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Curso de autodefensa psíquica

Autor: Gustavo Fernández
Curso:
8,89/10 (44 opiniones) |32129 alumnos|Fecha publicación: 23/06/2006
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Capítulo 39:

 La bioenergética sexual

mo he escrito al comienzo de estse curso, numerosas son las variantes con que la Autodefensa Psíquica nos provee de mayores recursos energéticos con que enfrentar las agresiones recibidas del mundo exterior, tanto las psíquicas, como las espirituales, astrales y energéticas.

Va de suyo que a lo largo de las distintas lecciones iremos entonces recorriendo esas diversas opciones, sin necesariamente privilegiar unas sobre otras; pasa por el discernimiento del lector (en función de sus apetencias y circunstancias) seleccionar hacia cuál de las vertientes aquí presentadas ha de orientar sus esfuerzos intelectuales.

Entre ellas, no es la menor la vinculada a la transmutación de la energía sexual en  energía psíquica: un aspecto profundamente estudiado en variopintas facetas del Orientalismo. Sin entrar en disquisiciones más propias de los expertos del Tantra Yoga, lo que aquí haremos es dirigir nuestra atención a ciertas consideraciones de orden fisiológico y social que tienden a bloquear la expresión (y con ello la canalización) de la sexualidad; habida cuenta que esto sólo se traduce en una depreciación de la energía psíquica. Y caído el "tono" psíquico, estamos debilitados energéticamente y expuestos a todo tipo de perturbaciones. Queda claro que la intención de estas líneas no está en propugnar el libertinaje sexual, ni siquiera un endiosamiento de la genitalidad, sino apuntar a hacernos más responsables de nuestra propia sexualidad en la convicción de que ello irá de la mano con una mejor calidad -si no cantidad- de energía sexual. Y, por las razones ya apuntadas, una mayor energía psíquica.

A veces, tengo la profunda sensación que la represión sexual dirigida desde ciertos estamentos del poder (tanto en otros tiempos históricos como en los actuales) encierra tras de sí oscuros manejos espirituales; como si generarnos culpa con lo sexual nos transformara en más manipulables psíquicamente. A partir de aqu í podemos divagar que, por caso, detrás de los grupos de poder (religiosos, plutocráticos o político-militares) se encuentran tal vez fuerzas espirituales que cobran su alianza en nuestra debilidad espiritual o psíquica, ignotos vampiros de nuestra astralidad.

Hay que examinar esta cuestión tanto desde el punto de vista de los principios como en sus aspectos pedagógicos concretos. Son los intereses de la sociedad autoritaria los que, por intermedio de un concepto perimido de familia y matrimonio, determinan la restricción de la sexualidad con su lote de miseria. Esta limitación forma parte integrante de nuestro sistema social; la miseria que resulta de ella es un suplemento no previsto. Pero si es así, es bien evidente que una solución conforme con la economía sexual no es posible en esta sociedad. Nos daremos cuenta analizando las condiciones en las que, por ejemplo, nuestros adolescentes entran en la fase de madurez sexual. Dejaremos aquí de lado las diferencias de clase para no estudiar más que la acción de la atmósfera ideológica y las instituciones sociales.

Ante todo, el adolescente ha de superar una masa de inhibiciones interiores, secuelas de la educación antisexual. En conjunto, su genitalidad, o bien se ve completamente inhibida (lo que es, sobre todo, verdad para los muy jóvenes), o bien es perturbada o derivada en el sentido de la homosexualidad. Por lo tanto, desde el punto de vista de su constitución interna solamente, el adolescente no es capaz de iniciar las relaciones heterosexuales.

Su madurez sexual biológica puede estar también inhibida por factores neuróticos. O entonces, como ocurre muy a menudo, el infantilismo psíquico, la fijación en actitudes infantiles respecto de los padres, ha creado una discordancia entre la madurez psíquica y la madurez física.

Entre las clases más bajas, los adolescentes son a veces también físicamente retardados. Se trata entonces de un subdesarrollo a la vez físico y psíquico cuando llega a la madurez sexual. Al tabú severo que pesa -o tratan de hacer pesar ciertos padres- sobre la sexualidad juvenil, se agregan no solamente la falta absoluta de asistencia social, sino sobre todo los obstáculos más diversos destinados a impedir la práctica del acto sexual: la  oposición activa a una verdadera información en materia de sexualidad. Lo que se ha puesto de moda con el nombre de "educación sexual" en las escuelas y colegios, no es más que una semi medida. Peor que eso; siembra la confusión, ya que parte de premisas que tienen una secuencia lógica y rechaza seguir la cadena de consecuencias. Así es como se explica a una joven de catorce años la menstruación, pero se le disimula cuidadosamente la naturaleza de la excitación sexual. Vemos aquí confirmarse que una explicación puramente biológica de la vida sexual no es más que una maniobra de diversión. El adolescente no está tan especialmente interesado en saber cómo se unen el óvulo y el espermatozoide para realizar el "misterio" de un nuevo ser vivo, como en el de conocer el "misterio" de la excitación sexual contra la que lucha desesperadamente. ¿Pero qué quedaría como argumento lógico para distraer al adolescente del acto sexual, si se le dijera la verdad, a saber que él está biológicamente maduro para las relaciones sexuales y que todas sus dificultades provienen de la presión de su sexualidad insatisfecha?. Desde el momento en que no se le puede decir la verdad, cualquier "educación sexual" no hará más que aumentar sus dificultades. Lo que, bien entendido, se halla en acuerdo perfecto con nuestro sistema social: la mutilación sexual de los adolescentes es la prolongación lógica de la mutilación de la sexualidad infantil. Y así entramos en la adultez subestimados sexualmente, porque aun cuando en ciertos países una educación "machista" hace que los hombres creamos tener ciertas prebendas inherentes a nuestro sexo, generalmente sintiéndonos superhombres -culturalmente hablando- en este terreno, nuestra reacción negativa y desesperada ante todo lo que vulnere nuestra supremacía sexual (un lapso de impotencia o eyaculación precoz, por ejemplo) nos hunde en una marisma depresiva; la reacción propia de quien se creía un gigante pero ignoraba la debilidad de sus pies de barro.

La contradicción entre la globalización creciente de la vida y la atmósfera social negadora de la sexualidad en muchos países debe llevar a una crisis de la sexualidad, de la mano con una crisis psíquica y ésta a su vez no ajena a una crisis espiritual, que no tiene solución en la sociedad autoritaria.

Trabajando el cuerpo para liberar la mente

El psiquiatra alemán Wilhelm Reich, nacionalizado norteamericano y padre de la revolución sexual en ese país fue el creador, justamente con el doctor Alexander Lowen, de una disciplina terapéutica conocida como Bioenergética. Su fundamento es aquél que dice que el ser humano cuenta, en su organismo, con una intrincada interacción de energías nerviosas, electromagnéticas, mentales, y que su cuerpo, su conducta y personalidad son las manifestaciones exteriores de ese sistema.

En el mismo, cumple un especialísimo papel la energía sexual, entendida por Lowen como un potencial energético absolutamente independiente y autogenerador del conjunto, pero ligado con las manifestaciones y presiones culturales, sociales y psicológicas que sufre el sujeto.

Como la Bioenergética además de una disciplina de enunciación de disfunciones es un conjunto terapéutico destinado al tratamiento del mismo, es claro que para Reich y Lowen todas las disfunciones sexuales son tratables a partir de la comprensión de que debe generarse una mayor "independencia motriz" en el sujeto, de forma tal que ésta se propague a sus profundas áreas inconscientes y de allí regrese al sistema sexual, detonando los mecanismos de activación del mismo, y rompiendo los bloqueos que, eventualmente, este presenten.

El desahogo satisfactorio sexual descarga el exceso de excitación del cuerpo, reduciendo significativamente su grado general de tensión. En el sexo, el exceso de excitación se concentra en el clímax. La experiencia de una liberación sexual satisfactoria proporciona al individuo un sentimiento de quietud y relajamiento, que muchas veces se traduce en un estado de somnolencia. Es una experiencia extraordinariamente placentera y colmada de satisfacción. Puede provocar en uno pensamientos del tipo: "¡Ah!. Conque  ésta es la vida. Qué bien se siente uno".

Esto hace suponer que hay experiencias sexuales no satisfactorias y que no provocan este grado de reacción. Se puede tener un encuentro sexual insatisfactorio, donde hay excitación pero no se llega al cl ímax del completo desahogo. Cuando ocurre así, el individuo queda frustrado, inquieto y en un estado de irritabilidad. Pero la falta de clímax no lleva necesariamente a la frustración. Cuando es bajo el nivel de excitación sexual, el no llegar al clímax no produce gran perturbación en el cuerpo. Puede producir un malestar psíquico, si el fallo se considera como síntoma de impotencia. Pero esa molestia psíquica puede evitarse reconociendo que la falta de clímax obedeció a un nivel bajo de excitación sexual, en cuyo caso el contacto sexual, si se trata de individuos que se quieren, puede ser agradable en sí mismo.

Además, no todos los clímax son plenamente satisfactorios. Hay desahogos parciales, en que sólo se descarga parte de la excitación. Podría decirse que es una satisfacción parcial, pero esto constituye una contradicción "in términis". Satisfacción significa plenitud; sin embargo estas contradicciones pueden existir y de hecho existen en los sentimientos de la gente. Puede uno estar satisfecho con un ochenta por ciento de descarga, si es el máximo que ha logrado, porque en los sentimientos entran factores psíquicos que los modifican. Una mujer que no haya experimentado nunca un clímax y goza uno, lo considerará satisfactorio cualquiera sea el grado de su desahogo. Sólo podemos describir una de estas sensaciones comparándola con otra anterior: en este caso, la comparación es imposible.

Se observará, leyendo las obras del doctor Lowen, que éste evita en lo posible emplear la palabra "orgasmo", porque se usa y entiende equivocadamente muchas veces. Decir, como Albert Ellis, que "un orgasmo es un orgasmo" no es más que jugar con las palabras ("el Tao que puede ser explicado no es el Tao", diría Lao Tzé). Asimila el orgasmo con el clímax, lo cual es un error, y no establece distinción alguna entre los distintos grados de desahogo y satisfacción. No hay dos actos sexuales idénticos en cuanto a sensación y experiencia. No hay orgasmo que sea igual a otro. Las cosas y los hechos sólo son iguales cuando no interviene el sentimiento, pero la experiencia es única siempre y cuando entren los sentimientos en juego.

Es esta faceta de emocionalidad lo que le da su "tono" particular a la liberación de  energía sexual. Pero como la emocionalidad (diríamos, el "plano" o "cuerpo" de las emociones) y el cuerpo astral son de idéntica naturaleza, la vibración particular del tono sexual del sujeto se corresponde con una señal específica de su "plano astral".

Siendo éste el ámbito -el astral- donde pululan los principales factores de agresión no física (como las "larvas astrales", por ejemplo) la consecuencia ineludible es que una correcta sexualidad -no genitalidad- genera la respuesta astral necesaria para alejar, repeler o ahuyentar esos entes agresivos.

Reich daba a la palabra "orgasmo" un sentido muy especial, puesto que para él indicaba la entrega completa a la excitación sexual, con la intervención total del cuerpo en los movimientos convulsivos de la descarga. El orgasmo, tal como lo describía él, ocurre de cuando en cuando a la gente, y constituye una experiencia extática, bastante rara. En nuestra cultura es algo extraordinario responder plenamente a cualquier situación.

Estamos todos sumergidos en demasiados conflictos para rendirnos del todo a sentimiento alguno.

Continuando con esta línea de pensamiento, podríamos decir que entonces deberíamos emplear la palabra "orgasmo" en el sentido de desahogo sexual en que hay movimientos placenteros, espontáneos, convulsivos e involuntarios del cuerpo en general y de la pelvis en particular, experimentados como satisfactorios. Cuando sólo entra en juego el aparato genital en la sensación de descarga y desahogo, diríamos que se trata de una reacción demasiado limitada para llamarla orgasmo. Debería describirse nada más que como eyaculación en el hombre, o clímax en la mujer.

Para poderla calificar de orgasmo, el desahogo debería extenderse a otras partes del cuerpo -a la pelvis y a las piernas, por lo menos- y tendría que haber algún movimiento placentero involuntario en el cuerpo. El orgasmo debe ser una experiencia emocional. Si se conmueve todo nuestro cuerpo o nuestro ser espontáneamente, en especial si el corazón responde, el orgasmo sería pleno. Esto es lo que tenemos que buscar en nuestra actividad sexual, ya que además de realizarnos como individuos genera campos de protección astral, energética y psíquica a nuestro alrededor.

El orgasmo, sea pleno o parcial desde el punto de vista del cuerpo, libera de tensión las partes que responden activamente. Pero esa liberación no es permanente. Como estamos sujetos diariamente en nuestra vida a tensiones, éstas surgen de nuevo. Hace falta una vida sexual satisfactoria, no basta con una experiencia, si se quiere mantener bajo el nivel de tensión en el cuerpo.

No es mi propósito -ahora- crear una mística en torno al orgasmo, aunque estimo que esta función es de importancia crítica. No es la única manera de liberar las tensiones, ni debe utilizarse concretamente con ese objeto. No se llora para aliviar la tensión; se llora porque está uno triste, pero sin embargo el llanto es una forma básica de descargar la tensión. Aunque el orgasmo pleno sea el mecanismo más satisfactorio y eficiente de descarga, no por eso debe deducirse que el sexo sin ese orgasmo o la unión sexual sin el clímax carezca de importancia y esté vacío de placer. Practicamos el sexo por placer, y éste debe ser el criterio principal de nuestro comportamiento sexual. Lo destacable es que el orgasmo pleno es más agradable y placentero, hasta el punto de que puede llegar a las alturas del éxtasis. Pero, como el grado de placer depende de la cantidad de excitación preliminar, lo cual está más allá de nuestra voluntad o control, debemos aceptar con agrado el placer que experimentemos. El problema que tiene la mayor parte de la gente, es que las tensiones están tan hondamente estructuradas en su cuerpo, que raramente experimentan el desahogo orgásmico. Los movimientos convulsivos placenteros resultan para ellos atemorizantes, y la entrega al placer sin límites se les antoja peligrosa. Aunque no lo quieran confesar, la mayor parte de la gente tiene miedo de dejarse llevar por la vehemencia de las sensaciones sexuales, y son incapaces de hacerlo.

Y sin embargo, muchos pacientes manifiestan, al comenzar su tratamiento terapéutico, que su vida sexual es buena, que están satisfechos y que no tienen problema sexual alguno de ningún género. En algunos casos no conocen otra cosa, y el escaso placer que disfrutan es lo que ellos creen que es el sexo. En otros casos entra en juego el orgullo. El ego masculino particularmente levantará todo tipo de defensas para negar su deficiencia o insatisfacción sexual. Al avanzar la terapia, tanto los que están en el primer caso como los del segundo van adquiriendo consciencia de lo deficiente de su actividad sexual. Y lo comprenderán al experimentar un desahogo sexual más pleno y satisfactorio.

En todos los casos, el cuerpo del individuo muestra el verdadero estado de su funcionamiento sexual. La persona cuyo cuerpo está relativamente libre de grandes tensiones manifestará el reflejo del orgasmo mientras esté tendido en la cama y respirando.

El individuo está tendido en la cama, con las rodillas dobladas para que sus pies tengan contacto con ella. La cabeza está echada hacia atrás, como para que no intervenga, por así decirlo. Los brazos caen a ambos flancos del cuerpo. Cuando la respiración es fácil y profunda, y no hay tensiones musculares que bloqueen las ondas respiratorias cuando pasan a lo largo del cuerpo, la pelvis se mueve espontáneamente con cada respiración.

Se levanta al exhalar y se baja al inspirar. La cabeza se mueve en dirección contraria; se levanta al inspirar y baja al expirar. La garganta, sin embargo, se levanta o adelanta con la expiración.

Reich describió el reflejo como un movimiento en que se juntan los dos extremos del cuerpo. Sin embargo, la cabeza no toma parte en este movimiento hacia adelante, sino que cae hacia atrás. Si se imaginan extendidos los brazos también, el movimiento podr ía describirse como circular o rodeando algo. Se parece a la acción de una ameba que se moviese en torno a una partícula de alimento para apresarla y engolfarla. Es una acción mucho más primitiva que la de mamar, en que la cabeza desempeña el papel más importante. La actividad de mamar está relacionada con la inspiración. Al inhalar, la cabeza va hacia adelante, y la garganta y la pelvis hacia atrás.

Este movimiento se llama "reflejo de orgasmo", porque se da en todos los orgasmos plenos. Cuando el orgasmo es parcial, hay también algún movimiento involuntario de la pelvis, pero no interviene en él todo el cuerpo. Y es lógico que este movimiento primitivo, basal, proteiforme, sea circular, que la ameba y el hombre, dos extremos en la cadena terrestre de la vida, compartan una mecánica instintiva común. Porque ambos están sometidos (ver la lección correspondiente) a la Ley de Vibración.

Debemos aclarar algo. El reflejo del orgasmo no es un orgasmo. Ocurre a un nivel bajo de excitación y es un movimiento suave. Produce una sensación agradable de libertad y gusto interior. Denota la ausencia de tensión en el cuerpo.

El desarrollo del reflejo del orgasmo en la situación terapéutica no constituye garantía de que el paciente vaya a experimentar orgasmos sexuales plenos. Son dos situaciones radicalmente distintas. En el sexo, el nivel de excitación es muy alto, por lo que se hace más difícil la entrega completa. Tiene uno que adquirir capacidad para tolerar este alto grado de excitación sin ponerse demasiado tenso o ansioso. Otra diferencia consiste en que la situación terapéutica tiene por objeto ayudar al paciente. El terapeuta está para servirlo. Es distinto en la relación sexual en la cual la otra parte tiene interés personal y presenta sus exigencias. No obstante es cierto que, si el individuo no es capaz de entregarse al reflejo en el ambiente propicio del tratamiento terapéutico, no tendrá nada de probable que pueda hacerlo efectivamente en el contexto cargado de emociones y excitación del encuentro sexual.

Por este motivo, la terapia bioenergética no atribuye tanta importancia como hacía Reich al reflejo del orgasmo. No es que no sea importante ni que la terapia no se ocupe de su desarrollo, sino que hay que poner igual énfasis en la capacidad del paciente para soslayar la tensión a fin de que el reflejo funcione para él en la situación sexual. Esto se logra haciendo que la carga fluya hasta sus piernas y pies, en cuyo caso el reflejo adopta un carácter distinto. ¿Comprenden ahora por qué en el ambiente, digamos, "espiritualista" es tan común -aunque muchos no puedan justificarla- la afirmación de que "nuestro cuerpo descarga (energía residual o negativa) por los pies?.

Cuando la carga se desplaza hacia arriba del suelo a la pelvis, añade un elemento agresivo a la acción afectuosa. Apresurémonos a explicar que, para la Bioenergética, "agresivo" no significa "sádico", duro o egoísta, sino "yang", energético en un sentido positivo. Agresión, es la acepción que tiene esta palabra en la Teoría de la Personalidad, denota capacidad para perseguir lo que uno desea. Es lo contrario de pasividad, que significa esperar (yin) a que alguien le satisfaga a uno el deseo.

Tomemos ahora en cuenta dos instintos, que llamaremos "anhelo" y "agresión". El anhelo va asociado con Eros, amor y ternura. Se caracteriza por el movimiento de excitación a lo largo de la parte delantera del cuerpo, que se percibe como algo dotado de calidad afectuosa y erótica. La agresión es consecuencia del flujo de la excitación en el interior del sistema muscular, especialmente de los grandes músculos de la espalda, piernas y brazos. Estos músculos entran en juego al ponerse uno de pie y moverse. El significado original de la palabra "agresión" es "avanzar", o "moverse hacia". Esta acción pertenece al funcionamiento de estos músculos.

La agresión es un factor necesario en el acto sexual, tanto en el hombre como en la mujer. Cuando no hay agresión, el sexo se reduce a sensualidad, a estimulación erótica sin clímax ni orgasmo. No hay agresión si no existe un objeto hacia el cual avanzar; el ser amado en el sexo, o el ser fantaseado en la masturbación.

Debemos repetir que la agresión no tiene necesariamente carácter hostil. La intención del movimiento puede ser amorosa u hostil: el movimiento en sí mismo es lo que verdaderamente constituye la agresión.

Ésta es además una fuerza que nos permite hacer frente, resistir y soslayar la tensión.

Si se ordenasen las diversas estructuras de carácter según la cantidad de agresión de cada una, se duplicaría el orden establecido como jerarqu ía de los tipos de carácter. Debe entenderse que la agresión del carácter psicopático es una pseudoagresión. No se dirige hacia lo que él quiere, sino hacia el predominio o el símbolo. Una vez logrado éste, se queda en estado de pasividad. El masoquista, en cambio, no es tan pasivo como parece.

Su agresividasd está oculta. Se exterioriza en sus quejumbres y protestas. El carácter oral es pasivo, debido principalmente a lo poco desarrollado de su musculatura. El rígido es extraordinariamente agresivo, para compensar su sentimiento interior de frustración.

Ahora que ya contamos con una base racional para determinar la agresividad en el sexo, la terapia tiene que ayudar al individuo a desarrollar esa agresividad, que consiste en empujar la pelvis, tanto en los hombres como en las mujeres. Decimos "empujar" en lugar de "adelantar" que es la palabra que se emplea para describir el reflejo.

Puede ejecutarse un movimiento de la pelvis hacia adelante de tres maneras. Una es contrayendo los músculos abdominales. Pero esto produce el efecto de tensar la parte delantera del cuerpo, con lo que se interrumpe el flujo de sensaciones amorosas y eróticas al vientre. Representa, en el lenguaje del cuerpo, adelantar sin sentir. Otra es empujando desde atrás a base de contraer los músculos de las asentaderas o glúteos. Con esta acción se tensa el piso pelviano y se limita la descarga del aparato genital. Estas son las formas correctas en que la gente mueve la pelvis en el sexo. Hacen los mismos movimientos en la terapia cuando se les indica que adelanten la pelvis.

La tercera manera de moverla hacia adelante, es presionar o apretar hacia abajo el piso con los pies. Así se moverá la pelvis hacia adelante si las rodillas están encorvadas.

Después, cuando se afloja la presión sobre el piso, vuelve hacia atrás. Pero esta acción depende de la capacidad del individuo para dirigir la energía a los pies. En este tipo de movimiento pelviano toda la tensión está en los pies. La pelvis está libre de ella y oscila, no empuja ni es empujada.

La dinámica energética de este movimiento muestra los tres movimientos básicos del cuerpo en relación con la Tierra: andar, erguirse y empujar la pelvis. El principio que rige estas acciones es el de acción- reacción. Si se oprime la Tierra, ésta oprime a su vez, y la persona se mueve. La misma ley opera en el vuelo de un cohete dirigido. La descarga energética de gases por la cola le hace avanzar. Así es como funciona este principio en las tres acciones mencionadas, y de él depende que la energía sexual circule libremente por los meridianos, "nadis" o canales energéticos, para concentrarse en la parte inferior del canal central o "shusunna" (repasar aqu í la lección sobre campos energéticos humanos), concentrándose en este chakra basal para transformarse (transmutarse) en "kundalini". Por el contrario, si los bloqueos musculares se traducen en defectos posturales que a su vez bloquean el libre fluir de energía por los "nadis", la conversión de sexualidad en cargas psíquicas, y hasta la propia continuidad de la energía sexual, se verán seriamente comprometidas. Empero existe un sencillo ejercicio, que llamamos "ejercicio de caída", que restituye en buena medida ese libre fluir de energía, e incidentalmente tiene óptimo efecto en personas con disfunciones sexuales (con lo cual armonizamos simultáneamente y en una sola acción tanto el desequilibrio energético como la discontinuidad de la función orgánica):

Se coloca uno ante un asiento o silla, que sólo debe utilizarse para mantener el equilibrio. Se separan los pies unos quince centímetros, con las rodillas bastante encorvadas. El cuerpo se inclina hacia adelante hasta que los talones se despegan ligerasmente del suelo. El cuerpo debe cargar por tanto sobre los metatarsos (la parte carnosa anterior de las plantas de los pies) pero no sobre los dedos. Arquéase el cuerpo hacia atrás y la pelvis se adelanta sin esfuerzo para formar un arco continuo. Es importante en este ejercicio presionar hacia abajo con ambos talones, pero sin que toquen el suelo.

Esto puede evitarse inclinándose hacia adelante y conservando encorvadas las rodillas. La presión sobre los talones impide avanzar; las rodillas encorvadas no dejan al individuo enderezarse.

Se recomienda mantener esta postura todo el tiempo que se pueda, aunque sin llegar a forzar la cosa y convertirla en una especie de campeonato de resistencia o prueba de voluntad. La respiración debe ser abdominal, pero fácil. El vientre debe proyectarse hacia afuera, y la pelvis debe conservarse floja. Cuando no se pueda aguantar la postura, se cae uno hacia adelante de rodillas sobre una manta doblada que debe ponerse en el suelo.

En este ejercicio no se necesita ejercer una presión consciente, porque la fuerza de la voluntad actuará hacia abajo. Es bastante fuerte, y se experimentará bastante dolor en los músculos de los muslos si están tensos. Cuando se hace intolerable la molestia, el sujeto se cae. Por lo general, las piernas empiezan a vibrar antes. Además, si la respiración es sosegada y profunda y el sujeto está suelto, la vibración se extenderá hasta la pelvis, que se moverá involuntariamente hacia adelante y hacia atrás.

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