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Curso de autodefensa psíquica

Autor: Gustavo Fernández
Curso:
8,89/10 (44 opiniones) |32129 alumnos|Fecha publicación: 23/06/2006
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Capítulo 58:

 La bioenergética sexual

El psiquiatra alemán Wilhem Reich, nacionalizado norteamericano y padre de la revolución sexual en ese país fue el creador, junto al doctor Alexander Lowen, de una disciplina terapéutica conocida como Bioenergética. Su fundamento es aquél que dice que el ser humano cuenta en su organismo con una intrincada interacción de energías nerviosas, electromagnéticas, mentales y que su cuerpo, su conducta y su personalidad son las manifestaciones exteriores de ese sistema.

En el mismo, cumple un especialísimo papel la "energía sexual", entendida por Lowen como un potencial energético absolutamente independiente y autogenerador del conjunto, pero coligado con las manifestaciones y presiones culturales, sociales y psicológicas que sufre el sujeto.

Como la Bioenergética además de una disciplina de enunciación de disfunciones es un conjunto terapéutico destinado al tratamiento del mismo, es claro que para Reich y Lowen todas las disfunciones sexuales son tratables a partir de la comprensión de que debe generarse una mayor "independencia motriz" en el sujeto, de forma tal que ésta se propague a sus profundas áreas inconscientes y de allí regrese al sistema sexual, detonando los mecanismos de activación del mismo, y rompiendo los bloqueos que, eventualmente, éste presente.

El desahogo sexual

El satisfactorio desahogo sexual descarga el exceso de excitación del cuerpo, reduciendo enormemente su grado general de tensión. En el sexo, el exceso de excitación se concentra en el clímax. La experiencia de una liberación sexual satisfactoria proporciona al individuo un sentimiento de quietud y relajamiento, que muchas veces se traduce en un estado de somnolencia. Es una experiencia extraordinariamente placentera y colmada de satisfacción. Puede provocar en uno pensamientos del tipo: "¡Ah!. Con que ésta es la vida. Qué bien se siente uno".

Esto hace suponer que hay experiencias sexuales no satisfactorias y que no provocan este grado de reacción. Se puede tener un encuentro sexual insatisfactorio, donde hay excitación pero, como hemos visto anteriormente, no se llega al clímax del completo desahogo. Cuando ocurre así, el individuo queda frustrado, inquieto y en un estado de irritabilidad, pero la falta de clímax no lleva necesariamente a la frustración. Cuando es bajo el nivel de excitación sexual, el no llegar al clímax no produce gran perturbación en el cuerpo. Puede producir un malestar psíquico, si el fallo se considera como síntoma de impotencia. Pero esa molestia psíquica puede evitarse reconociendo que la falta de clímax obedeció a un nivel bajo de excitación sexual, en cuyo caso el contacto sexual, si se trata de individuos que se quieren, puede ser agradable en sí mismo.

Además, no todos los clímax son plenamente satisfactorios. Hay desahogos parciales, en que sólo se descarga parte de la excitación. Podría decirse que es una satisfacción parcial, pero esto constituye una contradicción "in términis". Satisfacción significa plenitud; sin embargo estas contradicciones pueden existir y de hecho existen en los sentimientos de la gente. Puede uno estar satisfecho con un ochenta por ciento de descarga, si es el máximo que ha logrado, porque en los sentimientos entran factores psíquicos que los modifican. Una mujer que no haya experimentado nunca un clímax y goza uno, lo considerará satisfactorio cualquiera sea el grado de su desahogo. Sólo podemos describir una de estas sensaciones comparándolas con otra anterior: en este caso la comparación es imposible.

Se observará, leyendo las obras del doctor Lowen, que éste evita en lo posible emplear la palabra "orgasmo" porque se usa y entiende equivocadamente muchas veces. Decir, como Albert Ellis, que "un orgasmo es un orgasmo" no es más que jugar con las palabras.

Asimila el orgasmo con el clímax, lo cual es un error, y no establece distinción alguna entre los distintos grados de desahogo y satisfacción. No hay dos actos sexuales idénticos en cuanto a sensación y experiencia. No hay orgasmo que sea igual a otro. Las cosas y los hechos sólo son iguales cuando no interviene el sentimiento. Pero la experiencia es única siempre y cuando entren los sentimientos en juego.

Reich daba a la palabra "orgasmo" un sentido muy especial, puesto que para él indicaba la entrega completa a la excitación sexual, con la intervención total del cuerpo en los movimientos convulsivos de la descarga. El orgasmo, tal como lo describía él, ocurre de cuando en cuando a la gente, y constituye una experiencia extática, bastante rara, y esto lo reconocía también Reich. En nuestra cultura es algo extraordinario responder plenamente a cualquier situación. Estamos todos sumergidos en demasiados conflictos para rendirnos del todo a sentimiento alguno.

Continuando con esta línea de pensamiento, podríamos entonces decir que deberíamos emplear la palabra "orgasmo" en el sentido de desahogo sexual en que hay movimientos placenteros, espontáneos, convulsivos e involuntarios del cuerpo, especialmente de la pelvis, experimentados como satisfactorios. Cuando sólo entra en juego el aparato genital en la sensación de descarga y desahogo, diríamos que se trata de una reacción demasiado limitada para llamarla orgasmo. Debería describirse nada más que como eyaculación en el hombre, o clímax en la mujer. Para poderla calificar de orgasmo, el desahogo debería extenderse a otras partes del cuerpo - a la pelvis y a las piernas, por lo menos- y tendría que haber algún movimiento involuntario y placentero en el cuerpo. Si se conmueve todo nuestro cuerpo y nuestro ser espontáneamente, en especial si el corazón responde, el orgasmo sería pleno. Esto es lo que tenemos que querer todos en nuestra actividad sexual.

El orgasmo, sea pleno o parcial desde el punto de vista del cuerpo, libera de tensión las partes que responden activamente. Pero esa liberación no es permanente. Como estamos sujetos diariamente en nuestra vida a tensiones, éstas surgen de nuevo. Hace falta una vida sexual satisfactoria; no basta con una experiencia, si se quiere mantener bajo el nivel de tensión en el cuerpo.

No es mi propósito crear una mística en torno al orgasmo, aunque estimo que esta función es de importancia crítica. No es la única manera de liberar las tensiones, ni debe utilizarse concretamente con ese objeto. No se llora para aliviar la tensión; se llora porque está uno triste pero, sin embargo, el llanto es una forma básica de descargar la tensión.

Aunque el orgasmo pleno sea el mecanismo más satisfactorio y eficiente de descarga, no por eso debe deducirse que el sexo sin ese orgasmo o la unión sexual sin el clímax carezca de importancia y esté vacío de placer. Practicamos el sexo por placer, y éste debe ser el criterio principal de nuestro comportamiento sexual. Lo destacable es que el orgasmo pleno es más agradable y placentero, hasta el punto de que puede llegar a las alturas del éxtasis. Pero, como el grado de placer depende de la cantidad de excitación preliminar, lo cual está más allá de nuestra voluntad o control, debemos aceptar con agrado el placer que experimentemos.

El problema que tiene la mayor parte de la gente es que las tensiones están tan hondamente estructuradas en su cuerpo, que raramente experimentan el desahogo orgásmico. Los movimientos convulsivos placenteros resultan para ellos atemorizantes, y la entrega al placer se les antoja peligrosa. Aunque no lo quieran confesar, la mayor parte de la gente tiene miedo de dejarse llevar por la vehemencia de las sensaciones sexuales, y son incapaces de hacerlo. Y sin embargo muchos pacientes manifiestan, al comenzar su tratamiento terapéutico, que su vida sexual es buena, que están satisfechos y que no tienen problema sexual de ningún género. En algunos casos no conocen otra cosa, y el escaso placer que disfrutan es lo que ellos creen que es el sexo. En otros casos entra en juego el orgullo. El ego masculino particularmente levantará todo tipo de defensas para negar su deficiencia o insatisfacción sexual. Al avanzar la terapia, tanto los que están en el primer caso como los del segundo van adquiriendo conciencia de lo deficiente de su actividad sexual. Y lo comprenderán al experimentar un desahogo sexual más pleno y satisfactorio.

En todos los casos, el cuerpo del individuo muestra el estado verdadero de su funcionamiento sexual. La persona cuyo cuerpo está relativamente libre de grandes tensiones manifestará el reflejo del orgasmo mientras esté tendido en la cama y respirando.

El individuo está tendido en la cama, con las rodillas dobladas para que sus pies tengan contacto con ella. La cabeza está echada hacia atrás, como para que no intervenga, por así decirlo. Los brazos caen a ambos flancos del cuerpo. Cuando la respiración es fácil y profunda, y no hay tensiones musculares que bloqueen las ondas respiratorias cuando pasan a lo largo del cuerpo, la pelvis se mueve espontáneamente con cada respiración.

Se levanta al exhalar y baja al respirar. La cabeza se mueve en dirección contraria; se levanta al inspirar y baja al espirar. La garganta, sin embargo, se levanta o adelanta con la espiración.

Reich describió el reflejo como un movimiento en el que se juntan los dos extremos del cuerpo. Sin embargo, la cabeza no toma parte en este movimiento hacia delante, sino que cae hacia atrás. El movimiento podría describirse como circular o rodeando algo. Se parece a la acción de una ameba que se moviese en torno a una partícula de alimento para apresarla y engolfarla. Es una acción mucho más primitiva que la de mamar, en que la cabeza desempeña el papel más importante. La actividad de mamar está relacionada con la inspiración. Al inhalar, la cabeza va hacia delante, y la garganta y la pelvis hacia atrás.

Este movimiento se llama "reflejo de orgasmo", porque se da en todos los orgasmos plenos. Cuando el orgasmo es parcial, hay también algún movimiento involuntario de la pelvis, pero no interviene en él todo el cuerpo.

Debemos aclarar algo. El reflejo del orgasmo no es un orgasmo. Ocurre a un nivel bajo de excitación y es un movimiento suave. Produce una sensación agradable de libertad y gusto interior. Denota la ausencia de tensión en el cuerpo. El desarrollo del reflejo del orgasmo en la situación terapéutica no constituye garantía de que el paciente vaya a experimentar orgasmos sexuales plenos. Son dos situaciones radicalmente distintas. En el sexo, el nivel de excitación es muy alto, por lo que hace más dif ícil la entrega completa.

Tiene uno que adquirir capacidad para tolerar este alto grado de excitación sin ponerse demasiado tenso o ansioso. Otra diferencia consiste en que la situación terapéutica tiene por objeto ayudar al paciente. El terapeuta está para servirlo. Es distinto en la relación sexual en la cual la otra parte tiene interés personal y presenta sus exigencias. No obstante, es cierto que, si el individuo no es capaz de entregarse al reflejo en el ambiente propicio del tratamiento terapéutico, no tendrá nada de probable que pueda hacerlo efectivamente en el contexto cargado de emociones y excitación del encuentro sexual.

Por este motivo, la terapia bioenergética no atribuye tanta importancia como Reich al reflejo del orgasmo. No es que no sea importante ni que la terapia no se ocupe de su desarrollo, sino que hay que poner igual énfasis en la capacidad del paciente para soslayar la tensión a fin de que el reflejo funcione para él en la situación sexual. Esto se logra haciendo que la carga fluya hasta sus piernas y sus pies, en cuyo caso el reflejo adopta un carácter distinto.

Cuando la carga se desplaza hacia arriba del suelo a la pelvis, añade un elemento agresivo a la acción afectuosa. Apresurémonos a explicar que, para la Bioenergética, "agresivo" no significa "sádico", duro o egoísta, sino enérgico en un sentido positivo. Agresión, es la acepción que tiene esta palabra en la teoría de la personalidad; denota capacidad para perseguir lo que uno desea. Es lo contrario de pasividad, que significa esperar a que alguien le satisfaga a uno el deseo.

Tenemos ahora en cuenta dos instintos, que llamaremos anhelo y agresión. El anhelo va asociado con Eros, amor y ternura. Se caracteriza por el movimiento de excitación a lo largo de la parte delantera del cuerpo, que se percibe como algo dotado de cualidad afectuosa y erótica. La agresión es consecuencia del flujo de excitación en el interior del sistema muscular, especialmente de los grandes músculos de la espalda, piernas y brazos.

Estos músculos entran en juego al ponerse uno de pie y al moverse. El significado original de la palabra "agresión" es "avanzar" o "moverse hacia". Esta acción pertenece al funcionamiento de los músculos.

La agresión es un factor necesario en el acto sexual, tanto en el hombre como en la mujer. Cuando no hay agresión, el sexo se reduce a sensualidad, a estimulación erótica sin clímax ni orgasmo. No hay agresión si no existe un objeto hacia el cual avanzar: el ser amado en el sexo, o el ser fantaseado en la masturbación.

Debemos repetir que la agresión no tiene necesariamente carácter hostil. La intención del movimiento puede ser amorosa u hostil; el movimiento en sí mismo es lo que verdaderamente constituye la agresión.

Esta es además una fuerza que nos permite hacer frente, resistir y soslayar la tensión.

Si se ordenasen las diversas estructuras de carácter según la cantidad de agresión de cada una, se duplicaría el orden establecido como jerarqu ía de los tipos de carácter. Debe entenderse que la agresión del carácter psicopático es una pseudo agresión. No se dirige hacia lo que él quiere, sino hacia el predominio. Una vez logrado éste, se queda en estado de pasividad. El masoquista, en cambio, no es tan pasivo como parece. Su agresividad está oculta. Se exterioriza en sus quejumbres y protestas. El carácter oral es pasivo, debido principalmente a lo poco desarrollado de su musculatura.

El rígido es extraordinariamente agresivo, para compensar su sentimiento interior de frustración.

Ahora que ya contamos con una base racional para determinar la agresividad en el sexo, la terapia tiene que ayudar al individuo a desarrollar esa agresividad, que consiste en empujar la pelvis, tanto en los hombres como en las mujeres. Decimos "empujar" en lugar de "adelantar", que es la palabra que se emplea para describir el reflejo. Puede ejecutarse un movimiento de la pelvis hacia delante de tres maneras. Una es contrayendo los músculos abdominales. Pero esto produce el efecto de tensar la parte delantera del cuerpo, con lo que se interrumpe el flujo de sensaciones amorosas y eróticas al vientre.

Representa, en el lenguaje del cuerpo, adelantar sin sentir. Otra es empujando desde atrás a base de contraer los músculos de las asentaderas o glúteos. Con esta acción se tensa el piso pelviano y se limita la descarga del aparato genital. Estas son las formas habituales en que la gente mueve la pelvis en el sexo. Hacen los mismos movimientos en la terapia cuando se les indica que adelanten la pelvis.

La tercera manera de moverla hacia delante, es presionar o apretar hacia abajo el piso con los pies. Así se moverá la pelvis adelante si las rodillas están encorvadas. Después, cuando se afloja la presión sobre el piso, vuelve hacia atrás. Pero esta acción depende de la capacidad del individuo para dirigir la energía a los pies. En este tipo de movimiento pelviano toda la tensión está en los pies. La pelvis está libre de ella y oscila, no empuja ni es empujada.

La dinámica energética de este movimiento puede apreciarse en los movimientos básicos del cuerpo humano en relación con la tierra: andar, erguirse y empujar la pelvis. El principio que rige estas acciones es el de acción-reacción. Si se oprime la tierra, ésta oprime a su vez, y la persona se mueve. La misma ley opera en el vuelo de un cohete dirigido. La descarga energética de la cola le hace avanzar. Así es como funciona este principio en las tres acciones mencionadas.

- Andar: sepárense los pies unos quince centímetros, con las rodillas encorvadas y el cuerpo derecho. Cárguese el peso sobre la parte de delante de la planta de los pies. Oprímase el suelo con el pie derecho, levántese el izquierdo y penduléese hacia delante. Después, levantando el talón derecho se da un paso hacia delante con el pie izquierdo y se repite el proceso alternativamente con cada pie, andando.

- Erguirse: adóptese la misma postura, pero dóblense más las rodillas. Levántese el peso del cuerpo sobre la parte delantera de los pies y apriétese hacia abajo. Pero esta vez no hay que levantar el pie izquierdo y despegar los talones del suelo; de esta manera no se puede avanzar. Como la fuerza resultante de esta acción de oprimir el suelo tiene que producir algún efecto, se verá cómo se enderezan las rodillas y el cuerpo recupera toda su estatura.

- Empuje pelviano: adóptese la misma postura que para levantarse. El proceso también es el mismo, pero sin enderezar las rodillas. De esta manera no puede uno levantarse, ni avanzar, porque los talones están pegados al suelo. El único movimiento posible para dar salida a la fuerza resultante, es empujar hacia delante la pelvis. Si se mantiene rígida, estará uno en una situación isométrica, en la cual la fuerza actúa sobre la musculatura, pero no se puede hacer ningún movimiento, porque la tensión en las piernas impide la propagación hacia arriba de la fuerza resultante, y además las tensiones de la pelvis la inmovilizan, impidiendo todo movimiento libre.

Las tensiones del área pelviana se mitigan y alivian con una serie de ejercicios y masajeando vigorosamente los músculos tensos. Estos parecen nudosos a la palpación, o bien se muestran como cordones tiesos.

Una variante de este último ejercicio también incluye la caída del individuo. Vamos a describirlo aquí brevemente, por si alguno de los lectores quiere intentarlo.

Se coloca uno ante un asiento o silla, que sólo debe utilizarse para mantener el equilibrio. Se separan los pies unos quince centímetros, con las rodillas bastante encorvadas. El cuerpo se inclina hacia delante hasta que los talones se despegan ligeramente del suelo. El cuerpo debe cargar por tanto sobre la parte carnosa anterior de las plantas de los pies, pero no sobre los dedos. Arquéase el cuerpo hacia atrás y la pelvis se adelanta sin esfuerzo para formar un arco continuo. Es importante en este ejercicio presionar hacia abajo con ambos talones, pero sin que toquen el suelo. Esto puede evitarse inclinándose hacia delante y conservando encorvadas las rodillas. La presión sobre los talones impide avanzar; las rodillas encorvadas no dejan al individuo enderezarse.

Se recomienda mantener esta postura todo el tiempo que se pueda, aunque sin llegar a forzar la cosa y convertirla en una especie de campeonato de resistencia o prueba de voluntad. La respiración debe ser abdominal, pero fácil. El vientre debe proyectarse hacia fuera, y la pelvis debe conservarse floja. Cuando no se puede aguantar la postura, se cae uno hacia delante de rodillas sobre la manta doblada que debe ponerse sobre el suelo.

En este ejercicio no se necesita ejercer una presión conciente, porque la fuerza de la gravedad actuará hacia abajo. Es bastante fuerte, y se experimentará bastante dolor en los músculos de los muslos si están tensos. Cuando se hace intolerable la molestia, el sujeto se cae. Por lo general, las piernas empiezan a vibrar antes. Además, si la respiración es sosegada y profunda y el sujeto está suelto, la vibración se extenderá hasta la pelvis, que se moverá involuntariamente hacia delante y hacia atrás.

Los ejercicios son importantes porque dan a la persona un sentido diferente de su cuerpo. La ayudan además a descubrir bloqueos y tensiones, con lo cual conoce sus propios temores y ansiedades. El miedo que con más frecuencia expresan los pacientes, es el de que van a ser utilizados sexualmente si dan salida a sus sensaciones sexuales.

Este temor se remonta a situaciones relacionadas con los padres o con parientes cercanos, generalmente del sexo opuesto. "Ser utilizados" es una expresión que abarca una porción de pecados, desde el padre o la madre que tienen relaciones sexuales con el hijo o la hija, hasta un simple golpecito o descarga de la sexualidad infantil. Es preciso esclarecer en qué consiste concretamente el temor, lo cual puede hacerse analíticamente o de otras maneras. En algunos casos, es posible lograrlo con el ejercicio de la caída.

Cuenta el doctor Lowen que una de sus pacientes, una joven, estaba sosteniéndose sobre la pierna doblada, mirando la manta, cuando, al pensar que se caía, vio la imagen de un pene. Entonces identificó el miedo a caerse con el temor a la entrega sexual... a sus propios sentimientos. La figura del pene le recordó a su padre. Según dijo, era un sádico.

"Me azotaba y me humillaba. Andaba por toda la casa desnudo sin tener el menor miramiento para mí". Lo que más la desorientaba, añadió, era la expresión de sus ojos: "Me desnudaba con los ojos", decía.

No tenía que dar más detalles. Lowen comprendió enseguida su problema y le dio más o menos la razón. Su única defensa era sofocar sus emociones sexuales. Y la única forma de lograrlo, levantarle la mitad superior del cuerpo. Esto suponía estirar el diafragma y tensar el abdomen y la pelvis. A consecuencia de esto se le provocó una ansiedad de caer.

Pero esta ansiedad no fue el único resultado de su acción defensiva. Cuando alguien recibe un insulto o un daño, la reacción natural es de ira. Y sólo cuando se bloquea la ira o queda inhibida por el miedo, adopta el individuo una posición de defensa. La cólera reprimida se convierte a su vez en hostilidad y negativismo. El sujeto se siente culpable y su postura defensiva se vuelve contra sus propios sentimientos hostiles y negativos, lo mismo que contra cualquier otro insulto o daño. Por tanto, no basta que comprenda y acepte el hecho de que ya no es vulnerable a la clase de insulto o daño que experimentó de niño. Esto no afectará de manera importante a su postura defensiva, puesto que la defensa desempeña otra función, a saber, la de ocultar su hostilidad.

Las dos capas exteriores de la personalidad, las defensas del ego y la armadura muscular, funcionan como monitores y controles sobre la capa emocional, o "id" de la personalidad. Todos los neuróticos y psicóticos se asustan de la intensidad de sus sentimientos, especialmente de los negativos. Estos sentimientos deben ser aireados o expresados para que el volumen emocional del amor pueda circular plena y libremente por el mundo. Esto debe hacerse en la situación terapéutica para evitar que el sujeto proyecte estos sentimientos sobre personas inocentes. Es una práctica constante de la terapia bioenergética invitar a exteriorizarlos a su tiempo en la situación terapéutica inmediata. Así se hizo con la paciente que encontraba a su padre sádico y humillante. Antes de desahogar sus sentimientos sexuales positivos, tenía que expresar los aspectos negativos, y el terapeuta ayudarla a ello.

Debe tenerse presente que una mujer así o cualquier otra que haya sufrido un trauma parecido tiene sentimientos ambivalentes respecto de los hombres. Como mujer, ama a los hombres, incluso a su padre, pero siendo pequeña fue ofendida y humillada por un hombre, por lo cual aborrece a todos los hombres. Con una parte de su personalidad quisiera hacer a los hombres lo que ellos le hicieron, ofenderlos y humillarlos. No se atrevió a expresar tales sentimientos de niña, ni ahora osa exteriorizarlos de adulta. Sabe además que tales sentimientos son destructivos de cualquier relación, como lo fueron para ella, lo cual la coloca en un dilema difícil del que debe ayudarle a salir la terapia. La única manera de lograrlo es liberarla de sus sentimientos negativos.

Hay para ello diversos ejercicios adecuados. Uno consiste en dar al paciente una toalla para que la retuerza con las manos. Esa toalla puede representar a cualquier persona. En este caso podría ser su padre, su novio o el propio terapeuta, que también puede llegar a pertenecer al "detestable" sexo masculino. Mientras retuerce la toalla, la paciente puede decir cuantas cosas se le antojen a su padre o a cualquier otro hombre: "Eres un sinvergüenza. Te aborrezco. Tú me humillaste, pero yo te desprecio. Podría retorcerte la cabeza y arrancártela; de esta manera ya no te ser ía posible mirarme con esos ojos libidinosos". Desde luego, la toalla podría representar también al pene. Retorciéndola, descargaría buena parte de su hostilidad contra ese órgano.

Este ejercicio no se practica rutinariamente. Sólo tiene valor cuando sigue a la revelación de una experiencia traumática del paciente. Estas experiencias no necesitan ser sexuales. El ejercicio puede ejecutarse para dar salida a una emoción de ojeriza o cólera, provocada por una injuria, daño o insulto. Hay un ejercicio concretamente sexual, que sería más adecuado en la situación indicada u otra parecida. Es el siguiente: El paciente o la paciente se tienden en una cama sobre sus codos y sus rodillas, y clava los dedos de los pies en el colchón. Esta es la postura que suele adoptar el varón para realizar el acto sexual. El paciente, lo mismo si es hombre que si es mujer, aprieta la pelvis contra la cama con un movimiento fuerte y brusco. Puede hacerlo mientras pronuncia algunas palabras o en silencio. En el primer caso, los vocablos que acudan a su boca serán sin duda de carácter sádico, vulgar, mezquino y ofensivo.

El paciente que practica este ejercicio experimenta una sensación de gran alivio.

Cuando lo termina, está en un estado de ánimo que no es destructivo ni para él ni para los demás. Es explicable la vulgaridad, porque el objeto de todo esto es ofender al otro, pero el sujeto se siente limpio como si se hubiese lavado las manos sucias. El "sentimiento de limpieza" que sigue es de ira, ira limpia contra la persona causante del daño. Esta ira puede expresarse golpeando la cama con una raqueta de tenis. Esto no es ni castigo ni venganza, sino prueba del derecho del paciente a ser respetado como individuo, lo cual vigoriza su sentimiento de respeto a sí mismo. Nadie puede respetarse a sí mismo si no es capaz de encolerizarse ante un insulto o perjuicio personal. Cada vez que se desahogan los sentimientos hostiles o negativos, va disminuyendo la ansiedad de caer. Otro tanto ocurre con cualquier manifestación de cólera. Pero la ansiedad de caer no se elimina sólo merced a estas maniobras. Ahora existe por derecho propio, por así decirlo, como un temor que debe ser reconocido y contrarrestado. Se aprende a desahogarse sin miedo, no con palabras, sino haciéndolo. Y durante ese proceso, se aprende además a hacer valer los propios derechos, su respetabilidad y sexualidad contra todas las personas, incluso contra el terapeuta mismo.

Debemos añadir que cada ejercicio libera y da salida a los sentimientos reprimidos, y además alivia las tensiones musculares. La caída libera a las piernas del trabajo de tener que sostenerse por miedo. El balanceo de la pelvis (que en Bioenergética se practica hacia atrás con el objeto de aliviar las tensiones musculares asociadas con el sadismo anal reprimido) reduce las tensiones musculares de las caderas y del cinturón pelviano.

Retorcer la toalla y golpear la cama son actos que producen efectos parecidos en otras partes del cuerpo. Estos son ejercicios típicos para expresarse a sí mismo. No son los únicos que se practican en Bioenergética, ni se limitan exclusivamente a emociones negativas, de hostilidad y de cólera. Buscar contactos, tocar con cariño y estrechar y sostener en los brazos son procedimientos empleados para expresar afecto y deseo.

La insistencia en arrancar al paciente sus sentimientos negativos se basa en el hecho cínico de que quien no es capaz de decir que no, tampoco puede decir que sí. Por lo tanto, es importante poder expresar un sentimiento de animosidad o de indignación cuando es apropiado hacerlo. Carecería totalmente de realismo imaginar a la personalidad humana solamente positiva por naturaleza. Es positiva para la vida, pero negativa para la "antivida".

Sin embargo, algunos individuos se confunden y toman una por otra. En el mundo existen estos dos tipos de fuerzas, y es ingenuo y candoroso pensar de otra manera. Si sabemos distinguirlas, la negatividad tiene lugar propio en la conducta humana.

Estas insistencias exageradas aparentemente en la expresión corporal podrían llevar al lector o lectora a creer que las palabras carecen de importancia en la terapia bioenergética. No creo que se haga un excesivo hincapié en la expresión corporal. Si insistimos aquí en ella, es porque se pasa por alto en la mayor parte de los demás tratamientos terapéuticos. Las palabras no pueden sustituir a los movimientos del cuerpo, pero por el mismo motivo tampoco éstos equivalen al lenguaje. Cada cosa ocupa su lugar en al terapéutica, como en la vida. Muchos pacientes tienen cierta dificultad en expresarse como es debido por medio del lenguaje. Pero todos tienen problemas para expresarse a nivel corporal, y este problema, vinculado a lo sexual, constituye el centro principal de toda la Bioenergética. Además se ha comprobado que siempre hay problemas corporales bajo los verbales, aunque no son idénticos. Es más fácil hablar elocuentemente del sexo que entregarse a él sin dificultades.

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