio) mirando los ojos de quien esté sentado frente a mí?. Más aun, cuando por "atentamente" quiero decir sólo eso, o sea, sin desviar la mirada, pero pudiendo pestañear las veces que se desee. Es más, si me aburro de mirar un ojo (nunca podrán mirarse ambos a la vez) puedo incluso variar, llevando mi vista al otro. La única condición es, además de no desviarla, tampoco hablar.

Pero esto tan sencillo se complica inesperadamente. Sorpresivamente, a los pocos instantes, cosas extrañas me empiezan a suceder: soy invadido por un deseo incontenible de reírme (y se supone que nada gracioso hay en el rostro de mi compañero/a), o soy oprimido por una angustia que me aproxima al llanto; o el rostro de mi copracticante empieza a sufrir una extraña metamorfosis: le surgen bigotes y barba (en el caso de no tenerlas), o parece quedar sólo un ojo "flotando" en medio de su rostro (o, por el contrario, parece tener más de dos), o su cara se ilumina, o se oscurece. En síntesis, soy dominado, mientras me esfuerzo en cumplir el objetivo que mi instructor me asignó -vale decir, "sólo" permanecer en silencio observando los ojos de quien me acompaña- por un deseo casi incontenible de levantarme e irme, de abandonar lo que estoy haciendo y marcharme a hacer algo más útil...

Pero si soporto esa desagradable sensación una cierta cantidad de minutos (que variará con cada practicante) al cabo de los mismos ocurre algo muy particular: sorpresivamente, todo vuelve a ser como debería haber sido. Veo nuevamente su rostro tal cual es, no experimento a partir de ese momento ninguna sensación desagradable...

¿Y por qué ocurre esto?. Porque mi inconsciente no está acostumbrado a hacer aquello que naturalmente no acepta. Y, naturalmente, entiendo por ese término que mirar a los ojos de una persona un tiempo prolongado sólo "debe" ocurrir en dos circunstancias: cuando dialogo, o cuando existe un v ínculo emocional. Pero eso de mirar a los ojos de alguien por el sólo hecho de hacerlo, no entra en sus cánones. Y como el inconsciente es la verdadera "fuerza bruta" de mi mente, trata de sabotear la experiencia, generando imágenes alucinatorias y proyectándolas en mi campo visual para obligarme a desviar la mirada, a interrumpir el ejercicio. En síntesis: para no permitirme hacer (permitirme a nivel consciente) aquello que "él" no quiere.

De resultas de lo cual podemos colegir que el inconsciente y sus "mecanismos de autodestrucción", así como boicotean este ejercicio, están diariamente y sin que nos demos cuenta, boicoteando muchas acciones de la vida cotidiana, generando aparentes dificultades exteriores -o que atribuimos a causas exteriores- y que en realidad representan al enemigo más peligroso que tenemos, peligroso porque no lo vemos al estar en nosotros mismos.

Pero cuando mediante un esfuerzo de voluntad me obligo a perseverar en la práctica, cuando vuelvo a ver el rostro de mi compañero tal cual es, sin apariencia ni sensaciones extrañas, es (para decirlo burdamente) cuando le he impuesto a mi inconsciente actitudes conscientes. He extendido el campo de dominio de mi voluntad, no sólo sobre ámbitos psíquicos que hasta entonces escapaban a mi control sino, lo que es más importante, sobre la raíz de los mecanismos de autosabotaje. He cultivado mi voluntad. He comenzado a controlar mis "yoes negativos".

Muchos en uno

De lo que aquí se trata es que tenemos que entender la personalidad no como un único Yo, sino como una multitud de yoes menores, interactuantes y, si me permiten decirlo así, rotativos en su control de ese Ego que es la personalidad. La esquizofrenia hebefrénica, la división patológica de la personalidad, no sería más que la exteriorización exagerada del control que cada uno de esos yoes toma del Ego en distintos momentos de la vida.

Nosotros mismos, aparentemente personas psíquicamente sanas y equilibradas, estamos sometidos a esa puja por el poder de los yoes. No solamente cuando se nos observa -más que observarlo nosotros mismos- que "cambiamos con el tiempo" (más que cambiar nuestro carácter y personalidad a causa de las vivencias que nos ocurren con los años, lo que pasa es que distintos yoes se turnan por el control de acuerdo a las vivencias que enfrentamos, en función de lo que, acertada o equivocadamente, el espíritu interpreta como la "estructura de personalidad" más apta para enfrentar determinada suma de contingencias en la vida. Por eso cuando, por ejemplo, decimos un día "mañana voy a levantarme dos horas más temprano para estudiar" y al día siguiente nos quedamos dormidos, apagamos "inadvertidamente" el despertador o menospreciamos la decisión tomada el día anterior, lo hacemos no porque nuestra determinación haya cambiado, o fallemos en nuestra voluntad, sino porque el "yo" que ayer dijo "voy a levantarme temprano" no es el mismo "yo" que hoy decide arrebujarse entre los edredones. En este sentido, incluso podemos interpretar las "posesiones" u "obsesiones", o bien como el control que determinados yoes perversos toman de nuestro Ego en diversos momentos, o bien como la permeabilidad de nuestro carácter ante la debilidad de nuestros yoes que aceptan mansamente una "personalidad exterior", una entidad ajena con momentáneo liderazo sobre ellos mismos.

De donde se deduce que la práctica del "refuerzo de mirada", además de facilitar los beneficios citados en la lección anterior (esto es: la "densificación del pensamiento" o "láser mental", apto no sólo para condensar intenciones psíquicas en nuestros amuletos y talismanes sino también para imponer nuestros objetivos en la vida cotidiana, el incremento de la concentración y la potenciación de las facultades psíquicas) también propende a un refuerzo de la personalidad. E, incidentalmente, a dotarnos de la capacidad de influir psíquicamente en terceros: a fin de cuentas, juzgamos acertadamente a la gente cuando los llamamos "personas de recto mirar" (a aquellos que nos miran a los ojos cuando conversamos), "paisajistas" (porque parecen estar mirando el paisaje a nuestro alrededor mientras hablamos, y que generalmente señalan a individuos que piensan algo distinto de lo que expresan en ese momento) o los "hombres o mujeres del tercer botón" (porque parecen estar mirando el tercer botón de nuestra camisa mientras conversamos, y que remiten a personas donde ni ellos mismos están convencidos de lo que están diciendo).

En lo que a esta parte del curso respecta, permítanme finalmente señalarles que la efectividad de un amuleto o talismán es directamente proporcional a la fuerza de voluntad puesta en práctica durante su elaboración, y una forma idónea de alcanzar la misma es la práctica del "refuerzo de mirada".

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