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Curso de autodefensa psíquica

Autor: Gustavo Fernández
Curso:
8,89/10 (44 opiniones) |32129 alumnos|Fecha publicación: 23/06/2006
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Capítulo 6:

 La envidia

¿Cuántas veces nos hemos planteado si los pensamientos negativos de los dem ás hacia lo que hacemos, conseguimos o somos no incidirán perjudicialmente en nuestra naturaleza?. ¿Si lo que popularmente llamamos "envidia", puede afectarnos de alguna forma?.

La envidia es una forma de agresión psíquica. Mínima, velada, inconsciente; ll ámenla como quieran, pero su insistencia y persistencia puede poner algunos palos en los engranajes de nuestra vida. Si ustedes leyeron con atenci ón nuestras lecciones anteriores, comprenderán cabalmente cuál es el mecanismo que aletea detrás de esta palabreja. No se trata de asumir posiciones feéricas, no se trata de "creer", a ciegas, en la negatividad; se trata, como hemos intentado, de analizar si existe hasta cierto fisicicismo en estas perturbaciones.

Tampoco se trata de suponer que bastará con el escepticismo o una alta autoestima para estar a cubierto. Porque precisamente no se trata de "creer", no es la creencia (como "profecía autocumplida") lo que nos hace vulnerables: yo puedo no "creer" en la gravedad, quiz ás nunca haya escuchado hablar del señor Newton, pero si me asomo demasiado por el balcón de un quinto piso terminaré siendo cadáver. Tampoco la bondadosa pero ingenua actitud de "Dios no permitirá que el mal triunfe en m í ". Si así fuera, Dios no permitirí a los asesinatos, las violaciones, tanta muerte inocente... Pero como ya he escrito en algún lugar, jam ás olvidemos que el don m ás sagrado que Dios le dio al ser humano es, precisamente, el libre albedrío, la capacidad de optar por el bien o el mal (y asumir las consecuencias). La visi ón de un Dios paternalista y sobreprotector flotando sobre las cabezas de los fieles puede ser muy consoladora pero, humildemente, creo que no condice en absoluto con la realidad de un Dios Cósmico.

Así que frente al psicópàta, al violador, a la patota, estamos solos con nuestros propios recursos para defendernos. Y de eso tambi én trata la Autodefensa Psí quica.

¿Cuál es la génesis de la envidia, entonces?. B ásicamente, el envidioso es un mediocre que, no soportando el progreso -en el ámbito que fuere- de otro (porque ese progreso le recuerda aún más su propia mediocridad) necesita que desaparezca para evitar el evento que irrita su ya alicaída autoestima. El envidioso ama uniformar para abajo, compartir el mal de muchos. Porque son muchos los que envidian y los que generan esa carga de negatividad. De hecho, todos los no hacedores.

He aquí una primera regla práctica, no s ólo para no caer en esta categorí a sino para reforzar nuestra personalidad (y, dada la naturaleza hol ística del ser humano, nuestro campo energ ético): transformarnos en "hacedores". Se trata de una actitud ante la vida: pero son las actitudes las que, a fuerza de repetitivas, desarrollan el h ábito de un carácter adaptado a las circunstancias del medio, creando sus propios mecanismos de defensa. Porque -como veremos enseguida- la mejor defensa es construir voluntaria, pacientemente, ciertas manifestaciones de nuestra personalidad. O reforzarlas, si son preexistentes. Básicamente, dos: fuerza de voluntad e intensidad de pensamiento dirigido.

Intensidad es calidad , no cantidad. El Pensamiento dirigido no consiste en pasar mucho tiempo pensando en algo -lo que solamente nos definirí a como obsesivos- sino quiz ás concentrando sólo algunos minutos la atenci ón, pero intensamente. No se trata -llev ándolo al terreno de la envidia- que sea problema el que nos rodeen muchos envidiosos, porque 0 multiplicado por 500 siempre va a dar cero. El problema sería que el "tono" de nuestra psiquis no sea distinto al de ese entorno.

Así que aprendamos, a fuerza de repetírnoslo diariamente, cómo tallar un perfil de hacedores en lugar de no hacedores.

Por supuesto, hay un segundo paso que usted deberá dar. La lectura de estas l í neas puede dar comienzo a la alquimia sí, pero sólo un acto de voluntad las plasmará en su realidad. Es decir, recordar estas reflexiones todos los días, aun en los peores momentos; cualquiera medita serenamente en la paz de los monasterios. El m érito estaría en poder hacerlo en el tráfago ruidoso de una city. Porque la verdadera magia es mental, y no hay ciencia m ás oculta y m ás esot érica que la ciencia de la Voluntad.

Y no se engañe: la Voluntad no es algo con lo que nacemos o no, un "don" al que nos hacemos acreedores por ignotas circunstancias. La voluntad es una función del intelecto, y como tal puede ser entrenada y desarrollada. Nunca me cansaré de repetir esto lo suficiente, como tampoco me cansaré de repetir lo que he escrito en otro lugar: voluntad y deseos están hechos de la misma "materia" mental. La única diferencia es su disposición. Mientras que los deseos son la voluntad desorganizada, la voluntad está hecha de deseos organizados. Mucha gente dice no tener la "suficiente" voluntad para lograr los objetivos, mas, ¿negaría no tener deseos?. Si los tiene, también tiene, en potencia, la voluntad para lograrlo.

Recuerde siempre que el no hacedor tiene una adecuada explicación para cada cosa que dejó de hacer. El hacedor, no, porque está tratando de hacerlo.

- El no hacedor siempre ve el vaso medio vacío. El hacedor, medio lleno.

- El no hacedor critica porque no hace. El hacedor no critica porque hace.

- El no hacedor está orgulloso de que no se le puedan señalar errores porque nunca hizo nada para tenerlos. El hacedor los acepta humildemente, porque son el resultado de acciones.

- El no hacedor especula sobre lo Bueno, lo Perfecto, lo Justo, lo Ético, y como sabe que son entelequias, espera que todo ello venga a él. El hacedor se concentra en Hacer Lo Mejor Posible.

- El no hacedor siempre descubre algo que señalar con el dedo en los demás, simplemente para no tener que apuntar a un espejo. El hacedor sólo sabe apuntar hacia arriba y adelante.

- El hacedor apunta a la Luna. El no hacedor se queda estúpidamente mirándole el dedo.

- Y, como dijimos, el no hacedor sólo sabe lamentarse de una vida injusta que no le dio la gracia de la voluntad. El hacedor la construye a su medida.

Pero sobre ella, la Ciencia de la Voluntad, volveremos profundamente en otras lecciones.

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